Ciudad de México, 14 de abril de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 22 minutos

Para Astor Ledezma, que conoce mi palabra favorita en náhuatl.

Solo tengo un nombre que fluye dentro de mí…

bebo un trago, así es como se mezclan lo posible y lo imposible,

el recuerdo y el sueño,

así se emborracha un hombre por otro, en silencio…

Jaime Aurelio Casillas

Noche I

Xicholo cuitlamula fueron las palabras que Yohualli le dijo a Camilo cuando lo conoció en el Tahúr, la noche que en la rockola sonó Un mundo raro de Chavela Vargas, y dos viejos borrachos bailaban pegaditos entre las mesas ocupadas por hombres que quieren a otros hombres, a la noche y al Tahúr, entre sus paredes del siglo XIX pintadas de verde chillante, y olor a meados que escapaba del baño de paredes rayadas.

“Bendito Tahúr donde te conocí, Yohualli”. Camilo lo ha mencionado como una plegaria en sus borracheras.

La noche que conoció al joven apenas podía con su alma, se acercó a él para ver sus ojos negros, su perfil anochecido y sus brazos correosos.

Camilo cierra los ojos y oye la voz de la noche, de Yohualli, porque ese es el significado de su nombre.

Xicholo cuitlamula”.

Camilo nunca supo que el muchacho le habló en su lengua porque no quería conversar; le gustaban los cincuentones robustos, peludos y toscos, porque así tenía de dónde agarrar para cogérselos. Aunque Camilo era todo un cincuentón, no era macizo, tenía el cuerpo flaco y unos enormes ojos de lince. Él cree que aquella primera vez que se conocieron, Yohualli le dijo algo maravilloso en náhuatl, pero se resumía a: “no me chingues, pinche chilango”.

La canción de Chavela sonaba en la rockola.

Camilo entonó:

Y si quieren saber de mi pasado, es preciso decir otra mentira, les diré que llegué de un mundo raro.

No tenía fea voz, se lució mirando los ojos negros de Yohualli, pero él tenía su atención en los hombres que bailaban al lado de la rockola, uno completamente canoso que abrazaba a un calvo que tenía buen ritmo, los dos abrazados, pecho contra pecho, con las vergas como flechas apuntando hacia la noche. Los imaginó como dos escorpiones danzantes y se encontró con los ojos miel de Camilo, que siguió entonando la canción que habla de la posibilidad de otro mundo.

Yohualli alzó la mano y le pidió a César, el mesero que todas las noches viste impecable con chaleco y corbata, un poco más de chicharrones y salsa Valentina; después le dijo a Camilo que gracias por la serenata, pero que prefería estar solo.

“¿No te gusté?”. Le preguntó Camilo acomodándose el cuello de su chamarra de mezclilla.

“Me gusta el señor que está al fondo”. Un hombre macizo que tenía puesto un sombrero norteño y que a leguas se veía que andaba de cacería.

“Te canto la canción que quieras, ¿y te quedas conmigo?”.

Del techo colgaba un corazón de papel de china porque en un par de días sería San Valentín.

Doña Amada, una de las encargadas de la cantina, creyó conveniente una decoración acorde con el día de los enamorados, porque en el Tahúr muchos hombres cada noche eran rete enamoradísimos. Amada también se dedicaba a cocinar unos caldos de gallina de rechupete que algunos comían gustosos entre la peste a meados; la señora siempre atenta a entrar al quite de la mesereada cuando César no se daba abasto en los dos pisos de la cantina.

“Te canto una canción que lleve tu nombre y te quedas conmigo”.

“¿Si no existe ninguna te vas?”.

En las paredes estaban pegados con diurex unos corazones sonrientes con la palabra love.

Camilo inventó una ridícula canción que hablaba de los ojos negros de un muchacho que se perdían en la niebla.

Xictzacua mocamac zan titlahualoctoc fue lo que pensó Yohualli, en pocas palabras: “cierra el hocico porque nomás ladras”, pero cuando Camilo cerró los párpados porque dizque estaba muy inspirado, Yohualli se fijó en sus manos gruesas, en la mugre que tenía en las uñas; le gustó el contraste de su rostro de lince con esas manos toscas por trabajar con herramientas para arreglar automóviles.

