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Ciudad de México, 23 de diciembre de 2025 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 1 minuto

Sin darme cuenta, caminé entre el grupo de niños que posaba para la foto y el grupo de madres que les pedían que posaran para tomar la foto. Me di cuenta de ello poco antes de terminar de caminar frente a ellos, cuando escuché que una de las mamás les decía a los niños que posaran bien, que parecían Marías. Fue el sustantivo utilizado –no el darme cuenta de que estorbaba– lo que llamó mi atención. Hacía años que no escuchaba a alguien referirse a otro como una María, y el contexto no era exactamente el entorno privilegiado de las élites urbanas, de esas personas que se sienten gente de bien o gente bonita, tan acostumbradas a recurrir a micro racismos o discriminaciones sutiles, como para que el Marías fuera algo de esperarse. No volteé a ver a los niños a quienes sus madres habían calificado como Marías, miré a la izquierda para contemplar a las madres, a quienes habían calificado a los niños de Marías, y corroboré que no se trataba de un grupo de señoras de Las Lomas. Justo lo contrario, eran mujeres a las que la autoproclamada gente bonita, hace poco más de cuarenta años, habría llamado Marías, de la misma forma y con la misma intención que ellas se referían a sus hijos, reduciéndolos al estereotipo al que ellas mismas y sus madres –años atrás– habían sido reducidas. Seguí caminando, confiando en que los niños terminarían por posar como era debido.


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