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Morelia, Michoacán, 30 de octubre de 2025 (Neotraba)

Nocturno*
Qué me aleja de la hoguera de tus tardes
cuando tu olor tiembla.
Por qué en las noches el viento de mis manos
que a la distancia se esparce por tu memoria,
no penetra tu cuerpo.

Cuándo se juntarán tus labios,
mi lengua, mi sosiego y nuestros lazos partidos.
Cuánto tiempo para tener tus brazos de nadador diestro
cruzando el puerto en el que me quiero enclaustrar.
Cuál es el camino entre tu sol y mi sombra
que no se achica o alarga para impregnarnos.

Por qué los gritos donde no existe más que fruición de ti
no llegan a ningún lado, no llegan a donde tú estás.
Cuál de tus caudales será para mi sed.
Cuántas pieles o tal vez pañuelos nos secaran el sudor.
Cuántos ojos para el llanto de no vernos.

Dónde sentarme a leer las páginas de tu sonrisa
sin que me duelan los huesos.
En qué juramento está la desdicha de nuestra suerte
y por qué la blusa llena de noches solitarias
y el día desabrochándome del mundo.
Aunque huya
En las madrugadas despierto
y puedo verlo detrás de las cortinas,
acechándome debajo de la cama,
dentro del armario.

Le planto cara,
palpitación de mi pecho.

Con el rabillo del ojo, sigilosa
lo veo cincelar en las paredes su rostro
y sus brazos de sauce llorón por la gracia del viento
entran por el balcón.

Con un sólo pensamiento he regresado del sueño:
las tinieblas de sus besos penetrando mi cuerpo.

Intento volver a dormir, debo hacerlo sentada,
habría que huir con facilidad
pero se cierran todos los caminos,
creo que soy un colibrí

y él es el aire que azota mis alas
y las devuelve a la noche.

¿De qué me sirven las alas?
Son el tibio bamboleo
de un mar sin olas,
tormenta sin viento que se posa
sobre su acantilado recuerdo.
Hoy quiero sentirme triste
Hoy quiero sentirme triste, piensa al amanecer,
se ve a sí misma sepultando las metáforas
que anuncian con esmero los últimos naufragios.

Nada parece nuevo, son las sombras de otras sombras.
Otros arrojos la han sobrecogido hasta el llanto.
¿Cómo no hacerlo, si ha sido bestia, granizo, mujer,


insolencia que atenta contra sí,
contra los retazos de su rostro doblado,

contra el desierto de su impaciencia
que no ha podido desandar?


Suficiente razón para castigarse,
para invocar la tristeza –sentencia–
para estremecerse mientras ve que llueve,
y en la fría orilla del bosque
el viento mueve la temblorosa rama del olivo
que hiela su sangre.

¿Y qué más ha de sentir,
qué más ha de desear?

Dormida o despierta,
se ha entregado al vaivén de la tristeza,
a la melancolía que lleva ahí adentro,
que la acaricia, la consuela y pacta con ella,
siendo la tarde azulada su profundo testigo.
Recetario
No estaba segura del resultado final,
intuí un triunfo concluyente,
una ráfaga de luz
para tantos años de frustraciones,
de condescendencias toleradas.

Seguí instrucciones del recetario
escrito a lo largo de la vida,
repasé sus apretados renglones
con una desazón
puesta en el centro del estómago.

Con ingredientes a mano,
me dispuse a convertir en filamento
un material tan volátil
e insurrecto
como mi granuloso camino,
para fundirlo en el fuego
de todos los días.
Gritos
Con frecuencia me asalta la torpeza 
y grito versos sin sentido,
quiero creer que no pasa nada cuando murmuro
que el oleaje de mi pecho
es la tempestad que se estrella
en su roca marítima:
irrumpen millones de burbujas que nos abrazan,
plantones y larvas nos acogen
en las más profundas cavidades.

Cómo olvidar que nos debatíamos
entre el hechizo de algodonados cielos
y el asfalto indescifrable que recorro y doblo
en su arquitectura humo, polvo y ruidos.

Él era el bosque que se encrespaba bajo mi piel
dejándome impregnada
de sus hectáreas de roble fino,
de su boca sol,
sus labios planta,
sus labios tierra,
sus labios frontera.

Puedo gritar esta noche
que ya no somos los mismos
que todo parece poco,
ahora me quiere y lo quiero,
su estancia citadina me hospeda,
me anida,

duermo

y sueño

con la quietud de su regazo calle,
templo,
rugido

y nos arrullamos con el insaciable apetito de abrigo.
Silencio
Cuando llego a casa y apago la luz 
mi desnudez florece bajo las sábanas,
lluvia de meteoros
convertidos en recuerdos,
cuentos y fábulas les dan vida a las auroras
y entre todo ese ritual

estas ahí
sin moverte,
sin hablar,
simplemente

llenando mi corazón con tu silencio.

Otros días llego a casa,
los segundos se unen a mi avidez
y me lleno de ti escanciando tu sonrisa.

A veces consigo dormir
y al abrir los ojos el tiempo se detiene
porque sigues ahí,

contemplándome,
humedeciéndome,
dibujándome en braile

y aunque todo esto me pasa

te sigo extrañando...
Descubriéndote
Cuéntame tus lunares,
cuéntame tus secretos,
cuéntame tu desnudez,
tu transparencia
cuando te enfrentas
a tu piel en la penumbra.

Cuéntame el sentir de tus manos
rozando la cubierta de tus pensamientos
cuéntame qué pasa en tus espacios,
en tus desayunos,
con la inmutable pared
llena de inefables frases.

Cuéntame una de estas noches tu camino
y el valor con que lo enfrentas,
pero sobre todo,
cuéntame lo que amas.

* Los poemas aquí presentados son de Incierto Sentir (2025)


Karina Lizeth Chávez Rojas. Escritora y crítica literaria; investigadora del Claustro Mexicano de Ciencias Sociales. Es doctora en Arte y Cultura por la UMSNH, en donde recibió la Medalla al Mérito Universitario “Dr. Ignacio Chávez Sánchez”. Ganadora del Encuentro de poetas y narradores “José Rubén Romero 2024”. Ha publicado cuentos y poemas en diversas antologías y en el suplemento “Vuelta de hoja” del periódico La Jornada y en la revista Anacronías, entre otros, además de participar como jurado en certámenes de poesía, festivales de cine. Libros: Incierto Sentir; Resiliente.


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