Yohualli las tomó entre las suyas, sintió su piel áspera, el callo entre el dedo medio y el índice. Camilo sentía que era tocado por un ángel; en verdad lo era, un ángel que se había cogido a un montón de hombres gordos y peludos, porque los embrujaba para que acabaran bien empinados; porque su rostro tenía el enigma de su nombre, su cuerpo era correoso, su verga trueno bajo la piel. Por un momento, cuando Camilo estaba entonando su estúpida canción con su mano entre las suyas, pensó en cogerse al hombre cara de lince que se veía flaco pero aguantador; para ese entonces el señor con sombrero norteño que le había gustado se andaba besuqueando con un hippie.

Yohualli se sintió herido en su orgullo porque rara vez se le escapaba un pez gordo; entonces soltó las manos de Camilo y le dijo:

“Titotasej”.

Camilo lo miró alejarse por el pasillo de espejos incrustados en la pared, sintió el impulso de seguirlo, pero no lo hizo, porque se sintió viejo para salir corriendo como adolescente tras el muchacho; pero en la rockola sonó Debo hacerlo de Juan Gabriel y para él, Juanga era como un santo.

Si en el mundo hay tanta gente diferente, una de esa tanta gente me amará. Sonó en las bocinas, cuando decidió salir por el muchacho, en los espejos del pasillo vio el reflejo de su rostro, e intentó peinarse un gallo que nomás no se dejó.

Afuera del Tahúr estaba doña Clemencia que vendía cigarros. Yohualli le había comprado uno, lo tenía entre los labios mientras respondía en su celular los mensajes de un hombre que por días lo amaba sin medida, pero cuando se encabronaba lo echaba a la calle como a un perro; esa noche, al no saber a dónde ir, acabó en el Tahúr. Camilo le dijo que quería acompañarlo.

Yohualli miró a lo largo de la calle Belisario Domínguez.

“¿A dónde me acompañarías?”.

“A donde quieras”.

En la esquina estaba la iglesia de la Concepción, que la habita una virgen del apocalipsis.

“¿Me acompañas a aventarme del segundo piso del Periférico?”.

Al preguntarlo sintió que se estaba pasando de verga con el señor, entonces conversó sobre los días lluviosos; no se le ocurrió más. Habló del clima de esta ciudad que de repente se nubla; le parecía que los chilangos eran de azúcar, porque nomás llovía y corrían a refugiarse, la ciudad entraba en una histeria colectiva y el tránsito se paralizaba; en su pueblo no era así, porque la gente estaba acostumbrada a vivir con lluvia.

Camilo lo interrumpió para preguntarle su número de celular. Yohualli tiró la colilla de cigarro, lo miró a los ojos y le dio un número falso.

“Antes de irte dime algo en náhuatl”.

Yu tiquioyuquiz.

Camilo sonrió pensando en lo que pudiera significar esas palabras; imaginó una confesión íntima, pero no un: “ya te salió el tallo de tu flor”.

Noche II

En Cuetzalan a los hombres que les gustan los hombres están más enraizados a los demonios que al cielo.

Yohualli, a los doce años, subió corriendo un cerro porque descubrió que le gustaban los hombres y en lo más alto gritó. En ese mismo cerro, a los catorce años, cogió por primera vez con un chilango cuarentón que estaba feo como la chingada, pero fue lo que encontró en una aplicación. Durante el camino no hablaron; nomás el chilango se fue quejando de las calles empinadas del pueblo, de su pitera cobertura de internet, del pinche camino para llegar del D.F. a Cuetzalan, que para acabarla de chingar en la carretera le tocó la manifestación de unos “indios” que pedían agua a un tal Gerson, priistas tenían que ser los pendejos.

Yohualli lo empinó sobre la tierra y lo jaló del pelo.

“Mira qué rico te coge este indio”.

También mencionó algunas palabras que había escuchado en películas porno.

“Me encanta la verga de indio, repítelo”.

Como no le hacía caso le dio un madrazo en la jeta y con la verga en sus entrañas el chilango jadeó:

“Me encanta la verga de indio”.

Inextica imapa tinemi, que mi verga sea el relámpago de tu muerte”.

“¿Qué dices?”.

“Un conjuro para que aprietes el culo, pinche chilango”.

Él obedeció hasta venirse sobre la tierra.

