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Puebla, México, 29 de noviembre de 2025 (Neotraba)

Había una vez un hombre llamado Juan Antonio, era un hombre muy bueno que trabajaba en un acuario en donde cuidaba muchos animales, incluso animales un poco peligrosos como tiburones, mantarrayas y anguilas eléctricas.

Sus días eran un poco rutinarios se levantaba muy temprano, iba a trabajar y pasaba horas cuidando a los mismos animales, esta rutina a él no le molestaba porque le gustaba sentir que tenía una familia; por las mañanas llevaba gigantes cubetas con pequeños animales estos eran para alimentar a los otros animales. A Juan Antonio le encantaban todos los animales pero sus favoritos eran las anguilas eléctricas ya que se le hacen unos animales muy elegantes, cuidadosos y sobre todo peligrosos.

–En donde están mis chicas eléctricas, son tan poderosas pero a su vez hermosas –dijo Juan Antonio.

Esto era algo totalmente cierto ya que eran animales con los que se debía de tener mucho cuidado, por esto mismo siempre había avisos de los cuidados necesarios que tenías que observar para cuidar la integridad.

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Pasaron varios días en los que Juan Antonio hacía lo mismo hasta que llegó un jueves, ese día era un día hermoso en el que los rayos eran cálidos y el clima era templado. Juan Antonio decidió romper la rutina y regar las plantas, que estaban a lado de cada una de las peceras que había en el acuario hasta que llegó el momento de regar las plantas de las anguilas.

–Plantitas hermosas, verdes y suaves, tomen agüita para crecer sanitas –Juan Antonio cantaba.

Justo cuando estaba por terminar, tropezó y ¡ZAZ!, el suelo sonó.

Sus brazos giraron como helicóptero, Juan Antonio hizo todo lo posible para no caer, intentó tomar fuerza con algo pero estos esfuerzos fueron en vano, todo estaba resbaloso y era imposible.

Así que lo inevitable pasó.

Juan Antonio gritaba mientras caía:

–¡No, por favor no!

–Juan Antonio cayó –dijo su compañera que lo observaba mientras gritaba.

Las anguilas estaban más tranquilas de lo normal, pero, a la hora que el hombre cayó, por instinto empezaron a soltar pequeñas mordidas que iban con un poco de descargas eléctricas.

–Juan Antonio, dame la mano –su compañera gritaba mientras intentaba sacarlo.

–Me siento tostado como un pan –Juan Antonio decía mientras lo llevaban a la orilla para sacarlo.

–Eres tonto o que te pasa en la cabeza, ¿acaso no ves los letreros? –su compañera le decía mientras lloraba.

–Si, pero lo que no vi fue esa manguera –dijo mientras suspiraba y temblaba.

–Cómo es posible que no estés muerto después de todo lo que pasó –dijo su compañera sorprendida.

–Ellas no me quisieron hacer daño, solo estaban asustadas –dijo mientras le daban otra muda de ropa.

Juan Antonio se acercó a las anguilas y les dijo:

–Perdón por haberlas molestado de esta manera, no lo volveré a hacer.

Después del incidente y de muchos regaños y muchas idas al doctor al fin pudieron asegurarse de que Juan Antonio estaba bien, lo que no sabían era que no estaba del todo bien.

En el lapso en el que lo cuidaban, comenzó a sentir una gran conexión hacia las anguilas, sentía lo que ellas y hablaba con ellas.

Ya que por los choques eléctricos se entrelazaron de alguna rara manera. Pasaron unos cuantos días para que lo dejaran volver al trabajo.

Cuando regresó entró a la pecera.

–¿Cómo están amigas? –les preguntó a las anguilas mientras las saludaba.

–Mal, todos nos odian por lo que pasó –una anguila respondió.

–Yo lo sé, no fue su culpa, pero nadie entendería esto –respondió Juan Antonio.

–¿Nadie se ha dado cuenta que lo que te pasó te ayudó a cambiar la forma en la que nos ves? –otra anguila respondió.

–No, nadie me presta la suficiente atención para darse cuenta de lo que realmente pasó –Juan Antonio respondió de una manera triste.

–No te preocupes, desde ahora nosotros seremos tu familia –respondieron todas las anguilas.

A lo lejos sus amigos lo vieron hablando solo mientras estaba sentado.

–¿Qué le habrá pasado?

–¿Por qué es tan raro? –sus amigos se preguntaban.

Todos sus amigos se dieron cuenta que algo de Juan Antonio había cambiado así que lo llevaron a una cita médica.

El doctor le preguntó si sentía que algo había cambiado en él o en su mente.

Juan Antonio respondió:

–Sí, algo mejoró.

Los doctores pensaron que lo mejor era internarlo hasta que estuviera bien y poder entender su mente y lo que le pasaba.

Después de unos cuantos meses pudieron ayudarlo a mejorar y se dio cuenta que solo fue su imaginación.

Y así termina esta historia.


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