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Ciudad de México, 6 de noviembre de 2025 (Neotraba)

Pasaban frente a mis ojos cajas y cajas de cartón corrugado, cargadas unas por mi papá, otras por la gente de Mudanzas Cornelio y algunas por mi mamá, a quien yo intentaba detener a cada paso, pues tanta actividad frenética estaba por ocasionarme uno de mis usuales ataques de nervios.

–Tengo sed –le grité a mi mamá, y tomé sólo dos tragos del agua que me dio.

–Tengo hambre –me quejé. Mandó a mi hermana mayor que me diera algo de comer. Sonia, la única de mis hermanas que se ocupaba mí, preparó una torta de milanesa que apenas probé.

–¡Es que tengo mucho sueño y no hay dónde acostarse aquí! –lloriqueé, y recibí una bofetada tal que casi me caigo.

–¿Qué no puedes ayudar siquiera callándote? –respondió mi mamá.

Ahora no lloriqueaba: aullaba. Me fui con mi drama a un rincón del jardín, mordiéndome las uñas.

La nueva casa

Así siguieron las cosas durante algunos meses: la prioridad era la nueva casa. A mis hermanas y a mí no nos quedó más remedio que aceptarlo. No obstante, muy pronto nos enamoramos de esa señorial casa blanca estilo colonial californiano ubicada en una esquina, cuyo mayor lujo, desde nuestro punto de vista, eran siete recámaras disponibles para nosotras siete, además de la de mis papás: las cuatro más chicas ya no tendríamos que compartir una sola habitación. Se compraron ocho camas nuevas y se encargaron libreros para todas las recámaras.

Coronaba uno de los extremos de la casa un torreón, la única habitación en el tercer piso, techada con teja a cuatro aguas y rematada por una esfera. Mi mamá eligió para el gran hall de la entrada mobiliario colonial de madera maciza y mandó renovar el pesado candil de hierro forjado. La sala contigua, que se usaría para recibir a las personas importantes, se amuebló al estilo Luis XIV, incluido un piano. A la biblioteca se accedía por un costado del hall a través de un arco muy amplio cuya puerta estaba formada por columnas de madera torneadas que permitían admirar el acervo que albergaba. Mi papá había saturado inmediatamente los ocho por seis metros que medía con los libros que en la casa anterior se desbordaban por pasillos y habitaciones.

Conservamos los muebles del comedor. Junto a la cocina había un amplio cuarto de lavado y planchado. Seguían un patio y el garaje y al final de éste, los cuartos de las dos sirvientas que se harían cargo de la comida, la ropa y el quehacer general de la casa.

En el segundo piso, seguía al remate de la escalera un pasillo que rodeaba y daba vista panorámica al hall. Las puertas de las recámaras se abrían a ese pasillo. En su extremo más lejano estaba la angosta puerta de acceso al torreón.

Mi papá inmediatamente lo apartó para sí. Nos dejó subir en una ocasión para que lo conociéramos y nos prohibió a partir de entonces entrar sin su permiso. En esa primera visita me intrigó un baúl grande rematado por dos carretes que enrollaban cintas magnéticas. Mi papá grabó y reprodujo, con este aparato, un programa de radio. También nos mostró sus cámaras de fuelle, cada una sujeta a su tripié y cubierta por la parte de atrás por un trapo de fieltro negro. En esa pequeña habitación sólo cabía además un secretaire con su lámpara y su silla. La iluminación natural que atravesaba la única ventanita era pobre.

Un servidor público

Mi papá había estudiado leyes en la UNAM. Tenía una posición modesta en la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, aunque había terminado la carrera con mención honorífica, su falta de amistades influyentes lo había condenado a progresar sólo con base en su esfuerzo, y esta progresión era lenta. Antes de mudarnos comentaba que estaba harto de que su lugar de trabajo fuera un escritorio más en una oficina que parecía bodega. También mi mamá manifestaba impaciencia por llevar otro tipo de vida.

A nosotras nunca nos importaron las estrecheces. Nos iba bien en la escuela y en la casa anterior habíamos vivido felices montando nuestro triciclo, El Destartalado, y toreando a nuestro pastor alemán, Chombé, siempre en nuestro pequeño patio.

