Desde el (auto) exilio en los bosques de Klatch City, 24 de junio de 2026 (Neotraba)

En el 2021, Zach Bryan publicó su disco triple titulado American Heartbreak, el primero con el sello corporativo Warner Records, esto después de un par de discos que grabó de forma independiente y una enorme popularidad en las redes sociales como TikTok, X, Instagram donde sus canciones tenían cientos de miles de reproducciones. Es decir que cumplía con los requisitos que la industria de la música necesitaba para verlo como una oportunidad no solo de explotar su música cercana al Country y a la American Root, sino para buscar un nuevo nicho de músicos a quienes venderles la idea de una nueva revolución musical, donde ellos serían quienes la liderarían. Al menos tenían la oportunidad de intentarlo de nuevo después del fallido intento que se dio a finales de la década de los noventa, una vez que la revolución accidental, llamada Grunge, había dejado de ser negocio.

A fines de los noventa, con el Grunge dejando de ser un negocio, en varios estados del centro y parte del sur de los Estados Unidos, se fue dado un fenómeno musical que tenía como influencia, la migración que se había dado desde principios de siglo, principalmente de los Apalaches, Kentucky y otros estados donde el Country y la American Root eran la música por excelencia.

Este fenómeno dio una camada de músicos que, influenciados por la música que escuchaban en la radio, parte de ella perteneciente a la American Root, además del Rock, principalmente sureño y el Folk, dio como resultado un nuevo género, que en ese momento la industria decidió bautizar como Alt Country (Country Alternativo) o Americana, como se le conoció en Europa, donde tuvo una fuerte presencia, con bandas como Mundford and Sons.

Los sellos corporativos de pronto comenzaban a visitar bares en ciudades como Chicago, Denver, Portland, Phoenix entre otras para ir firmando a bandas que podían dejarles ciertas ganancias, es así que Drive by Truckers, The Handsome Family, Whiskytown, Uncle Tupelo, Ryan Adams, Wilco pasaron a la lista de bandas con contratos en estos sellos que buscaban un nuevo nicho a explotar y el Alt Country nace como una nueva revolución musical, eso sí, intentando que este, estuviera más cercano al Rock que al Country. Al igual que con el Grunge este incipiente género musical comenzó a formarse en los bares universitarios y de la clase trabajadora.

Afortunadamente, este intento de explotar el Alt Country quedo como eso, como un intento, muchas bandas desaparecieron antes de dar el gran salto. De Whiskytown solo quedó Ryan Adams que fue por mucho tiempo el enlace con el género y la música corporativa, de Uncle Tupelo surgió Wilco de la mano de Jeff Tweedy, quien debe ser el músico que mejor entendió a la industria y la usó a su beneficio fue Tweedy quien junto a Ryan Adams aprovecharon este intento de crear una nueva revolución musical por parte de la industria.

Por otro lado, Jay Farrar, también de Uncle Tupelo y quien decidió deshacer la banda antes de hacerle el juego a la industria, quien con Son Volt a la fecha se mantienen alejados del Mainstream. Al igual que otras bandas que una vez pasado el intento de explotación se mantienen al margen haciendo música.

Para inicios de siglo, surge una nueva camada de músicos que no solo estaban haciendo nueva música, sino que reclamaban su derecho como sureños para reivindicar su música, su escena y que no buscaban hacerlo retomando el Alt Country como propio, sino yendo más allá, en una reivindicación ideológica y cultural, es decir tratando de quitarse ese estigma de música para paletos, redneck, ignorantes conservadores, racistas.

Es así como músicos como Tyler Childers, Sturgill Simpson, John Moreland, Arlo McKinley y Jason Isbell quien ya tenía experiencia con la industria en su paso como miembro de los Drive by Truckers, fueron quienes comenzaron una verdadera revolución dentro de estos sonidos del sur de Estados Unidos, junto a otras bandas más cercanas al rock sureño como Whiskey Myers, BlackBerry Smoke. Estas bandas no estaban interesadas en entrar al lado corporativo de la música y mantenían cierta independencia, firmando con sellos discográficos independientes, más pequeños y cercanos a su forma de ver la música.

