Puebla, México, 13 de abril de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 10 minutos

La entrevista como género literario es históricamente política. La que el lector tiene ante sí no es la excepción. Fue realizada por medio de videollamada. Duró 35 minutos. Arturo Hernández González es un joven escritor, crítico y pensador colombiano que está siendo leído cada vez más como un referente de la poesía de su país. Muchísimos son los dossiers y antologías de poesía colombiana que dan cuenta de su trabajo. Su obra ha recibido múltiples reconocimientos, premios internacionales y traducciones. Aquí la conversación:

J.R. En años recientes, maestro, su obra ha tenido un eco cada vez más profundo en el público hispanoamericano. Obras suyas como Breviario de lo incierto (2017; 2024), Presagios del insomnio (2025); que además está disponible de forma abierta y gratuita en versión digital gracias a la editorial Hoja en Blanco, Terca materia inexacta (2025) o Arquetipo infinito (2026) lo han convertido en una especie de escritor de culto, lejano al gran público, sí, pero frecuentado con pasión por lectores de gustos más complejos. ¿A qué cree que se deba esto?

A.H.G. Escribo por necesidad. Secuestramos, como pensaba Sontag, algo del lenguaje de los demás con la esperanza de poseerlo, de hacerlo propio. Imagino que se trata de algo así…

J. R. Parece que le gustan las pequeñas editoriales independientes. ¿Por qué?

A.H.G. Me parece que en esos nichos estéticos se puede estar perpetrando la gran poesía de nuestro tiempo.

J. R. ¿No existe hoy la “gran poesía”?

A.H.G. Sí, pero está lejos del centro.

J. R. ¿Por centro se refiere a las grandes casas editoriales?

A.H.G. Habría que definir qué hace grande a una editorial. ¿En qué va eso? ¿Los autores que publica? ¿Los tirajes que maneja? ¿La opinión de la crítica? Por centro me refiero al núcleo epistemológico y estético que Occidente ha construido a través de imperativos hegemónicos.

J. R. Maestro, ¿a quién considera usted un “gran poeta”?

A.H.G. Ida Vitale es una gran poeta. Luis O. Tedesco es un gran poeta.

J. R. Regresando un poco al tema, dirige usted su propia editorial independiente, la Editorial Toská. Y por más de una década estuvo al frente de la Revista Noche Laberinto. Entrevistó autores consagrados, algunos con el Nobel, el Cervantes o el Premio Pulitzer. Ha ejercido como docente, traductor y crítico de literatura. Uno podría pensar que su vida gira en torno a las letras. ¿Considera que la literatura es su religión?

A.H.G. Yo no usaría una palabra tan grotesca para hablar de la literatura.

J. R. ¿Cuál utilizaría?

A.H.G. La literatura es, para mí, el arte de perder con gracia, bellamente. La comunicación es un ideal. No es posible. Fallamos siempre al intentar comunicar nuestros pequeños absolutos, el todo de nuestras obsesiones más ineludibles. Negociamos un itinerario común con nuestros congéneres y nos aburrimos menos si logramos evadir la soledad. Todo eso está muy bien: por simpatía nos resignamos. Pero la comunicación es siempre simulacro. Siempre se escapa algo. Algunas veces la mayoría, incluso.

La literatura es la dignificación de ese simulacro. Lo que sacamos en claro para merecernos la vida escrita a pesar de todo.

Arturo Hernández González. Foto de Hugo Chaparro Salazar
Arturo Hernández González. Foto de Hugo Chaparro Salazar

J. R. ¿Y considera que eso tiene una importancia política?

A.H.G. ¿La literatura? Sí, claro, creo que la escritura es el acto más descarnadamente político que existe. Después de la elección de estar vivos (de no suicidarnos) y de intentar comunicarse con otros, creo que viene la escritura literaria.

Estoy consciente de que no es lo mismo la literatura que la escritura literaria. Lo que quiero decir es que: Toda gran literatura es poética.

Concuerdo con Alain Badiou en que todo poema hace llegar a la lengua un poder. Él pensaba que al escribir se fija para siempre la desaparición de lo que existe, de lo que se nos presenta. La poesía que es, en última instancia, la traducción de lo invisible, ese arribo al poder desde la lengua patria gesta la presencia a través de ideas que permanecen desapareciendo.

