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Por Alberto Macías

Ciudad de México, 02 de febrero de 2020 [00:02 GMT-5] (Neotraba)

Antes de tocar el timbre, eché un vistazo a la fachada de la casa. Me pregunté cuántas tormentas habría sobrevivido, cuántas inundaciones, cuántos terremotos. Al menos el último le cobró factura: una grieta, de un metro o metro y medio, cruzaba la barda de arriba hacia abajo. Si no la tirábamos nosotros, lo haría el viento. Probablemente, de manera más fatal. Respiré hondo y, con más fuerza de voluntad de la que normalmente dispongo, calmé el temblor en las manos. Toqué el timbre, con miedo de que se cayera la pared. Tras un momento ahí estaba ella, Dulce. Camisón negro y pantuflas del mismo color. Despeinada. Como siempre. Antes de dejarme pasar, me miró fijamente unos segundos.

—¿Viene a ver a mi abuelo o a mí? —se mordía el labio mientras me estudiaba.

Se hizo a un lado sólo un par de centímetros, tuve que encogerme para no tocarla al pasar. Mientras ella cerraba la puerta, observé el jardín. Era mi parte favorita de la casa, la única que no parecía caerse a pedazos. No era un jardín moderno, minimalista, como el de las casas que vendemos. Este era uno muy vivo. El pasto verde, orquídeas plantadas hacia la pared oriente, un par de rosales junto al ventanal de la sala, unos cuantos matorrales, rodeados por gardenias del color de la cabellera de Dulce. La puerta hacia la casa estaba franqueada por un par de ficus.

El interior era lo opuesto al jardín. Una tienda de reliquias. Retratos polvosos, varios con el marco roto, de gente que había abandonado la casa (unos con vida y otros no) varios años atrás. Suvenires ya descoloridos. Muebles de mediados del siglo pasado, roídos por los pequeños dientes del tiempo. A pesar de que Dulce mantenía flores frescas en cada mesa y las ventanas abiertas, el olor a humedad era penetrante.

Me señaló un sillón, el más entero de todos, y se sentó frente a mí, con los pies sobre el cojín. No llevaba nada debajo del camisón. Como siempre.

—Esteban, llegas temprano —una voz serena, pero muy enérgica, llegó desde el umbral de la cocina.

—Buenos días, señor Hernández. Ya ve, me tienen trabajando desde temprano.

Con andar lento, se acercó; arrastraba la pierna derecha. Un par de años atrás había tropezado en las escaleras y se había fracturado la rodilla. Eso me contó. Era demasiado necio para ir el doctor o usar bastón.

—Me haces sentir viejo, más de lo que soy. Dime Julio —me tendió la mano una vez que se acercó lo suficiente—. ¿Gustas un café? Dulce.

Ella me miró antes de ponerse en pie. Se acercó a su abuelo y le dio un beso, luego se dirigió a la cocina. Verlos uno junto al otro era muy extraño. Don Julio Hernández fue un comerciante de gran importancia en la zona por muchos años. Un poco de ello quedaba en sus modales, pero sobre todo en su apariencia. Aun cuando era muy temprano, ya estaba vestido de manera sumamente propia, con una camisa blanca y pantalones bien planchados, los zapatos boleados. El cabello y el bigote perfectamente arreglados. Así lucía siempre que lo visitaba. En cambio, Dulce siempre usaba camisón, a veces llevaba jeans y blusas deportivas, sucias de tierra, cuando arreglaba el jardín. Su melena, que constantemente cambiaba de color, siempre estaba alborotada.

—Y bien, Esteban, ¿seguimos con lo mismo?

—Señor Hernández —me detuve cuando sentí su mirada severa—. Señor Julio, mi jefe, Mr. Green, está dispuesto a doblar la oferta. Pero tiene que aceptarla lo más pronto posible.

—Dile a Mr. Green que puede meterse su oferta up his ass —tomó asiento en el reclinable que Dulce ocupaba momentos atrás.

—Señor Julio, la oferta es muy buena, en serio. No podría encontrar una mejor si decidiera vender la casa por su cuenta —fui interrumpido por una taza que se rompía en la cocina. Le siguieron una y otra más.

—La cuestión, Esteban, es que no pienso vender mi casa —escuché cómo algunas cucharas caían al suelo. Se quedó mirando en dirección del alboroto—. Hijo, hemos hablado mucho de esto.

—Entiendo su postura, en serio. Pero no es seguro que se queden en esta casa. Está muy deteriorada. Podría venirse abajo si tiembla como la otra vez.

—Pronto recibiré un dinero de algunos negocios que estoy haciendo, entonces la podré arreglar —en ese momento entró Dulce con una bandeja en la que traía un par de tazas de café, una azucarera y un par de cucharas, que no estaba seguro si eran las mismas que cayeron al piso—. Dulce, ten cuidado. Nos vamos a quedar sin tazas si sigues así.

Ella acomodó una taza en mi mano, de manera que no me cortara con la parte astillada. Le pasó la otra a su abuelo.

—He hecho algunas estimaciones. El costo por arreglar su casa sería equivalente a si decidiera tirarla y volverla a levantar. Prácticamente tendría que derribar algunas partes. Los muros de carga están dañados.

