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Puebla, México, 20 de diciembre de 2025 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 13 minutos

A Christopher le encantaba la tecnología, en la escuela era muy dedicado, y más en programación, en esa materia destacaba por sus calificaciones. Cada tarde al llegar a su casa se encerraba en su cuarto sacaba su lápiz y su libreta negra y dibujaba proyectos hasta que un día su madre le dijo:

–¿Otra vez dibujando? Te dije que limpiaras la casa. ¿Ya terminaste?

–Lo hice antes de ponerme a dibujar.

–¿Dibujar? eso es una pérdida de tiempo.

Su madre lo miró con expresión molesta ya que necesitaban dinero porque a su padre lo habían despedido. Él esperaba que su padre lo apoyara con su gran sueño de ser un gran científico, pero su papá estaba a la sombra de su esposa y no quería tener problemas con ella; así que un día a solas con él, Christopher levanto la mirada hacia su padre y exclamó:

–Apóyame. Habla con ella, es mi gran sueño y lo sabes.

–Mira, hijo, te quiero y eres importante para mí, pero tu madre… Si ella…

–Sí, papá, ya sé, si ella se entera te puede correr de la casa –lo vio con tristeza.

–Cómo lo siento, campeón, en serio te seguiré apoyando a escondidas de ella.

–Gracias pa –se abrazaron.

Al poco rato, regresó su madre y su hermano Amir, traían consigo pollo y verduras para la cena, él estaba como siempre dibujando, su madre desde abajo le gritó:

–¡Chris baja a cenar!

–¡Voy enseguida!

–¡Córrele o se enfría!

–¡Sí, ma!

Su madre se sentó a la mesa y con una expresión de decepción miró a su marido y comentó:

–Ya no sé qué hacer con este chico, siempre encerrado, según él siendo un científico.

Su esposo la miró con expresión fría y después con voz áspera le habló:

–¿Y no crees que lo mejor es apoyarlo…?

–¿Ahora tú también?, como se lo dije a él: es solo una pérdida de tiempo.

Pasadas varias semanas comenzó a ir a un curso de verano a una escuela de natación, en un día de estos mientras salía de los vestidores de varones para comenzar su clase vio a una chica.

Al principio, solo fue un vistazo fugaz apenas si se percató de su presencia, pero por alguna razón no pudo evitar mirarla de nuevo. Su cabello negro azabache, aún húmedo, le llegaba a la mitad de la espalda y las pequeñas gotas le resbalaban por el cuello y lo pequeña que se veía. Se atrevió a acercarse y le preguntó con voz suave:

–Hola. ¿Cómo te llamas?

–Hola, soy Iara ¿tu? –lo miró sorprendida.

–Soy Christopher, disculpa, ¿por qué pones esa cara? –dijo dudoso.

–¡Ay, qué pena! Es que me llamó la atención tu altura. Puedo preguntar ¿cuánto mides?

–No te preocupes, mido 1.80, pero tú sí que eres pequeña.

–Al lado tuyo, quién no, bueno… hasta pronto, me tengo que ir.

–Hasta luego.

Desde ese día, quería volver a verla. Un día mientras estaba con sus amigos en el bachiller la reconoció, ella estaba acompañada de su mejor amiga Itzel. Su primer instinto fue gritar:

–¡IARA! –su voz resonó más fuerte de lo que esperaba, ella giró al escuchar su nombre quedando a pocos centímetros de él.

–Eres tú –dijo ella, con un gesto dudoso en el rostro pues no recordaba su nombre.

–Sí.

Se saludaron y luego ella siguió caminando con su amiga dejando la sensación de que ese encuentro no sería el ultimo.

Después de ese breve encuentro, no pasó mucho tiempo antes de que empezaran a coincidir más seguido. Un día, mientras caminaban juntos hacia la salida descubrieron algo sorprendente.

–Voy por aquí –dijo ella señalando la calle de la derecha.

–¿En serio? yo igual –la miró con asombro.

Resulta que habían sido vecinos todo este tiempo, un día se vieron afuera de la casa de él, platicaban de sus gustos musicales, entre otras cosas, pero de repente Christopher se la quedó mirando y habló:

–Te quiero contar algo que nadie sabe.

–¿Qué es?

–Bueno, a mí me encanta la tecnología, y quiero dedícame a esto. Es mi verdadera vocación.

–¡WOW! ¿De verdad? A mí también, pero solo como pasatiempo.

–Eso es tan genial compartir ese gusto, bueno… –hizo una pausa –Mi madre no me apoya y no sé cómo hacerle ver cuánto me importa esto –bajó la cabeza a punto de derramar lágrimas.

Ella estaba preocupada por su amigo, así que ideó un invento novedoso sabiendo que a Christopher le fascinaría. A la mañana siguiente en la escuela, desayunando, lo animó.

–Estuve toda la noche pensando y se me ocurrió una idea.

–¿Para qué? –la miró incrédulo.

–Ay, Poste de luz –lo llamaba así de cariño por lo alto que era –Para el problema con tu madre.

