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Bolivia, 4 de marzo de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 14 minutos

Terminaremos, por fin, por descubrir que en el mundo sucede como en los dramas de Gozzi; son siempre los mismos personajes los que aparecen, tienen las mismas pasiones y la misma suerte; los motivos y los acontecimientos varían, ciertamente, en las diferentes obras, pero el espíritu de los acontecimientos es el mismo; los personajes de cada obra no saben nada de lo que ha sucedido en las anteriores, en las que, sin embargo, tenían ya su papel; por ello, pese a toda la experiencia que debían adquirir en las obras precedentes, Pantalón no es ni más hábil ni más generoso, Tartaglia no es más consciente, ni Brighella más valeroso, ni Colombina tiene más moralidad.

Arthur Schopenhauer

De la repetición escénica

El texto de Schopenhauer que abre como epígrafe de “Invisible”, la primera parte del poemario Solo, nos recuerda todo ese determinismo ontológico que La Comedia del Arte renacentista supuso para sus personajes. Detenidos en el tiempo frente a sí mismos, estos sabrían actuar en cada función, impedidos de acumular experiencias que modificasen sus comportamientos posteriormente, en otras aventuras. Siempre serían de la misma manera aunque las escenas fueran distintas cada vez.

Así –exagerando un poco las cosas– podríamos hablar de la fatalidad del “ser quien se es”, sin poder acceder al cambio nunca. O en su defecto, acerca de la constante repetición de la historia cotidiana, lo que a su vez podría referirnos al miedo que solemos tenerle al cambio. A menudo identificamos el pasado como un “lugar” mejor que el ahora y entonces, del “soy así” iracundo, al inocente “nunca cambies”, ansiamos colectivamente o la perdurabilidad imposible de las cosas o el retorno que promete devolvernos algo de lo perdido. Como insertas en una paradoja, nos debatimos entre estas dos pulsiones: el cambio y la permanencia.

Si el Dios cristiano de Jürgen Moltmann debe renunciar a la quietud de sí mismo en nombre del amor para crear todo lo que existe, replegándose, renunciando a ser el Todo, permitiendo el “espacio vacío de sí” indispensable para sus creaturas, nuestra vida dependería entonces desde el inicio, de la posibilidad del movimiento, de la transformación y del cambio. Y esta es la doble cara de la moneda que nos persigue inmisericorde: ansiamos el cambio pero le tememos; deseamos la permanencia, la perdurabilidad, pero presentimos que sin movimiento la vida no sería posible.

Pero más allá de todo este dilema, lo verdaderamente terrible y que recoge el poemario de toda esa teatralidad renacentista sería que esta mismidad –eso que no cambia y que permanece igual a sí mismo– es construida colectivamente a cada momento. La Colombina, el Pantalone, el Arlequín, el Pierrot y todos los demás personajes dicen al unísono: “somos nosotros mismos, para siempre”. Sabemos que no es posible construir la ficción dramática sin la complicidad, no solo de los personajes interactuando entre sí, sino sobre todo sin el público asistente a cada representación. Esta sería la acción colectiva que pone en escena una y otra vez a los mismos personajes, para siempre viejos, para siempre risueños, para siempre niños, para siempre ellos mismos. Y aquí es donde entra otro elemento perturbador: la repetición indispensable que ejercita esa comunidad de “los mismos para siempre”.

Por otro lado, presentimos un juego contradictorio entre frescura y fosilización, porque las obras de la Comedia del Arte eran en general improvisaciones a partir de un libreto simplísimo que estaba hecho para eso, para dar rienda suelta a la creatividad de los actores. Pero esa libertad estaba condicionada por la chocante naturaleza repetitiva de los personajes. Esta comprensión del mundo, que pone en el centro de la acción a la repetición colectiva de la mismidad, forma parte de una bisagra entre ese mundo feudal que abandonamos y ese otro moderno del que apenas sabemos algo en ese momento.

Considero que este es un elemento clave para la lectura de Solo.