Aquí hago una pausa: el Country debe ser el género musical que más se consume en los Estados Unidos, es el más popular dentro del mayor grupo poblacional, sin embargo, no es el más Mainstream, no llega a tener las repercusiones que tiene el Rock –con todas sus variantes– el Hip Hop o el R&B, los cuales si bien no alcanzan los niveles de ventas de discos o boletos que pueden tener los músicos Country, son digamos los que gozan de mayor aceptación. Si bien, algunos cantantes como Dolly Parton, Willie Nelson, John Fogerty, los Credence Clearwater Revival y por supuesto Johnny Cash ha logrado cruzar la barrera del estigma y discriminación que otros músicos no han podido, es claro que para el grueso de la población tanto en Estados Unidos, como a nivel global, este es un género musical que define a una cierta clase social, que se asocia a la pobreza, la ignorancia, el conservadurismo y muchos otros vicios que si bien están presentes también en el Rock, el Rap y el R&B, en el Country o los sonidos del sur es donde más se agrava o se agravaba, pues de unos años para acá, existe un nuevo intento por parte de la industria corporativa de la música de apropiarse de este género y comenzar a explotarlo.

Mismo intento que podemos mencionar que inicio con la llegada de Taylor Swift, que si bien no es una cantante de música Country si se asocia con los sonidos sureños y que con Zach Bryan ha logrado llegar al punto máximo del cenit de este intento de revolución musical. Incluso algunos periodistas han llegado a comparar a Bryan con Kurt Cobain, nada que ver, pero como fórmula resulta exitosa.

También se tiene que aclarar que lo que paso con el Grunge que nos vendió lo más tranquilo de la revolución accidental –llámese Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden– otras bandas con mayor trayectoria y talento no gozaron de tanto éxito mediático, como lo fueron Tad, Screaming Trees, (the) Melvin, Mudhoney entre muchas otras; en esta nueva revolución corporativa, las bandas que han firmado para estos sellos son aquellos que hacen desde Alt Country, Country Pop, es decir aquella música que puede ser consumida por el Mainstream o el gran público sin problemas.

Es importante mencionar que ninguno de los músicos que han firmado con los sellos corporativos tiene la culpa de lo que muchos periodistas especializados en Country han llamado la “nirvanización” del Country, estos músicos solo están aprovechando el momento para su propio beneficio y si al final ocurre, lo que siempre ocurre y terminan pagando factura por sus decisiones, es una historia conocida. A ellos solo los está utilizando una industria que piensa no en términos de arte, sino en dinero y como ganar más.

Por ahora el espejismo creado por la industria es tan grande que en el más reciente disco de Zach Bryan viene una colaboración con Bruce Spingsteen, lo que habla de hasta dónde va esta “nirvanización”, es decir seguir tomando géneros musicales, endulzándolos para el gran público y vendiéndolo como novedad. El Grunge y su revolución accidental fueron el último gran éxito para la industria corporativa, dejando una escena vacía y sin alma cuando terminaron de explotarla. Esta ha sido la forma de actuar por décadas.

El Country a pesar de ser una música de la clase trabajadora, de mantenerse por debajo de otros géneros siempre ha logrado una independencia a la hora de crear su música y las formas de distribución; algo similar a lo que ocurren en México con la música de banda, la norteña que el Mainstream intenta catalogar como “regional mexicano” y venderlo más allá. Es por eso que vemos a grupos como Frontera, Carin León entre otras haciendo colaboraciones como músicos Pop, es la forma de “nirvalizar”, venderla al gran público.

A pesar de esto, la independencia, las ideas que se han venido forjando especialmente a inicios de este siglo se mantienen y mientras que vemos que músicos como Nolan Taylor o Evan Horner llegan a los sellos corporativos, Arlo McKinley o Jessee Welles sacan la casta por mantener una escena alejada del Mainstream y el gran público.


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