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Guerrero, México, 29 de octubre de 2025 (Neotraba)

¿Qué encontrará quien se acerque a leer la nueva edición de Diez mil venados (Lengua de brasa, 2025)? Lo primero, primerísimo es que le falta el mar. Porque este libro, antes se llamó Diez mil venados o primero el mar. Eso por allá del 2011, cuando ganó el Premio Internacional de Poesía “Gilberto Owen Estrada”. Y la parte del mar era lo que yo más recordaba. A esta nueva versión la acompaña una edición más justa, es verdad, un diálogo abierto con la gráfica y el movimiento. La serie de poemas se acompaña con una serie de grabados originales que se vuelven cinemáticos en la versión impresa. Lengua de brasa se planta en el sector editorial con una muestra distintiva.

Como al poemario le falta el mar, yo tuve oportunidad para prestarle atención a otros aspectos que, ahora me doy cuenta, son característicos en la poética de Emiliano. Destaco los giros lingüísticos que parten de la oralidad, la música que imprime quien presta mucho oído a los sonidos del mundo, las ganas de jugar con la palabra y hacer malabares. Ese toque narrativo de quien te cuenta en versos la vida y la muerte.

En este libro hay venados, hay cerdos y mosquitos. Otros seres también habitan el poemario, pero estos últimos ocupan el primer plano. Se les acerca en ojos el poeta para examinarlos y en su poesía, decirnos de ellos, sus cosas. En este libro los animales corren y se van al monte, luego de un rato, regresan. En este libro hay hambre y la muerte sacia.

Diez mil venados es un poemario que monta una escena compuesta de instantes, de migas de un ambiente que puede ser enigmático por desconocido. A mí me remite a la contemplación de lo sagrado, de los antiguos rituales en los que pactó la vida a cambio de la muerte. Un festín de bulla y alimento que alcanza para todo. Como en este poema:

Hoy trajeron pan de lluvia
y el maíz en los dientes
les amaíza el rostro

Huele a comida
a carne de venado salada al sol
a hongo de elote
y a agua de pozo

El humo vuela de la casa
las voces
son una maraña de murmullos

Mosquitos zumba y escucha
zumba y chupa sangre
y chupa fruta
y chupa sangre
escucha.

De libro, llama la atención el constante ejercicio de transmutación que es la estrategia para que el poema corra, cual animal perseguido. Se trata de un mismo ejercicio que recorre todo el libro como un venado, o diez mil, recorre los cerros del lenguaje. Pero algo me llama la atención, decía, quizá por la manía antropomorfa de buscarle lo humano a todo. Sin duda la exploración lírica de la mutación es uno de los tópicos en la obra de Aréstegui. Ese tema fascinante de los tonos, o nahuales. Donde los humanos enlazan su vida a la de los animales que los cuidan.

El venado en sí, dentro del imaginario, es un animal que, por familiar, debido a su carne, o por su halo misterioso convoca a la magia, a la imaginación. En los poemas de Emiliano incluso se alcanza a percibir la duda, el enigma, ¿es un nahual, es un tono? ¿Es la bestia que protege o la que amenaza? ¿Es la presa, es el cazador? Es un ser que quiere andar por el monte, al que lo demandan los árboles y la vida silvestre y vive el sueño de muchos, pero como a muchos no lo dejan estar en paz. Aquí otra prueba:

Y se va en silencio en la noche
con arco y cuchillo
y no sonríen
ni el gesto
ni el movimiento

Y regresa al monte
a cortarse la piel contra las hierbas
a darle sangre a Mosquitos

Se saca el dolor del cuerpo
para sentir la montaña.

Me alegra esta reedición porque nos regala la oportunidad de volver a Diez mil venados. Después de repasarlo más de una vez dejé de extrañar al mar. Entendí que su lugar es singular, que se le debe dejar andar para que corra a través de los ojos de sus lectores. Este libro es de montaña, de monte, para andar por veredas, ocultándose en las rocas, en los humedales, es embrujo, un encanto que se degusta como las narraciones orales que caracterizan a su autor. Es poesía que nos saca de las sillas y nos dice que vayamos a la alborada, porque el mundo está hecho para andarse. Así que anden a leerlo.


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