De la pragmática

Solo, el poemario de Pedro Mena, nos regala un juego de montaje muy preciso y digno de admiración, un juego que nos permite encontrar en su lectura, la emoción. Acaso esta sea la búsqueda de la poesía en general: un afán de provocar conexiones entre distintas sensibilidades a partir de compartir una determinada experiencia y que acaso esta logre identificar lo propio con lo ajeno. De pronto, personas desconocidas entre sí podrían sentir un mutuo hálito de emoción, si no en el tiempo, al menos en el gesto de la lectura. Esto hace de la literatura la hija putativa del gran teatro del mundo, arte indispensablemente colectivo, que no puede prescindir de su objeto del deseo: esos otros espectadores que son los lectores y las lectoras.

Sin entrar en postulados dramáticos y grandilocuentes como se versan en “La muerte del autor” de Roland Barthes, Linda Hutcheon –una académica canadiense que ha dedicado gran parte de su trabajo al estudio de la parodia y la ironía en la literatura– aborda el asunto desde su “dimensión pragmática”, es decir, a partir del efecto que produce en las y los lectores el consumo de ciertos textos literarios, sin anular al autor, pero sí reivindicando la actividad lectora.

Es así que la noción de la fatal repetición sin salida, presente en gran parte del Renacimiento (todo ese gusto morboso por el retorno al mundo clásico, del que pudimos huir finalmente emancipándonos en el desorden del Barroco), inscrita –gracias a Solo– en esta Modernidad racional que nos obliga a pensar en línea recta, unidireccional y en clave de progreso (lo que implica un culto por lo nuevo, por el cambio, etc.) provoca/desata/instala la angustia que ha de cubrirnos a lo largo de toda la lectura. Porque descubrir esta paradoja temporal nos deja en la indefensión. Una indefensión que se irá profundizando conforme el poemario nos envuelva en la sorna.

Portada de Solo de Pedro Mena
Portada de Solo de Pedro Mena
De una larga tradición

Regresando al tema de inicio, todos estos supuestos de la Comedia del Arte forman parte de alguna manera del sustento estético de muchas series televisivas que nos terminaron de criar en los noventa, con personajes igual de ensimismados. Porque lo que tenemos es una larga tradición en la que se emparentan distintos elementos: desde los arquetipos de la antigüedad, pasando por estos personajes italianos a los que se refiere Schopenhauer, hasta las interminables temporadas de Friends o The Big Bang Theory entre otros. La lógica es la misma: la transformación de sus personajes no es posible porque están atrapados en la repetición de sí mismos. Por eso se nos hacen entrañables cuando empiezan a poblar las pantallas de esos años: porque nos dan seguridad, algo que promete no cambiar en un mundo convulsionado por el neoliberalismo. Cuando sucede algo relevante en sus vidas de televisión, el exabrupto se resuelve rápidamente en un retorno aún más radical a sus propias identidades y comportamientos. Incluso las locaciones en las que suceden todas sus aventuras apenas cambian de vez en cuando: departamentos, pasillos, el lobby de algún bar, una oficina, etc.

Esta lógica no es nueva, como dijimos antes. Shakespeare hacía algo similar con algunos de sus personajes. Hijo de la Modernidad por nacer, el autor del Rey Lear toma elementos de la tragedia griega, por ejemplo la noción de destino y permite el grito desesperado de Romeo en la primera escena del Acto III: O, I am fortune’s fool! que nos invita a rumiar esa tensión entre la transformación del individuo (tomando decisiones, actuando, accionando, etc.), aún sometido al destino. ¿Qué provoca el cambio si no es la coyuntura, aquello que para Romeo es la fortuna o el destino? Este es todo un rollo que también asume discursivamente el mainstream en las redes sociales, dedicándose a sacramentar el mundo errático en el que nos ha metido el capitalismo, identificándolo como inevitable, “bueno” y hasta deseable. El capitalismo te exige acción, movimiento, pero en un solo sentido, porque ya no habría nada más detrás o después.

Otra vez, la interpretación de cada época es la que transforma de alguna manera lo que todos estos personajes están diciendo desde Edipo Rey. Es la dimensión pragmática la que actualiza la lectura de estos clásicos y la que condiciona nuestras emociones encontradas al asomarnos también a Solo.