No respondió mientras tomaba el café, con una calma que me ponía nervioso. Dulce se sentó a su lado, en el reposabrazos, con un pie sobre el cojín. Lo observaba atentamente, parecía esperar su opinión sobre la calidad de la bebida. A ratos, volteaba hacia mí, de manera furtiva, como si no quisiera que don Julio se diera cuenta.

—Siéntate bien, se te ve todo —dejó la taza sobre la mesa de centro y se puso en pie. Subió por las escaleras. Me quedé a solas con Dulce. A solas con ella y con la incertidumbre de cómo le explicaría a Mr. Green que probablemente nunca podríamos conseguir la propiedad.

—Mi abuelo es muy necio —tomó la taza y bebió lo que quedaba—. No le venderá la casa. No mientras siga vivo.

—Debes convencerlo. Esta casa no es segura.

—No lo sé.

Foto de Alexis Salinas.
Foto de Alexis Salinas.

Sus ojos quedaron fijos sobre los míos. Sentí una complicidad extraña en esa mirada. La taza empezó a temblar entre mis manos. Para controlarlo, me puse a estudiar las antigüedades de la sala. Platos de talavera colgados en las paredes, algunos alebrijes tallados en madera sobre una mesita. En la vitrina, una gran cantidad de artículos de platería eran exhibidos, todo cubierto por una gruesa capa de polvo que ocultaba el brillo original. Toda una serie de recuerdos de la gran vida que tuvieron don Julio y aquella casa.

Desde el piso superior, provenía el sonido de alguien que busca algo y, al no encontrarlo, revuelve todo lo que tiene a su alrededor. Al cabo de varios minutos, don Julio reapareció por la puerta, con un libro bajo el brazo.

—Mira, Esteban —me tendió el libro abierto, que en realidad era un álbum fotográfico—. ¿Ves a este niño de aquí? Soy yo, tenía unos cinco o seis años, frente a esta misma casa. Esta casa la construyó mi padre con mucho trabajo. Cuando me casé, me la dejó. El jardín lo plantó mi esposa y ahora Dulce lo cuida. Dime, ¿crees que les puedo vender mi casa?

—Entiendo perfectamente, señor Julio. Pero esta casa no es segura. Acepte la oferta de Mr. Green, es lo mejor que puede hacer.

—Lo mejor que puedo hacer es morirme, Esteban. Que sea bajo los escombros de esta casa, si Dios lo permite. Prefiero que se me caiga encima a vendérsela a usted y al pendejo de su jefe.

Volteé hacia Dulce, como pidiendo ayuda. Ella se limitó a morderse el labio y encoger los hombros. Salió hacia el jardín.

Sentía la garganta seca. No podía hacer otra cosa más que salir de ahí y buscar la forma de explicarle a mi jefe que la única manera de comprar esa casa sería con don Julio en un cajón. Me marché, sin siquiera despedirme.

Esa tarde no regresé a la oficina y durante los días siguientes hice lo posible por evitar a Mr. Green. Me daba miedo pensar en qué clase de solución me pediría para resolver nuestro problema, como con las otras casas de la cuadra. Muy en el fondo, esperaba que don Julio recapacitara.

El teléfono sonó después de una semana.

—¿Esteban? —la voz de Dulce sonaba muy afectada— ¿Podrías pasar a la casa, hoy en la tarde? Hay un par de cosas que quisiera hablar contigo.

No me dio tiempo de responder. Aún no tenía un plan concreto, pero tal vez ella había logrado convencer a su abuelo.

Al llegar, me sorprendió ver la puerta principal abierta. Entré, con un mal presentimiento. En la sala encontré a Dulce, de luto frente a un ataúd. Me detuve en el recibidor sin saber qué hacer. Había pocas personas: algunas vecinas a las cuales les habíamos comprado sus casas y otras de edad avanzada. Dulce me vio y se acercó.

—Vamos al piso de arriba.

La seguí por las escaleras sin entender nada, entramos en una habitación y me tomó poco darme cuenta de que no era su recámara, sino la de don Julio. La cama era matrimonial, con la cabecera de madera apolillada y las sábanas de algodón muy raídas. En la mesita de noche había una foto de una mujer de mediana edad, muy parecida a Dulce. Además de muchos frascos vacíos de loción, junto con algunas fotografías enmarcadas. En el armario, cuyas puertas apenas eran sostenidas por las bisagras, se asomaban algunos trajes y camisas pasadas de moda.

Cuando me fijé en Dulce, noté que su cabello era negro en esa ocasión. Del tono de su vestido.

—Dulce, ¿cómo pasó? —las palabras apenas salieron por el nudo de la garganta.

—Se tropezó, en la escalera. Llamé una ambulancia, pero cuando llegaron ya era demasiado tarde —para contener las lágrimas, se cubrió la cara con la mano derecha. Su brazo tenía varios rasguños, muy vivos. Muy recientes.

—¿Hay algo que pueda hacer por ti?

—Sí, de hecho lo hay —un escalofrío me recorrió la espalda cuando la vi desabotonarse el vestido. Lo dejó caer y se quitó los zapatos—. Podrías ayudarme a vender la casa.


Alberto Macías. Ciudad de México, 1995. Ha presentado cuentos en el Centro Cultural Futurama, el Centro Cultural del México Contemporáneo y en la Feria del libro del Zócalo. Actualmente asiste al taller de Creación Literaria de FARO Indios Verdes. Cursa un posgrado en Matemáticas en la UNAM.


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