–¿En serio? A ver, dime, enana –Él la llamaba de esta manera por lo pequeña que era –¿Qué se te ocurrió?

–Inventemos unos pupilentes que permitan ver las emociones de las personas a partir de un código de colores.

Al escuchar esto a Christopher se le asomó una gran sonrisa por la comisura de sus labios.

–¿A ver dime? –la miro con los ojos a punto de salirse de sus orbitas.

–Sí, los pupilentes, cuando los use una persona podrá darse cuenta de cómo se sienten las demás personas realmente mediante un código de colores.

–Me fascina la idea, así poder mostrarle a mi madre lo mucho que me apasiona la tecnología.

–Genial hay que comenzar a planificarlo todo.

Esa misma noche, se reunieron en casa de Iara ya que Christopher sabía que si su madre se llegaba a enterar de lo que planeaba lo castigaría, el único enterado era su padre. Ya en casa de Iara, él le dijo con expresión cálida:

–Traigo ideas novedosas –dijo con felicidad.

–Sabía que me saldrías con algo novedoso.

–Mira el nombre del proyecto, qué tal si lo llamamos “Emotilens”.

–Eso suena increíble, ¡Me encanta, Poste de luz!

Caía la noche entre papeles, herramientas, cables desordenados y su canción favorita “Antes y después de ti” de T3r elemento, brillaba la luz tenue de la habitación.

–Oye enana ¿y tu madre no sospecha? –lo dijo con una pizca de duda.

–No, jiji, solo le comenté que estaríamos realizando una tarea de ciencia.

–JAJAJA esto más que una tarea me suena como si estuviéramos a punto de hackear a la NASA.

Iara puso sobre la mesa un papel, en él se observaba un ojo con un círculo de color vibrante en tono amarillo y hechas garabato con plumón negro se leía “EMOTILENS”.

–¿Te parece si este es el logo de nuestro proyecto?

–Es perfecto, ilustra, tiene un toque muy tú…

Sobre su mesa de trabajo contaban con sensores viejos de un termómetro digital, un diminuto micrófono que habían sacado de unos audífonos rotos y una lupa vieja.

–Bien, entonces el sensor térmico ira en el borde del lente –murmuró Iara concentrada –Y con este medimos la temperatura fácil de la otra persona.

–Y yo programé este chip con un modelo de detección demasiado sencillo. Si llega a funcionar, esto debería detectar un color sobre el cuerpo que detecta y como decías la temperatura.

–¿Entonces la persona que tenga el pupilente podrá ver de color todo el cuerpo de la persona a la que observa?

–Así es, y el código de colores será: rojo para el enojo, el azul para la tristeza, amarillo alegría, verde calmo, morado confusión, gris bloqueo emocional y naranja motivación.

–Es perfecto, Poste de luz.

Después de una larga noche, en la mesa ya hacían los primeros “Emotilens” eran dos lentillas con un suave brillo azul cielo.

–¿Estás lista? –Pregunto Christopher, sosteniéndolos entre sus manos. Iara asintió.

–Pónmelos tú, como el gran científico que eres.

Christopher soltó una carcajada, colocándole los lentes, y en cuanto los colocó sobre sus ojos tuvieron un destello.

–¿Logras visualizar algo?

–¡Sí! Una pantallita transparente ¡qué loco! –Christopher se puso delante de ella.

–Bien, mírame, yo pensaré en algo que me ponga feliz.

Ella lo miró en silencio, de repente un contorno amarillo comenzó a formarse por su cuerpo.

–¡AMARILLO! –Exclamó ella –¡Te juro que veo amarillo!

–Me toca a mí –Christopher se colocó los pupilentes y Iara se quedó en su mismo sitio.

–Veo un tono azul, ¿en qué pensaste?

–En la muerte de mi perrito.

–Ay enana, bueno ¡sí funciona!

Christopher decidió que ya era tiempo de enfrentar a su madre, de decirle todo y de mostrarle a través de ese gran invento que esto no era una pérdida de tiempo. Así que Iara y él salieron de la casa y comenzaron a caminar. Al llegar a su casa tocaron el timbre, su madre les abrió la puerta y los miró con cara de asombro:

–¿Dónde estuviste hijo? Tu padre me dijo que estabas trabajando en una exposición de la escuela.

–Algo así, madre…

–No estuviste…

Iara se interpuso en la conversación.

–Sí, señora, sí estuvo diseñando y creando –Christopher la miró perplejo, pues nadie había tenido el valor de hablarle así a su madre.

–¿Tú eres? –Dijo levantando una ceja con incredulidad.

–Iara. Mucho gusto –Le extendió la mano.

–Ah ya veo, otra matadita por la ciencia.

–¿Disculpe…?

–¡MADRE! Discúlpate –Intervino Christopher con una voz seria.

Su madre le apretó la mano a Iara que seguía extendida y la invitó a pasar, con cara seria pues para nada le había gustado esta chica, aunque ni si quiera la conocía. Su padre, sentado en el sillón, levantó la mano a manera de saludo al ver entrar a la chica.