J. R. ¿Y, digamos, por ejemplo, la novela?

A.H.G. No es que la novela no pueda ser literatura. La novelística, creo yo, es una forma poética del lenguaje. La gran literatura es poética, sin importar el género. Podríamos decir que es la escritura en cuya raíz hay una obsesión ineludible y que no corresponde a otra vocación del lenguaje más que a la de su autor. Me parece que Pierre Menard está más capacitado que yo para responder esta entrevista. Y bueno, la obra de Krasznahorkai es un ejemplo perfecto: una poética del fin del mundo, como han dicho algunos. Barbusse: una poética del insilio. Améry: una poética de la demolición. Y así…

J. R. Con eso en mente: ¿qué lugar debe ocupar el lector en la literatura?

A.H.G. Descreo de las deontologías. Mi lector no es otro que el desdoblamiento. Ahora no sé si respondí su pregunta de antes. La literatura es un hecho político. En el mejor de los casos es una ontología del lenguaje que por el artista se hace abismo, asombro, no-lugar.

J. R. ¿Y cuál puede ser la importancia de esos no-lugares, por ejemplo, en materia política?

A.H.G. Creo que la respuesta ya está en libros de Agamben, Gramsci y Rivera Cusicanqui. Hay que leerlos. Yo solo podría agregar que la gran poética literaria consigue que nos preguntemos constantemente por las fronteras, los límites, los confines del sentido común y de las categorías que asumimos universales. Y es que solo autores de literatura comercial se pueden engañar a sí mismos pensando que la literatura no tiene causas.

A ver: una gran poética literaria no sólo señalaría una dinámica racista, de exclusión, de violencia simbólica, cultural o histórica. Y sin ser panfletaria, iría más allá. Afirmará que debemos tomar una posición: el antirracismo. Existen mecanismos politizados a través de los cuales un autor puede mostrar su posición. Obvio. Pero el antirracismo debe ser una articulación de la política cotidiana. Pero para serlo, debe comenzar por la duda, la exploración, la reflexión.

Debe cuestionarnos tan íntimamente que nos preguntemos si estamos reproduciendo un discurso de lo políticamente correcto. O si de verdad, estamos desrracializando la violencia sistémica y del lenguaje, y con ello nuestra visión del mundo.

Estamos viendo una radicalización de los discursos fascistas, de los lenguajes de odio y un desplazamiento de la esfera privada hacia las ágoras digitales de ciertas doxas perniciosas. Así que ya no basta con una afirmación individual.

El lenguaje político propio, así como el amor, será eficaz o no será, así de simple. Las grandes poéticas literarias hoy se están articulando contra los absolutismos y los cánceres ideológicos. Y si se están produciendo lenguajes propios es precisamente porque los verdaderos artistas no olvidan las conquistas de los movimientos sociales.

El escritor suele carecer de herramientas distintas a la palabra. Y como escribió Audre Lorde, “las herramientas del amo nunca desmantelarán la casa del amo”. Por eso necesitamos palabras propias. Íntima y reflexivamente propias.

Arturo Hernández González. Fotografía de Hugo Chaparro Salazar
Arturo Hernández González. Fotografía de Hugo Chaparro Salazar

J. R. Concuerdo, pero me surge una pregunta. Siguiendo lo que dice, entonces ninguna gran literatura puede ser comercial, ¿o sí?

A.H.G. A.J. Cronin fue uno de los autores más famosos del siglo pasado. Sus libros fueron traducidos a más de 30 idiomas. La ciudadela y Las llaves del reino son obras desarrolladas con elegancia. Era un gran observador de la condición humana. Pero su literatura rara vez nos obliga a elegir la duda. El castillo del odio es precisamente una de sus novelas menos conocidas, pero es, sin lugar a duda, la más profunda. Y no porque defienda una causa, o sea un ensayo disimulado en novela, como sí ocurre a veces, sino porque se queda en nosotros como una invitación.