El chilango cuarentón feo como la chingada un par de veces regresó a Cuetzalan por unos negocios de café; todas las veces buscó al escuincle para que se lo cogiera y lo insultara en el cerro. Así sucedió con varios hombres, que no los humilló como al primero, pero se las dejaba ir sin saliva. Cuando cumplió quince años se llevó para el cerro al ligue más feo que le había tocado, un señor gordo, con la nariz picada que olía a cebo; para acabarla de chingar era del Estado de México. Durante el camino, el nariz de muégano no paró de hablar que era muy verga para los negocios, que tenía dos hijos que estudiaban en la Universidad Iberoamericana; después soltó una risita que Yohualli entendió como: “tú qué vas a saber de eso”.

En el cerro, cuando estaban en pleno faje, Yohualli intentó empinar al gordo como le gustaba hacerlo con sus hombres, pero él se resistió.

“El que se empina eres tú, pinche indio”.

Yohualli pensó que de un madrazo podría sacárselo de encima, pero resultó que no estaba tan bofo como se veía; el gordo lo sometió sobre la tierra y se acostó encima de él para meterle la reata como un animal.

Yohualli no podía gritar para pedir ayuda, porque en esa tierra los jotos están más enraizados al diablo que al cielo. Vio un palo que no logró alcanzar; se quedó sobre la tierra, abierto de patas hasta que el muégano, al venirse, gimió como marrana.

“Ay qué rico, pinche indio caliente”.

Le dijo al oído antes de irse. Con la hoja de un árbol se limpió la verga y se subió los pantalones.

“Me quedo hasta el viernes, a ver si mañana nos echamos otro palo”, le dijo el hombre originario de Cuautitlán Izcalli, pero que presumía era de los popof de Satélite, y comenzó a descender el cerro.

Yohualli agarró el palo que había visto, alcanzó al Muégano y le dio un golpe en la cabeza que lo hizo caer. Yohualli, viéndolo desde arriba, le aclaró:

“Indígena, no indio, pendejo”.

Le escupió un gargajo en la jeta y comenzó a descender el cerro cuando escuchó que el Muégano le contestó:

“Indio”.

Yohualli arrancó unas ramas con espinas para azotarlas en la jeta del hombre que era más bestia que humano.

Al día siguiente en el pueblo murmuraban lo que había pasado: “un chilango bajó del cerro con la cara ensangrentada”. Yohualli temía que el Muégano confesara lo sucedido a la autoridad; de por sí, desde hacía tiempo corría el rumor de que “hombres bajaban felices del cerro por hacer cosas con el diablo”. Fue cuando Yohualli tomó la decisión de largarse al D.F.

Yohualli apenas podía con su alma cuando regresó al Tahúr y tropezó contra la mesa de un grupo de viejos amigos que religiosamente se reunían los sábados en la cantina; una caguama reventó contra el piso, algunos borrachos chiflaron justo cuando en la rockola se escuchó la Sonora Santanera.

De amor es mi negra pena, de amor es que estoy sufriendo.

Camilo se sintió como un héroe al bajar las escaleras desniveladas para rescatar a Yohualli; a la mitad de los escalones se fijó en el corazón de papel de china que colgaba del techo, decoración que doña Amada había comprado la tarde que su esposo aún seguía hospitalizado por una hemorragia interna, pero el Tahúr no podía quedarse sin decoración en un día tan artificial como es el catorce de febrero. Y aunque el segundo encuentro del hombre cara de lince y del muchacho bilingüe sucedió en una calurosa noche de abril, los corazones seguirían ahí hasta el Día de Muertos.

Camilo invitó a Yohualli a su mesa que se encontraba en el segundo piso; él lo miró con sus ojos rojos y con aliento a tequila le contestó:

“¿Tú por qué chingados sabes mi nombre?”.

Como pudo se adentró en el Tahúr hasta que llegó a la rockola, donde empujó a un sesentón rapado que vestía una chaqueta de cuero que apestaba a puro, metió diez pesos en la máquina y comenzó a sonar:

Abrázame que Dios perdona, pero el tiempo a ninguno, abrázame que no le importa saber quién es uno.

Camilo abrazó al muchacho por el hombro y los dos entonaron:

Abrázame muy fuerte, amor.

Yohualli cerró los ojos y mientras cantaba pensó en el viejo bipolar que otra vez lo había echado a la calle; esta vez fue porque Yohualli le encontró unos mensajes en su celular donde le había jugado bajo en el amor. El señor se encabronó porque él no tenía derecho a hurgar en su celular.