Pero ahora, por fin, se había logrado un gran ascenso en la escala social para la familia. Nos volvimos la comidilla de parientes y amistades. Cuando manifestaban su extrañeza por nuestra nueva situación, mi mamá los atajaba:

–Con la mención honorífica, sólo era cuestión de tiempo…

Las celebraciones

Unas semanas después de nuestra mudanza mis papás ofrecieron un banquete a modo de inauguración. Mi papá fue el de la iniciativa. Quiso invitar a los amigos de la infancia que aún vivían en el pueblo donde nació y que se cocinaran los platillos que le gustaban de niño. Mi mamá comentó entonces que mejor no invitaría a sus amigas. Trajeron del pueblo muchos insumos inusuales con sus respectivas instrucciones de preparación. Nuevamente presenciaba yo una actividad tan frenética que me alteraba, pero esta vez me controlé mejor. Mi mamá me había enseñado a untarme ajo en las uñas, así que el sabor era tan amargo que me daba asco morderlas.

La cocina era muy moderna, pues constaba de anaqueles y electrodomésticos coordinados: ¡un lujo para la década de 1960! No obstante, conforme avanzaban los preparativos iba adquiriendo un carácter cada vez más extraño. Había en la mesa riñones de res como brazaletes de enormes cuentas rosadas, lóbulos de hígado negruzcos y corazones escarlata de perfil perfectamente reconocible; también tripas que parecían mangueras quemadas por el sol. El puerco estaba representado por algunas patas, cachetes aún unidos a sus quijadas y también ojos. Colgaban, desangrándose, un par de gallinas degolladas todavía sin desplumar. Me di cuenta de que los banquetes eran todo un ritual y no una simple comida, como había pensado yo equivocadamente.

Lo que más llamó mi atención fue una enorme cápsula amarillenta y gelatinosa: un bazo de res. Picarían parte de todas las vísceras muy finamente con cebolla, cilantro, orégano, albahaca, chile morita y otras especias, mezclarían todo y lo cocinarían dentro de ese bazo supurante. Oí que pretendían ofrecernos rebanadas de esto en tacos. ¡De ninguna manera los iba a probar! Las tripas las iban a rellenar de sangre y no sé qué más para convertirlas en moronga. ¡Excelente para la anemia!, decía mi padre, excitado.

Mi mamá maldecía su suerte, pues aunque sus cuñadas la habían hecho probar algo de esto años atrás, no se había dado cuenta del entusiasmo de mi papá por este tipo de cocina. Él se reía, comentando que iba a retar a los invitados a comparar estos platillos con los originales del pueblo.

Poco antes de la hora de inicio del banquete repasó la sazón de todo. Terminó muy satisfecho, aunque indicó que ni mi mamá ni nosotras debíamos comer moronga, pues los cubitos de grasa que se distinguían entre lo obscuro del relleno eran muy difíciles de digerir para quien no estuviera acostumbrado. En estos momentos era tal la peste que se me descompuso el estómago: corrí a vaciarlo, y sospecho que no fui la única. Acabé afuera, en el jardín, sin poder morder mis uñas para calmar mis nervios por su amarguísimo sabor.

Cuando se sirvió el banquete ya había cedido la intensidad del olor. Nuestras amistades estaban fascinadas con el relato de cómo se habían conseguido los ingredientes y las recetas. Vi a mi papá con una chispa feliz en los ojos mientras circulaba con la charola de tortillas calientes y la moronga. Portaba un delantal de mesero con bolsas de donde sacaba lo que llamó sazonadores especiales, que variaban según la persona a quien los ofrecía. Sus amigos estaban apantallados. Yo sentía un calorcito muy agradable dentro de mí al verlo tan contento. Pasado un rato, caí en la cuenta de que los invitados comían poco y ahogaban ese poco en mucho alcohol, probablemente para matar los fuertes sabores. Creo que una difícil digestión les hizo empezar a despedirse muy pronto. Mi padre insistía en que todavía no era hora de partir, como que esperaba algo más de ellos. Cuando dieron las once, finalmente los dejó ir y a nosotras nos mandaron a dormir.

Desperté sobresaltada, no sé a qué hora, con el sonido del timbre del teléfono que se había instalado en el hall pero se oía por toda la casa. Me levanté y alcancé a ver a Sonia bajando de prisa las escaleras. Tras contestar, gritó:

–¡Mamá, papá, llaman del hotel para avisar que el compadre Vivanco falleció! La comadre le había encargado a la recepcionista que nos pidiera ayuda.

