Cercanía, Rigoletto en Bellas Artes
El pasado mayo se presentó nuevamente Rigoletto en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Judith Castañeda Suarí escribe sobre las voces que resonaron durante la función

El pasado mayo se presentó nuevamente Rigoletto en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Judith Castañeda Suarí escribe sobre las voces que resonaron durante la función

Judith Castañeda Suarí
Puebla, México, 13 de agosto de 2025 (Neotraba)
Ópera. Dentro cada una de estas letras caben sitios lejanos en el tiempo y en la geografía: allí mujeres santas ocultan su rostro con un velo; un grupo de gitanos resguarda su contrabando; Sansón, fuera de las páginas del Antiguo Testamento, vuelve a quedarse ciego después de la traición de Dalila; un bufón sugestionado con una maldición trata de proteger por todos los medios a su hija. No pertenecemos a ninguno de estos rincones; ninguno de estos personajes se parece a nuestros amigos o al maestro de la infancia, tampoco a nuestros familiares. En fin, esta forma teatral nos es ajena; permanece al otro lado de la frontera que forman las descargas digitales, las plataformas de streaming o el pago para obtener YouTube libre de anuncios. Sin embargo, un día una nota comienza a deshilvanarse, confundiéndose con la atmósfera a nuestro alrededor. Y surgen frases como “he oído eso”, “¿dónde lo escuché?”, “era del comercial de perfumes”, “de la salida de la secundaria, no, del circo, de Bugs Bunny”.
Un vínculo más profundo se da cuando dichas notas nos acercan a personas que ya no están con nosotros. “Mi abuelo se sentaba a oír ese disco por las tardes”. “Mamá me llevó a ver esa ópera cuando todavía no se enfermaba”. “Esa fue mi primera ópera”.
Sus intérpretes pueden tener también una ópera ligada a su biografía, como es el caso de Alfredo Daza, a quien vi tanto en el más reciente Rigoletto de la Ópera de Bellas Artes, como en alguna de las entrevistas que concedió en torno a las cinco funciones que se llevaron a cabo en dicho escenario el pasado mes de mayo. Rigoletto, comentó, está unida al recuerdo de sus padres, ya que fue la ópera que vio por primera vez, en su compañía y en el mismo sitio. Se conmovió durante su actuación, dijo para el portal Sobre Escenarios al término de la última de las funciones. Tenía un nudo en la garganta.
Creo que es imposible no conmoverse, tratándose de una de las obras más representativas de Giuseppe Verdi y de uno de los papeles para barítono más importantes del repertorio. Vigente y aclamada por el público a lo largo de casi doscientos años, los directores de escena la han modificado en su geografía y en su tiempo –la Mantua del siglo XVI–, sin que tal ejercicio cambie el núcleo de su trama, y la han ubicado en Las Vegas de los años sesenta, por ejemplo, o dentro de la atmósfera de la película surcoreana Parásitos, como ocurrió en la Scala de Milán, en 2022, cuando el director Mario Martone recibió fuertes abucheos del público a causa de su atrevimiento, el cual incluyó un desenlace distinto al del libreto, más acorde al filme de 2019.
En México fue distinto. Los asistentes a un Rigoletto lleno de bailarinas a gogó, uniformes escolares, enrejados y lavaderos nocturnos, ofrecieron aplausos a un elenco encabezado por Alfredo Daza, Arturo Chacón-Cruz, Leticia de Altamirano, José Antonio García y Guadalupe Paz, en los papeles de Rigoletto, el Duque, Gilda, Sparafucile y Maddalena, respectivamente.