Gozzi, sobre quien se deleita perversamente Schopenhauer en el epígrafe, reivindica en tono proto-nacionalista, ya en el siglo XVIII, todo ese afán de los personajes de la Comedia del Arte. Como sucederá después, su llamado es un llamado al retorno, a volver a las viejas costumbres, en este caso estéticas. Es el miedo al cambio, a la transformación lo que se debate aquí, porque toda amenaza de cambio y transformación nos arroja a la angustia, a la ansiedad y a la incertidumbre. El conservador es siempre en el fondo un niño que tiembla de terror porque el mundo le obliga a crecer. Pero, ¿qué sucede cuando no puedes cambiar? ¿Qué pasa cuando escapar del bucle de la repetición, parece imposible?

Una relectura de esta concepción estética nos será propuesta después, en clave existencialista en el “Mito de Sísifo”. La repetición con la que es castigado el personaje le provoca sufrimiento porque la repetición implica un sinsentido eterno, sin final, sin meta por alcanzar. La repetición que provoca el sinsentido formaría parte intrínseca de la experiencia vital. Esta mirada del mundo, angustiada ante sí misma, solo será posible en medio de la vorágine capitalista que nos arrebata de las entrañas aquella repetición mítica (“desencantamiento del mundo” dirá Max Weber) y nos arroja a la carrera descontrolada del desarrollo sin límite de la Modernidad. Este sería otro laberinto que no nos ofrece nada: solo el sinsentido del cambio permanente. Otro nicho del sufrimiento.

Si no viviéramos la transformación del sentido de la vida en tono de superación del pasado, de progreso inminente, de evolución en clave vulgar, como un mandato de nuestro presente (todo ese rollo de la reinvención de sí mismo, de la auto-superación, de la adaptabilidad frente a la coyuntura, etc.), estos poemas no nos devorarían como lo hacen, con tanta angustia: a eso voy. En la posibilidad de la transformación, que presentimos imposible por cómo el poemario nos golpea verso a verso, sobre todo en la primera parte, radica la posibilidad del dolor, del sufrimiento. Ni la fe, ni el devenir, ni Albert Camus nos pueden salvar.

¿Por qué en medio de este mundo que cambia día a día, no solo tecnológicamente, estos personajes somos imposibilitados de cambio y/o transformación?

Del cuerpo doloroso

Cuando leo a Pedro Mena sufro. Porque algo dentro de mí comulga con toda esa mirada cínica que se arroja sobre un par de objetos en el mundo, que a la larga descubrimos que conforman todo nuestro mundo. En esto el poemario se parece a un truco budista, a saber, que el repliegue y sufrimiento de un solo hombre es el sufrimiento y repliegue de todos los hombres, en cadena de repeticiones, tanto secuencial (de padre a hijo) como simultáneamente (hermanos a la vez que hijos, etc.).

Acaso esto también es la poesía: una experiencia que permite comulgar lo cursi y lo terrible, lo triste y melancólico con la sorna que se ríe perversamente. Porque hay algo entre líneas, que recurre al humor negro, a la ironía en sentido grave en estas páginas. Que mezcla en un ademán, en un gesto, las distintas tradiciones de las que venimos y que las revuelve lujurioso, para permitirnos un goce estético que solo podemos agradecer ahora, que hemos sido descubiertas antiguas y modernas al mismo tiempo, sumisas y revolucionarias de frente al destino.

Valga aquí un apunte indispensable: no hablamos de un sufrimiento metafísico o al menos no exclusivamente. Aquí el sufrimiento, el dolor, tiene lugares precisos: el cuerpo atraviesa todo el poemario y se pavonea en títulos y versos: nervios, manos, hombros, huesos, glotis, músculos que se hunden, estiran y quiebran. El primer poema “Cuerpo”, nos da las coordenadas de estos dolores, pero al mismo tiempo nos anuncia que no permitirá, como podríamos suponer de antemano, ninguna mirada de lástima sobre esta materialidad maltratada, injuriada. Porque esta es una voz poética que esquiva, que evade el caer en la agonía total, cuidándonos así de nuestras propias caídas. Su tono parco, sin inflexiones ni pretensión alguna de grandilocuencia es el que nos desarma desde un inicio. A ratos parece que habláramos con alguien muy viejo que no ha dejado de sufrir, pero que no pretende sin embargo alertarnos del sufrimiento. Solamente nos lo describe como quien tiene tiempo de más y dice groserías.

No nos salva del todo, pero al menos no nos destruye completamente. Y si el verso es el que atenta nuestra seguridad, es también el verso el que nos ataja del precipicio.