–¡Ahí voy, que no cuelgue! –le respondió también a gritos mi papá, murmurando al pasar junto a mí –tardó demasiado…

Nos dejaron en casa al cuidado de Sonia y las sirvientas, quienes nos regresaron a la cama. A nuestra inquietud de la mañana siguiente mis papás respondieron que todo estaba bien y que era de mala educación ser tan preguntonas. Quizá para calmarnos, él se mostraba tranquilo; incluso, declaró que el año siguiente, en esa misma fecha, celebraríamos de nueva cuenta con otro gran banquete.

El segundo banquete

Supusimos que mi papá habría aprendido la lección y optamos por no hacer ninguna referencia posterior a los tristes sucesos. El tiempo siguió su curso hasta que el calendario se aproximó a la fecha fatídica. Mi papá empezó a hablar de los preparativos y nadie le hacía caso. Hubiéramos querido que se olvidara del asunto, pero no. Esta vez trajo a un cocinero malencarado que llegó con algunos ingredientes propios en una bolsa de plástico negra, que conservaba amarrada a su cintura.

Por supuesto, con esta invasión nuestra cocinera estaba malhumorada y mi mamá también. Apenas había espacio para los tres en la cocina. El menú era ahora de mar y río. Habían traído temprano los acociles y las acamayas: una maraña color amarillo sucio en chorreantes redes que se volvería roja hacia el final de su cocimiento. Los camarones gigantes eran, en cambio, de color gris. La cocinera preparaba un caldo que olía a laurel, pimientos y tomillo y hubo un chirrido metálico cuando el exoesqueleto de los crustáceos, aún vivos, entró en contacto con ese caldo hirviendo. A los caracoles que habían purgado durante dos días les llegó también su hora. Cuando me asomé, el cocinero pelaba unas patas de pollo en miniatura: ancas de rana. Fue él también quien preparó los tamales de renacuajo, un platillo que calificó de muy delicado. Sonia pudo salvar algunos ajolotes de que los convirtieran en una pócima multivitamínica. Los peces con su bocaza abierta parecía que aún podían vernos con sus rencorosos y redondos ojos. El postre era una tarta de mango con cangrejo de buen ver, pero el cocinero nos advirtió que era sólo para los invitados y que nos castigarían si la probáramos. El olor combinado de los guisos era peor este año.

Mi mamá nos sirvió comida de todos los días temprano, lo cual agradecimos. La mitad de los invitados del año pasado no llegaron; arguyendo distintos pretextos se habían disculpado, pero hubo nuevas parejas. A la hora del banquete, el cocinero se las había arreglado para deshacerse del olor pestífero y para que los platillos lucieran apetitosos en la mesa. Desde lejos, la tarta me hacía ojitos, así que me robé un pedazo después de que la recogieron de la mesa y me escondí en el jardín para comerla. No estaba tan sabrosa, de modo que la tiré atrás de unos arbustos después de un par de mordidas.

Al poco tiempo de retirarse de la mesa los invitados empezaron a desfilar por los baños de la casa y a quejarse de náuseas y retortijones. Agradecieron el generoso banquete y se marcharon rápido, preguntándose si alcanzarían a llegar a su casa antes de la siguiente crisis de vómito y diarrea. Mi papá estaba enojado y calló a mi mamá cuando ella empezó a echarle la culpa al cocinero, a quien descubrió manoseando la tarta de cangrejo al momento de llevarla al comedor.

Nos llevaron a dormir en medio de este ambiente tenso. Más tarde, me despertó un agudo dolor de estómago. Si llamaba a mi mamá me iba a pegar por despertarla, así que salí a buscar alguna medicina en el botiquín del baño, lámpara en mano y tratando de no hacer ruido. Antes de llegar al baño percibí voces que hablaban quedo. Seguí hasta el fondo del pasillo; la puerta de la angosta escalera del torreón estaba destrabada, por lo que quizá mi papá se encontrara allí; decidí pedirle ayuda. Parecía hablar con alguien, por lo que subí lentamente. Esperaría una pausa en la conversación para no interrumpir. Se oía una voz desconocida de articular lento y cavernoso:

–Este banquete fue tu última oportunidad. Yo cumplí mi parte a cabalidad, te di los medios para la vida que siempre soñaste para su familia, sin ningún reparo. Cumplí manteniéndome oculto, nadie sospecha que existo, que soy parte integral de la casa. Tú, en cambio, no me has entregado el acompañante por el que tanto desespero.