Camilo cerró sus ojos pensando que Yohualli le dedicaba la letra de la canción: abrázame fuerte.

Le recordó que se habían conocido meses atrás, que le había dado un número falso; no le confesó que en el tiempo de su ausencia le marcó más de diez veces.

Yohualli soltó una carcajada más por borracho que por verdadera gracia.

“De esa noche solo recuerdo tus manos”.

Camilo las escondió en los bolsillos de su pantalón sin entender que el muchacho lo decía en serio.

Le invitó una caguama en la única mesa vacía que era la más próxima al baño; si de por sí todo el Tahúr apestaba a meados, en ese lugar era como embriagarse al lado de los mingitorios. Pero Yohualli estaba tan servido que le valió madres; a Camilo también, porque el muchacho de ojos negros lo abrazó por el hombro como si fuera su gran amigo y así se dirigieron al único rincón vacío.

Camilo le pidió a César dos caguamas; esa noche nadie notó que al mesero se lo estaba llevando la chingada porque uno de sus hijos, jugando futbol, se había roto una pierna y solo le quedaba vender su alma al diablo para pagar los gastos médicos, pero él estaba en el Tahúr, impecable, profesional, y sirvió las caguamas bien frías.

Camilo le dijo al muchacho:

“Quiero saber todo de ti”.

Yohualli le habló del amor que le tuvo a un cerro porque se convirtió en su templo, porque ahí quiso a muchos hombres, ahí aprendió a defenderse de los hijos de puta. Cuando terminó con su historia le pidió que le contara la suya, pero Camilo se limitó a decir que su vida transcurría en un taller en la colonia Guerrero, donde arreglaba maquinaria escuchando música, que así le gustaba la vida, sus manos entre fierros, olor a gasolina y música en el estéreo.

Nicmacaz mototo”.

“¿Qué quieres decirme, Yohualli?”.

Quiero empinarte en tu taller, pero Yohualli no le tradujo sus palabras; apretó sus piernas contra las de él, con aliento a Tahúr mencionó en su oído que tenía unas manos como para agarrar nubes, y le cantó un fragmento de la canción que en ese momento sonaba en la rockola:

Nunca me abandones, cariñito.

Frente a frente, entrelazaron sus manos.

“¿Por qué llegaste tan encabronado?”.

Yohualli tomó una de las caguamas que estaba sobre la mesa, pero no quedaba más cerveza, entonces se levantó para abrirse paso entre el par de parejillas que bailaban. Camilo se quedó inmóvil como la primera vez que lo conoció; pensó que esa vez, definitivamente, no lo seguiría, pero en la rockola seguía sonando: nunca me abandones, cariñito.

Se levantó y caminó entre las mesas ocupadas por hombres que se embriagaban de noche. En el pasillo donde estaban los espejos incrustados en la pared vio su reflejo e intentó aplacarse un gallo necio; afuera del Tahúr había un grupo de hombres que fumaban, doña Clemencia estaba sentada con su caja de cigarros sobre las piernas. A lo largo de la calle Belisario no había pista de Yohualli. Ni los hombres ni la vendedora se dieron cuenta para dónde se había ido.

Camilo se fue con dirección a la iglesia de la Concepción, donde adentro una virgen coronada por siete lunas enfermas pisa la cabeza de una serpiente.

Noche III

El taller mecánico de la colonia Guerrero olía a gasolina, a sudor de dos hombres que se besaban cuando la luz de la noche se filtró por la ventana, iluminó sus pies descalzos y ocultó la mitad de un bocho destartalado.

Camilo golpeó con sus manos ásperas el pecho de Yohualli; su piel, manto estelar que vibró como la sangre cuando los hombres se encuentran.

La neblina no solo desciende del cielo, también de las manos heridas de los dioses.

Ni mitz tlazohtla, revienta mi pecho con tus manos que atrapan nubes”.

Incendio en el cuerpo de la noche.

Dos hombres desaparecieron entre sombras cuando el viento golpeó contra la ventana. En la calle caminaban un par de borrachos que con tequila en mano se juraron amor hasta matarse; se dirigían a la tienda clandestina donde Doña Corrupta prendió una veladora en su altar por si acaso vuelve el hombre que conoció sus secretos, para que le dé fuerza, porque su ausencia hizo que la vida perdiera sentido.