Al ver este gesto, ella hizo lo mismo, mientras junto a Christopher y su madre caminaban hacia la sala. Christopher saludó a su padre con un abrazo mientras le decía:

–Mira, papá ella es Iara, mi mejor amiga.

–Hola, señorita, qué gusto –Dijo el parándose del sillón.

–El gusto es mío –Decía ella mientras le estrechaba la mano.

La madre intervino diciendo:

–Y bien, ¿quieren comer? La comida está lista.

–Sí, muchas gracias, pero antes –La chica hizo una pausa dirigiendo la mirada hacia Christopher –Chris y yo queremos mostrarle algo…

Christopher asintió y salió de la casa, al regresar traía consigo un pequeño estuche. Al verlo su madre sorprendida comento.

–¿Qué es eso? –Dijo señalando la pequeña caja.

–Madre, esto es mi invento, nuestro invento, mejor dicho –Se le asomó una leve sonrisa en el rostro.

–¿Ah sí? ¿Y de que se trata? según tú.

Iara tomo la palabra y respondió:

–Son unos pupilentes que hacen ver las emociones de otras personas.

Su padre al oír esto camino hacía ellos y comento:

–Y díganme, chicos, ¿cómo funcionan?

–¡QUÉ! ¿En serio crees que su invento de primaria sirva? –Le miro su esposa con desagrado.

–Mira mujer, qué desfachatez la tuya al decir esas cosas delante de unos niños.

–Bien, síguele alimentando a tu hijo su locura –Dio como respuesta a su marido.

En ese momento, la madre de Christopher se disponía a irse pero entonces su hijo la detuvo levantándole la voz:

–Este invento, o locura como tú lo llamas, es por ti y para ti madre.

–¿Qué acabas de decir –Decía ella mientras se giraba hacía ellos –¿A qué te refieres?

–Dame el honor de ser tú la primera en probar mi invento –Sonrió mientras se acercaba y le daba la caja.

Su madre convencida de que el invento de su propio hijo no serviría decidió ponerse aquellos pequeños lentes de contacto para demostrarle a Christopher que él y su amiga eran los equivocados.

–Ay niños, les dije que su tontería no servía –la madre estuvo a punto de levantar la vista.

–No señora, no levanté la vista todavía –Le comento Iara.

–Pero si de todas maneras no se ve nada, niña.

Iara le cubrió con un pañuelo los ojos e hizo un gesto con la mano a Christopher indicándole que la llevasen a un espejo cercano, Christopher la obedeció y juntos la guiaron a un espejo rodeado de grandes cristales, Iara le quitó el pañuelo de la cara y le hablo:

–Bien, señora, piense en algo que la ponga… emm… quizá triste.

–Lo voy a… intentar –Lo decía viendo el espejo fijamente.

En ese momento la señora comenzó a recordar la vez en que ella perdió a sus padres en un accidente automovilístico mientras viajaban hacia la CDMX a visitar a sus tíos, pasaron una curva muy pronunciada, el carro de su padre y un tráiler al mismo tiempo intentaban pasar pero el conductor del tráiler perdió el control por estar en estado de ebriedad y salieron de la carretera chocando con un poste.

Al terminar aquel recuerdo alrededor de su cuerpo comenzó a aparecer una luz de color azul, Iara y Christopher al ver esto se miraron el uno al otro sorprendidos, Christopher se acercó a su madre tocándole el hombro hablo:

–Mamá, ¿todo bien?

–¿Christopher? ¿Por qué ese tono azul se formó en mi cuerpo?

–¿En qué pensaste?

–Ay, hijo, en cuando mis padres murieron.

Christopher le explicó que ese sentimiento refleja un color azul, un recuerdo de tristeza. Su madre se quedó perpleja, comenzó a llorar y entre sollozos habló:

–¿Chris? –Dijo en tono de disculpa.

–Sí, ¿ma?

–Lo… lo lamento, cariño.

–¿Cómo?

–Lo lamento, siempre demerité ese talento tuyo y hoy me doy cuenta, cuánta razón tenían tú y tu padre.

–No tengo nada que perdonarte mamá –la abrazó.

Un año después

El auditorio de la Universidad Nacional estaba repleto, las luces iluminaban el escenario y en el centro con una bata blanca y sonrisa nerviosa, estaba Christopher y a su lado Iara sostenía una réplica de los “Emotilens”. Con ellos, el logo oficial que una vez dibujaron con plumón negro.

–Y ahora –Anunció el presentador –Con ustedes los ganadores del premio jóvenes de la innovación: Christopher Mendoza y Iara Sarmiento.

La ovación fue ensordecedora, pero entre cámaras y aplausos la madre de Christopher se levantó de su asiento aplaudiéndole con fuerza, felicidad y orgullo.

Christopher bajó del escenario, corrió a abrazarla.

–Gracias, mamá. Por creer en mí… aunque haya tardado.

Ella le respondió al oído:

–Tu luz, hijo… siempre fue más grande de lo que yo podía ver.

Y en la pantalla del auditorio, como parte de la demostración final, los Emotilens proyectaron un contorno naranja y amarillo sobre la figura de su madre: motivación y alegría.


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