Los intérpretes supieron transmitir lo que deseaba el maestro de Busseto: una relación padre-hija y los conflictos que la rodean, característica presente en la mayoría de los trabajos del compositor. Además, la producción a cargo de Enrique Singer llevó con éxito hasta el escenario la combinación de podredumbre y lujo que Verdi imprimió también a su obra, y en esa atmósfera director, músicos e intérpretes entregaron a los asistentes, así como a quienes vimos la función inaugural a través de las redes sociales el 8 de mayo, un retrato de los engaños de los que muchas veces son víctimas las mujeres, así como la tragedia que puede originarse en el corazón del amor romántico, en el enamoramiento que aqueja, como si de una enfermedad se tratase, a una muchacha ingenua.
Rigoletto, es la historia de una maldición o, mejor dicho, de un hombre sugestionado porque un noble, el conde Monterone, lo maldice luego de una cruel burla hacia el honor mancillado de su hija. Esta ópera es la primera de las que integran la llamada trilogía popular de Verdi, se estrenó en marzo de 1851, en Venecia, y como en La traviata y El trovador, cuyas historias giran en torno a una cortesana y a una gitana y a su hijo, su protagonista es un ser marginado: un bufón.
Rigoletto es el viejo bufón de la corte, pero esta vez, Alfredo Daza lo encarnó de forma convincente como un hombre de mediana edad, a quien imagino padre desde muy joven, con alcohol en el aliento a fin de sobrellevar la preocupación por su hija y el odio, el desprecio por la gente a quien debe servir. A quienes divierte.
Alfredo entregó una actuación sobresaliente. Destacó su Cortigiani, vil razza dannata, al inicio del segundo acto, cuando va de la ira y la exigencia al ruego. “Devuélvanle la hija al pobre viejo”, suplica el barítono apoyando el rostro en su bastón, detrás de unos ojos incrédulos, a un coro que calla. Que se ha desquitado de las burlas de ese bufón, el protegido del Duque, secuestrando a quien creen es su amante.
Frente al enojo de Rigoletto, el Duque de Arturo Chacón-Cruz se muestra simpático pese a su cinismo. Ya lo comentó el tenor en varias entrevistas, él busca que a la gente le caigan bien personajes como el Duque o como Pinkerton, de la ópera Madama Butterfly, y ese encanto, creo, puede hacer que muchos de los espectadores pasen por alto los aspectos negativos de dichos personajes: en el caso de Rigoletto, el actuar del Duque de Mantua no es el de un simple enamorado de muchas, sino el de un abusador, un gobernante sin miedo a las consecuencias de sus actos, pues nunca la hay.
Vocalmente, Arturo es un gran Duque, y lo demostró, sobre todo, con La donna e mobile, popular incluso entre quienes no son aficionados a la ópera. Se trata de un aria que externa el machismo y la misoginia del personaje, concebido a causa de la censura que enfrentaron Giuseppe Verdi y Francesco Maria Piave, su libretista, por el tema que aborda la obra de teatro El rey se divierte, de Víctor Hugo, en la cual se basa la ópera. “La mujer es movible cual pluma al viento; ¡ay del que en ella fija su pensamiento!”, canta el rey desde la pluma del escritor francés y han cantado los tenores a lo largo de los años, desde Enrico Caruso hasta Luciano Pavarotti; en el caso de Arturo Chacón, Bellas Artes y las redes sociales atestiguaron en su voz, en sus movimientos, el cinismo y la simpatía del personaje, esta vez rodeado de un ambiente festivo y oscuro al mismo tiempo, distinto al luminoso del primer acto, y su interpretación mereció tal reconocimiento por parte del público, que al finalizar concedió el bis solicitado a través de los aplausos, esto es, volvió a cantar La donna e mobile.