A una cuadra, en el edificio art déco agrietado por los terremotos, todos sus habitantes dormían, menos la pareja de yonquis que nadie sospecharía que cogerían hasta consumirse.

En el pecho de Yohualli emergió un sol por los golpes de un hombre lince que tiempo atrás, en el Tahúr, le dijo con aliento a cerveza: abrázame fuerte.

Yohualli no le contó que esa vez había abandonado la casa de un hombre bipolar que por meses lo envolvió en su mundo donde los amaneceres eran un juego de azar, pero no habría más, porque en la tarde bebieron tequila cuando en las bocinas sonaban canciones de sintetizadores ochenteros. Los dos bailaban en la sala de sillones de terciopelo rojo que habían comprado en la Lagunilla; ahí fue cuando el hombre le dijo que dormiría una siesta y se fue a su habitación.

Yohualli se quedó en la sala escuchando canciones hasta darle fondo al tequila y fue cuando decidió acostarse junto al hombre bipolar, pero el señor no respiraba porque se había tragado todas las pastillas para controlar sus nervios.

Camilo besó el sol que emergió en el pecho de Yohualli, lo besó con la certeza de que desaparecería, porque esa tercera vez que se habían reencontrado en el Tahúr acabaron fajando al lado de la rockola mientras sonaba la cumbia El llanto de los luceros. Después de tremendo faje, Camilo le propuso que fueran a su taller que quedaba a unas cuadras, y aunque Yohualli estaba hasta su madre y recordaba a Camilo como en un sueño, en su memoria quedaron grabadas sus manos heridas como para agarrar nubes.

De camino se fueron abrazados sin saber que cuando pasaron al lado de un templo del siglo XVI, una serpiente mordió el pie de una virgen lunática.

En el taller los hombres desaparecieron entre sombras de herramientas, de maquinaria, de un bocho que no volvería a arrancar, que años atrás Camilo había usado para llevar a viejos amores a terrenear a las afueras de la ciudad, y dejó que se oxidara cuando el último hombre que más había querido se mató en un accidente porque le gustaba la velocidad. Desde ese día no volvió a hablar de su pasado, ni a salir del D.F.; se entregó a su trabajo y a encuentros ocasionales.

Yohualli entrelazó sus manos con las manos heridas de Camilo; el calor de sus cuerpos fue noche. Afuera los borrachos ya no estaban porque se perdieron en la oscuridad. Doña corrupta después de venderles tequila caminó al altar del hombre que conocía sus secretos, tomó la veladora que iluminaba su retrato donde sonreía con un sombrero norteño que no le quedaba, frente a él tiró el fuego en la duela de ese edificio que estaba más habitado por fantasmas, y cuando el fuego se esparció, los yonquis en el edificio arte decó dejaron de amarse para convertirse en polvo.

Epílogo

Camilo cerró el taller mecánico y en el bocho que pensó no tendría arreglo se fue a Cuetzalan para buscar paisajes de Yohualli, en la sierra donde las nubes descienden, cubren la plaza de los voladores a los cuatro puntos cardinales, la parroquia edificada al santo que se impuso ante ladrones, el quiosco que en las noches tiene sombra de astro, el cementerio con tumbas abiertas a siglos pasados, “Las Puertas del Cielo” donde en una rockola suena música ranchera y cósmica para embriagarse mientras la niebla cubre los ojos.

“Las Puertas del Cielo” se convirtió en el santuario de Camilo, donde frente a la virgen que tenía una telaraña en el rostro se embriagó imaginando unos ojos abiertos como flores negras. Después de tres caguamas pensó que había sido demasiado llegar a Cuetzalan para encontrar rastro del muchacho que desapareció la noche en que se quisieron; pensó en los amantes fugaces como asteroides en el cielo, en Yohualli como un cometa que dejó su rastro en la noche; el muchacho acabó en su mente como una madrugada fresca de sol y niebla.

A la cuarta caguama vio a los hombres con el rostro anochecido, escuchó sus conversaciones en náhuatl como el susurro de un ángel que lo marcó; en las paredes las máscaras de animales y demonios abrieron el hocico, y el rostro de la virgen coronada por lunas enfermas desapareció entre humo de cigarro.