Cerca del final

El poemario Solo es también una apuesta por la metamorfosis: cuando el abuelo grita debajo de la tumba, se trasluce en una camisa planchada y una corbata inglesa y viceversa. No, viceversa no. Ahí el reclamo por la vida no alcanza: la vida va y dando una vuelta parece que regresara pero no, solo hay un regreso que se repite una y otra vez, pero de forma diferente. Como en la trama temporal que imagina Paolo Virno: el recuerdo es posible en la reactualización, la memoria solo es posible en el acto que la recrea y transforma.

Hay una extraña y sutil transubstanciación entre el ahora del adulto y el ahora del niño. Entre el nosotros y el yo, entre el dolor y la huida. Y es entonces que nos golpea este hermoso verso de herencia vallejiana:

Dios, yo sólo soy un solo,
una vana piñata golpeada,
con un palo de mal agüero,
por los astros.

Porque este es el meollo del asunto aquí: ¿cómo el sufrimiento de un solo personaje se hace el sufrimiento de toda la humanidad? No tenemos soledad más allá de la experiencia que nos figura el poema: porque siempre hay voces, siempre hay fisuras que nos permiten nombrarnos mundo y que están también en el poema como un juego de telaraña en el que aquellas niñitas que fuimos, buscando reencontrarnos con nosotras mismas, rezan para recordar las voces de la ternura en medio del horror.

Por eso la esperanza parece desaparecer, esconderse, deshabitarse, para finalmente no hacerlo, al menos no del todo. Deberíamos estar hablando de esto ahora mismo: de cómo somos aún y estamos aquí, a pesar de todo.


César Antezana/Flavia Lima es parte de la Colectiva Almatroste desde el 2004 y de la editorial artesanal del mismo nombre desde el 2007. Conduce, además, desde el 2021, el espacio radial “Escena Salvaje, revista de cultura ácida” en radio Illimani de la Red Patria Nueva, que se emite a nivel nacional en Bolivia. Ha publicado los poemarios El Muestrario de las pequeñas muertes (2009), Cuerpos imperfectos (2015), Masochistics (2017, Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal), Anjani (2020), Polímeros cuir (2021, Segundo Premio de Poesía Franz Tamayo), Panfletaria (2023), Desiertos (2023, publicado en México por Sauvage Atelier) y Cuerpos, populacho y escritura (2023, publicado en Chile por Matabuey). Co-organiza el Festival Sudaka de poesía marica, lencha, trava, cuir. Tiene una licenciatura en Ciencias Religiosas y un Diplomado en Educación Superior por la Universidad Católica Boliviana. Concluyó además una Maestría en Literatura Boliviana y Latinoamericana en la Universidad Mayor de San Andrés. Sus ámbitos de trabajo son la teología, la literatura, las masculinidades, los derechos de las diversidades sexuales y la gestión cultural, todo en perspectiva de equidad de género.

Pedro Mena Bermúdez (León, Guanajuato) Poeta y ensayista. Ha publicado los libros: Pútrida voz (Poemas 2004-2005), ICL, 2007; The City (Poemas, 2009), ICL, 2010; Unheimlich (Poemas 2005-2010), Editorial La Rana, 2011; 12 voltios. Memorias del Encuentro de Arte de León (Poesía), ICL, CONACULTA, 2013; El viaje a la maceta sepia (Cuento infantil), Editorial La Rana, 2016; La corbata y otros ensayos, Editorial Los otros Libros, 2016; Tizne (Poemas 2012-2016), ICL, 2017; Heráclito (Poemas), Editorial Cinosargo, Chile, 2017; Círculos de Agua (Compilación de Jóvenes Poetas de Guanajuato), Editorial La Rana, 2018; Vicios anotados (Ensayos), Marginalia Editores, Chile, 2019; Demócrito (Poemas 2015-2006), Editorial La Rana, 2020; Los colores del diablo (Ensayos), E1 Ediciones, 2021; Mármol (Ensayos), Editorial Cinosargo y Marginalia Editores, 2023; Pompeya (Poemas 2014-2023), Editorial Almatroste, Bolivia, 2023; Solo (Poesía 2017-20024), Pampa Negra Ediciones, Antofagasta, Chile, 2025 y Un sol entre el carbón y las cenizas (Poesía), El Canto del Ahuehuete & Montaraz, 2025.


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