Suscribo la idea de Agamben de que las poéticas son, en última instancia, promesas. El lector no lee para que la promesa se cumpla, sino porque la promesa existe.

J. R. ¿El hecho de que usted prefiera que las entrevistas se publiquen por escrito tiene algo que ver con esta visión política de lo literario?

A.H.G. Podría decirse. Poner el pensamiento por escrito me parece también una conquista. No siempre fue así. El analfabetismo como concepto muere un poco más cada día. Pronto ya no hablaremos siquiera de analfabetismo digital. Creo que la pregunta se está dirigiendo cada vez más hacia la injusticia epistémica. Miranda Fricker, una mujer a la que admiro y con la que hace poco sostuve alguna vez una entrevista, tiene un gran libro sobre ese fenómeno.

J. R. La filosofía es otra de sus obsesiones, ¿no?

A.H.G. De hecho, me parece que la filosofía ilumina espacios del lenguaje que la poesía sólo contempla. La filosofía es el espacio más propicio para la subversión. ¿De dónde sacó Sócrates la metáfora por la cual comparaba la mayéutica con el acto de parir? Sí, tal vez de su madre que era una gran comadrona que ayudaba a menudo con los nacimientos. Pero es innegable que también de sus maestras: Diotima de Mantinea y Aspasia de Mileto.

Hoy tenemos la posibilidad de maternar conceptos y prácticas que configuran no solo nuestro lugar de enunciación sino la forma misma en la que experienciamos nuestra estancia en el mundo. Podemos advertir los emplazamientos hegemónicos desde los que se ha relatado tanto la historia como la justicia de los vencedores y preguntarnos por los no-lugares, por las márgenes donde pervive la idea misma de la resistencia.

De ahí la importancia de las ficciones intrahistóricas y posthistóricas.

J. R. Gracias. Para concluir, quiero preguntarle por lo que está haciendo, pero siento que, como da la impresión de estar siempre muy ocupado, sería difícil resumir, ¿no?

A.H.G. A ver: Me la paso trasdrugando. En este momento, estoy mordiendo el agua con las tripas. Tengo hambre. ¿Qué estoy leyendo? Ensayos de Ngugi wa Thiong’o y de Tommy Curry, relatos de Karel Capek y poemas de Yang Biwei.

¿Qué estoy escribiendo? Nada, por fortuna.

J. R. ¿Algún autor de Colombia que nos recomiende?

A.H.G. Siento que mis coordenadas son insuficientes y caprichosas para abordar la geografía literaria actual del país. Silva sigue siendo nuestro mejor poeta. Adivinar el pasado siempre es más sencillo y menos peligroso.

León de Greiff fue un gran poeta. Mutis es, para mí, indispensable. La obra de Fredy Téllez me interesa mucho. El año pasado descubrí la obra de Laura Ortiz Gómez.

Hay que echarle un ojo a las obras de la dramaturga Angie Ligeia. Y ya. La memoria me anda como reloj con rabia. Mejor la pregunta la dejamos para después, que después es siempre un ahí miramos.


Jeimy Ríos (Usulután, 2002). Licenciada en periodismo y comunicación audiovisual por la Universidad de El Salvador. Poetisa empírica.

Arturo Hernández González (Bogotá, 1995). Poeta, traductor y docente colombiano, especialista en pedagogía y maestro en literatura y cultura. Su obra ha sido premiada e incorporada en publicaciones de importantes medios culturales y literarios, así como traducida al italiano, rumano, búlgaro, francés, inglés, griego, albanés y coreano. Es autor de obras como Olor a Muerte (2011; 2012), Breviario de lo incierto (2017; 2024), Presagios del insomnio (2025) y Terca materia inexacta (2025). Ha recibido el I Premio Literario Internacional Letras de Iberoamérica – Poesía (México, 2017), el IV Premio Nacional Plenilunio de Poesía ‘Leopoldo de Quevedo y Monroy’ (Colombia, 2023) y el IV Concurso poético ‘Cezarina Dos Santos Álvarez’ (Uruguay, 2023). Dirige desde hace más de una década la Revista internacional de cultura y artes Noche Laberinto y la Editorial Toská.


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