Augusto, el librero de los audífonos
Augusto es un hombre maduro cercano a la tercera edad, no tiene propiedades, no tiene seguro médico, únicamente tiene sus libros y su forma de vida que lo hace feliz. La columna de Sergio Núñez

Augusto es un hombre maduro cercano a la tercera edad, no tiene propiedades, no tiene seguro médico, únicamente tiene sus libros y su forma de vida que lo hace feliz. La columna de Sergio Núñez

Por Sergio Núñez
Ciudad de México, 2 de enero de 2026 (Neotraba)
Tiempo de lectura: 3 minutos
Es momento de hablar de Augusto, porque nadie habla de él, porque no tiene reflectores, porque no tiene un local, no tiene redes sociales, todo eso a él le vale madres, él es libre, lo pueden encontrar afuera de una estación del metro, de una universidad, a los costados de alguna feria del libro tendido sobre el suelo, sólo pone una manta y coloca para venta los libros que lleva cargando, algunos de los cuales adquirió el mismo día, se pone sus audífonos y se olvida del mundo, entra en sí mismo, salvo cuando alguien llega y le pregunta sobre un precio, lo otorga y no dice más, confía en su selección y sabe que si están realmente interesados lo pagarán sin chistar, es tal su seguridad que sólo espera el pago, siempre en efectivo, no tiene cuenta bancaria, si devuelven el ejemplar le da igual, sabe que cada libro tiene su lector.
A veces pienso que por la facha que tiene Augusto no le interesa nada más que pasear por toda la Ciudad de México consiguiendo y vendiendo libros, lo he visto en tianguis, librerías, ventas de garaje, ferias y remates, permanentemente con sus audífonos puestos.
Las pocas veces que vi conversar a Augusto era apasionado, discutía sobre temas de política y anarquismo, defendía la desaparición de fronteras, el trabajo no asalariado y un no rotundo a la propiedad privada. También lo escuché recomendar a B. Traven, a Durkheim y a Bakunin, pero también defendía que la mejor novela de García Márquez es El amor en tiempos del cólera, citaba a Pizarnik y recitaba fragmentos de José Emilio Pacheco.
Terminaba la plática y se volvía a colocar sus audífonos.
Augusto carga sus libros en todo momento en bolsas y costales, a veces no entiendo cómo aguanta siempre estar cargando, usa el transporte público, no sé dónde vive, se instala a vender donde ve flujo de gente, no pregunta a ninguna autoridad, no paga el lugar, no le pide permiso a nadie, si le piden retirarse lo hace, no discute, sólo se desplaza a otro punto y ya. No tiene día de descanso, pero tampoco tiene horario de trabajo, subsiste de comprar y vender libros viejos.
Siempre admiré a Augusto, su libertad y su peculiar forma de vender libros, nunca he tenido una conversación con él a pesar de ser su cliente desde hace más de veinte años. Hace unas semanas me lo he encontré en mi librería, me llamó por mi nombre, me emocionó que un personaje al cual admiro me conociera, lo saludé también con su nombre, él no se sorprendió, platicamos cómo lo hacen dos libreros de viejo chilangos, sobre la dificultad de adquirir buenos títulos, de rumores de cierres de librerías, de chismes de bibliotecas adquiridas, de las últimas piezas que nos cayeron, en cuánto se consiguen y en cuanto se venden, en lo complicado que es la venta de libros en estos tiempos de ebooks, redes sociales e inteligencia artificial; me dio un par de consejos para comprar más libros, le vendí un lote con un buen descuento, fue como reencontrarme con un viejo amigo.
Augusto es un hombre maduro cercano a la tercera edad, no tiene propiedades, no tiene seguro médico, únicamente tiene sus libros y su forma de vida que lo hace feliz. Espero algún día saber qué escucha cuando se pone sus audífonos.