Mi padre respondió:

–No tengo la culpa. Creo que tu cocinero no siguió tus instrucciones a cabalidad, o tus polvos no tienen la eficacia que supones, ya ves que también tardaron en actuar el año pasado.

–Puede ser, pero ya me vuelve loco esta soledad. Entonces, tendrás que venir tú conmigo.

–¡Por favor! Podemos hacer otro banquete la semana entrante, con otras personas, gente de mi oficina. Cuidaremos que ahora sí no haya ningún error.

–No me sirve la semana entrante. Sabes que tiene que ser el día en que morí. No voy a esperar otro año. ¡Tú me harás compañía!

Yo entendía sólo una parte de todo esto y me debatía entre mis nervios y mi intuición de no interferir. ¿Qué invitado descortés se había metido hasta ahí?, ¿por qué amenazaba a mi papá? Era claro que él necesitaba ayuda. Sin poder contenerme más, subí los dos escalones restantes, dispuesta a salvarlo. Mi papá me miró, inmóvil, aterrorizado, envuelto en un haz de luz intensa de color amarillo que emanaba del muro. No vi a nadie más. Lo abracé:

–¡Papito, papito! ¿Qué pasa?

Mi papá hizo un gran esfuerzo y logró gritar:

–¡No podrás apoderarte de nosotros, pues no comimos del postre preparado por tu cocinero maldito!

¡Recordé los dos bocados de tarta de mango y cangrejo que comí en el jardín! Entendí que mi papá estaba a salvo y pensé que entonces yo debería huir de ahí. Pero no pude salir de esa luz que nos rodeaba; penetró a través de mí, mientras que sólo rodeaba el cuerpo de mi papá. Me atravesaba de lado a lado. Sentí los latidos de mi corazón atropellados, después, calmados, después nada. Nunca más los he vuelto a sentir.

Vi emerger a medias una figura amarillo transparente de la pared. Se quedó viendo a mi papá abrazarme y después, intentar darme respiración artificial. Fue en balde. Me di cuenta que únicamente esa figura amarillenta me vio salir a mí, blanca y refulgente, de mi cuerpo. Me llevó hacia el muro con suavidad y me transportó por dentro de las paredes hasta el cuarto de las sirvientas, apartándome de la conmoción doméstica de esa noche. Supe después que, junto con mi papá, ellas y mis hermanas hacían lo que podían para reanimar a mi mamá, que se había desmayado.

Él me dijo que yo iba a estar bien, que no tuviera miedo. No sentía miedo. No sentía nada.

Epílogo

Esta vida es muy apacible. No hay rastro de la ansiedad que me aquejaba: ya no lloro ni me muerdo las uñas. Cuando mi madre se acerca, enojada, la veo pasar sin el terror que me asaltaba antes. Claro, es que ahora nunca viene por mí, no sería posible. Así puedo quererla, aunque no interactuemos. Sonia está bien. Le costó acostumbrarse a mi ausencia, pero encontró un novio que la ayuda a disfrutar de la vida cotidiana. Mi padre está muy mustio, no dejará de sentirse culpable.

Tuve que acostumbrarme a él. Me tomó tiempo. Su forma es distinta en cada ocasión. Logrará salir de los muros cuando derriben aquél donde dejaron su cuerpo los primos que lo emparedaron sin lograr que les entregara el oro que la abuela le había confiado cuando huyó de los revolucionarios. Ese oro, del que apenas un poquito bastó para la compra de nuestra casa, nuestros muebles y cuyo remanente todavía mantiene el nuevo ritmo de vida de la familia.

No es malo. Me cuenta sobre su vida, me regala flores del jardín, me instruye para que aprenda a distinguir los cantos de los pájaros. No los extraño, pues sigo viviendo entre ellos, y creo que a veces lo intuyen. Yo sí puedo despegarme de los muros, pero una energía desconocida no me permite salir de la casa. Leo en la biblioteca en las mañanas, voy a la salita a escuchar cuando mis hermanas tocan el piano, vuelvo con nostalgia a mi recámara, que conservan igual; me siento en el hall cuando no hay nadie y prendo el gran candil… Nunca voy a la cocina. Mucho menos al torreón.


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