Por su parte, Leticia de Altamirano, en el papel de Gilda, fue la joven ingenua que se ilusiona con el primer amor, a espaldas de su padre, y la decidida del acto final que se sacrifica por el Duque, a quien sigue amando. Cabe mencionar que su aria Caro nome arrancó un aplauso adelantado del público, y que es en este momento cuando la escenografía acentúa con más fuerza la diferencia entre los ambientes donde Rigoletto se desenvuelve: Leticia canta con las manos hundidas en un lavadero, pues la ilusión del amor, de conocer al fin el nombre del hasta entonces anónimo enamorado, no encuentra un lapso propio, debiendo combinarse con las tareas domésticas de una estudiante que vive en una colonia popular. Así, las notas de coloratura de la soprano flotaron en un entorno de tendederos llenos de ropa y comedores humildes, de lavaderos, de alambradas nocturnas bajo las que sus secuestradores se mueven con sigilo, acorde a una música en cuyo centro ha aparecido el suspenso, el dejo de una amenaza que ha de cristalizar y Rigoletto relacionará con la maldición de Monterone, perpetua, presente dentro de los primeros acordes, aun antes de que la profiera el conde, interpretado por el barítono Oscar Velázquez.
Destacaron de igual forma las interpretaciones de José Antonio García y Guadalupe Paz, que junto a Leticia de Altamirano y a la orquesta del Teatro de Bellas Artes, bajo la batuta del director Benjamin Pionnier, urdieron con maestría la tormenta previa al desenlace, punto en el que resaltó, sobre todo, el trabajo de iluminación y de escenografía.
Víctor Zapatero y Auda Caraza habían hecho énfasis ya en ciertos momentos de la historia, como el encuentro de Rigoletto y Sparafucile, en el primer acto, cuando el escenario, vacío de no ser por una alambrada con una línea roja, concentra la atención en Alfredo Daza y José Antonio García, en confidencias y preguntas tan oscuras como el entorno donde se pronuncian, en el lamentarse de Rigoletto por su posición en la corte y por no tener derecho al llanto, frases lanzadas con dolor, con una voz grave, poderosa, de la que el barítono hizo gala en Puebla a principios de este año, durante la Semana del Canto, celebrada en febrero por la Academia de Canto de la Facultad de Artes de la BUAP.
Pero fue hacia el final de la función cuando este trabajo se volvió mucho más elocuente, pues a través de flashazos, la violencia se convirtió en incontables golpes de un azul-gris que, junto a la desnudez del escenario, puso todavía más de manifiesto un sacrificio hecho por alguien que no vale la pena: el Duque, ese que miente incluso hasta revelando su nombre, que seduce a una mujer, y cuando logra su objetivo, busca a la próxima sin ningún remordimiento. Así, luego de enterarse quién es en realidad su amado, consciente de su calaña, Gilda entrega su vida a cambio de la de él; así, también, la maldición del inicio por fin alcanza a Rigoletto, quien después de insultar a Monterone, sufrirá lo mismo, aunque con resultas peores.
Detrás de esta tragedia tenemos, además, una injusticia sin tiempo: la maldición de Monterone, su odio de padre ultrajado tuvo como destinatarios tanto al Duque como a su bufón. “¡Malditos sean los dos!”, canta, pero el castigo sólo alcanza al bufón: mientras la voz del Duque se escucha triunfante en la desnudez azul-gris de Bellas Artes, Rigoletto, quien antes exclamara “¡Mírame ahora, mundo! ¡Este es un bufón, un poderoso señor este otro!”, tiene entre los brazos a su hija Gilda, moribunda.
“¡Dios terrible! A ella le ha alcanzado el rayo de mi justa venganza”, se lamenta el barítono, en un escenario lleno de su dolor y de los últimos ruegos de Gilda, quien pide perdón para ella y para el Duque, y con los acordes finales, con el último parlamento, alusivo a la maldición, solidifica el hecho de que el poderoso termina libre de las consecuencias de sus crímenes, mientras su cómplice, un mero empleado, carga ese castigo para dos entre las manos, víctima y responsable a un tiempo.
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Judith, qué excelente reseña y acercamiento a una ópera que tras la popularidad de sus arias, esconde una cruel, y muy cercana a la realidad, historia sobre el abuso de poder y, peor aún, sobre la impunidad de sus actos.
Gracias por descubrirnos el subtexto que tantas veces queremos ignorar.