Camilo en la calle principal del pueblo imaginó las veces que su muchacho de ojos negros caminó por las mismas piedras que pisaba; lo imaginó como el niño que sentado sobre la banqueta comió un mango embarrándose los cachetes; lo imaginó como el adolescente solitario que se desvió de la calle principal para tomar camino hacia el cerro donde se dice que un diablo devoró hombres; lo imaginó como la mayoría de los adultos vestidos con calzón de manta y sombrero blanco; el rostro de Yohualli en los hombres que iban y venían en esa calle que desaparecía en la niebla.

Camilo se perdió en el cerro donde se decía que un diablito se había cogido a hombres macizos y peludos. Los caminos empedrados eran como el cauce de un río que desembocaba en Las Puertas del Cielo, donde Camilo ponía en la rockola Un mundo raro y pedía las botellas necesarias hasta conjurar a Yohualli, pero solo logró ver su sombra en las paredes blancas, su rostro en el perfil anochecido de los hombres, percibió su voz en las palabras en náhuatl que se perdían con la música.

El hombre de las manos heridas, una vez más, salió de Las Puertas del Cielo.

Los caminos empedrados lo llevaron al cementerio, donde atravesó el arco con las letras “Descanso eterno” para ver filas de tumbas del siglo XIX; entre ellas pensó que bajo la tierra estarían los ancestros del muchacho alucinante. Al final del camino el viento azotó las puertas de la iglesia de los Jarritos; detrás de ella la niebla fue una inmensa ola que cubrió el templo.

Camilo deambuló hasta que regresó a Las Puertas del Cielo; al tomar botella tras botella los días se volvieron noche en un horizonte de lluvia.

Abrázame muy fuerte, mencionó frente a la virgen cantinera, y las máscaras en las paredes fueron rostros que se asomaron desde otra realidad.

Camilo, tambaleándose, una vez más abrió Las Puertas del Cielo para extraviarse en el horizonte de niebla en el que florecían orquídeas que reflejaban los movimientos de los astros.

Camilo teporocheó por las calles a cuestas, miró los balcones de las casas con la esperanza de que saliera su muchacho de ojos negros; en la única fuente del pueblo pidió un deseo viendo cómo la moneda que arrojó se hundía en el reflejo del cielo. En una calle se resbaló y al romperse la madre se echó a reír, por pendejo, se decía, “hasta dónde llega uno por la sombra de un hombre”; con el pantalón roto y las rodillas ensangrentadas volvió a entrar a Las Puertas del Cielo cuando el día y la noche se volvieron laberinto.

Esa vez, mirando a la virgen que pisaba el cadáver de una serpiente, preguntó si volvería a ver al hombre de ojos sombríos, que al entregarle su cuerpo extravió su cordura en un paisaje de agujeros negros, y volvió a reírse de sí mismo frente a una máscara endemoniada que abrió su hocico para dejar escapar una araña verde y luminosa.

El día que decidió regresar a la ciudad su bocho no arrancó.


Fernando Yacamán. Escritor y docente. Licenciado en letras hispánicas. Estudió el Diplomado en creación literaria en la Escuela Dinámica de Escritores, así como por el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA). Ha presentado su trabajo literario en países como Brasil, España e Inglaterra. En México ha participado en espacios como el Festival Internacional por la Diversidad Sexual (UNAM), y Festival Cultural de la Diversidad Sexual Zacatecas. En 2009 fue ganador del premio Elena Poniatowska por la Universidad Autónoma de Aguascalientes, y del segundo lugar en el premio Punto de Partida por la UNAM, en 2021 fue ganador del Certamen Nacional de Juego Florales de los Centenarios de Ramón López Velarde. Fue becario del PECDA Aguascalientes (2009-2010) y del FONCA (2019-2020) ambas en la categoría de cuento como joven creador. Colaboró en la dramaturgia de la obra “Náa Gunaá” (Desiertos Ombligos) y escribió la puesta en escena “Destrozando el Tiempo” presentada en diferentes recintos del país y en España. Su obra se ha publicado en diversas antologías nacionales y extranjeras. Ha publicado los libros de narrativa: Ya quiero despertar (2014), La pócima del diablo (2015), El cuerpo de la noche (2017), La virgen del sado (2022), El demonio que nos habita (2022), Sebastián de la noche (2023), y Todos mis padres, que mereció el I Premio Siníndice de Novela de España, y fue publicada en ese país en 2019. Epifanía del Escorpión es su libro más reciente y pertenece a la Colección Extra(e)ditados 2024 de la Dirección General de Publicaciones de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

 


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