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Por Sofía Castillón

Bahía Blanca, Argentina, 27 de abril de 2023 [00:05 GMT-3] (Neotraba)

La rueda de la fortuna

  ¿El caos es un pozo o una escalera?

  Por estos túneles de hormigas que suben y bajan, una idea pica la humedad pegajosa de mis piernas.

  Los cartones son almohada, techo, única porción de grasa. Los huesos fluorescentes se deshacen, vuelan como una pelusa, como un diente de león, se confunden en el olfato forense de las ratas.

  El principio fue el neón, zumbando como una abeja.

  Una mujer sostiene la mano oscura de su hombre muerto: el agua en el suelo proyecta todos los colores

  I love it

  Just do it

  Think different

  El principio fue el Verbo, para correr. Lo que va rápido, brilla.

  En algún lugar dicen que hay una escalera.

  A veces, si voy lento, creo pisar un escalón

        e ir más abajo.

El loco

Las luces de Buenos Aires son amarillas, rojas, verdes, blancas, azules. Abajo, salpican los espejos de los autos y desbordan las lagunas de la calle. Escapan como un montón de peces.

  Las luces son húmedas y de piel fría. Tiemblan en los ojos azotados de peatones, vibran entre las sombras que descuidan los ruidos.

  En Buenos Aires, las manos de los locos se entrelazan con el vapor de la alcantarilla, se fusionan con el olor del café y del diario mojado. Las manos contienen el esplendor y la cadencia de maquillajes viejos, se llenan con la sensualidad del asfalto crudo, con el erotismo de voces que no se pueden palpar.

  El llanto de los locos aletea entre sus dedos, es el primer nombre que se lee en las marquesinas. Su cara brilla como pieles de pescados muertos.

  El loco limpia con un pañuelo negro tantos fuegos que pasaron por sus pestañas. El loco habla de blues, lee a Boccaccio, bebe whisky. Su cuerpo desnudo creció en el espejo de un charco. Cada tanto, muta y es un resplandor amarillo, se camufla en el semáforo, desaparece y juega a no existir.

  En Buenos Aires nadie ve al loco vestido con su propia sombra, rebotando entre las librerías como si fueran algas, como si sus branquias resistieran la dulzura del papel.

XIII

  El miedo no nace.
  
  Habita la carne y la mesa, se disfraza de vino, se desliza en el brillo de las cerezas. Se quita la máscara cuando ya estoy llamando el taxi.

  El miedo no nace, porque siempre estuvo ahí, como una lechuza que espera. El glaciar no puede enfriarlo. Mis uñas de piedra acarician su templo.

  El miedo está en el suelo y no se acaba. Crece en los cuchillos que atraviesan los cilios de mi nariz, raspa mis pulmones con sus garritas de gato.

  Olvido del aire, de la memoria, de mi destreza con las jeringas.

  No existen las palabras. El miedo no se puede romper.

  Pero una mariposa en la basura intenta no morir, y su aliento hace nubes contra el vidrio. Es mi Madre, entre la mugre, siento el olor de su cráneo abierto que florece desde la tierra y se disfraza de dos niños jugando al sol.

  ¿Cuántos detalles creamos para pensar que hay algo más allá de los pulmones vacíos?

  El miedo tiene ojos grises y parpadea en el asfalto, susurra como mil fantasmas que crujen en la madera y dice

     que la caída duele,

     que el filo caliente sobre mis venas no me puede dejar derretida en el medio del pasillo,

     que siempre queda algo de piel.

  El miedo enjuaga mi boca, es una carne blanda que se desprende del hueso. ¡Estoy viva porque tengo miedo!

  No puedo salir del miedo como no puedo salir de esta noche.

Bébeme

¿Viste, Alicia? Un paso y tu pierna se acorta. Necesitás dos, tres, cuatro grandes zancadas para avanzar la distancia entre la carne y la uña. Los huesos se afinan y son escarbadientes que articulan tus brazos como hilos de titiritero.

  ¿Viste cómo tu iris baila en ese hoyo mojado, salta entre una pared y otra como si tus ojos fueran la bola 8 de una mesa de billar?

  ¿Viste, arriba, la luna más lejos, que no alumbra nada, que aparece como una piedra gigante que va a caer? ¿Viste que no rebota luz, sino polvo?

  La cereza que antes enjuagaba tu lengua, hoy se alza enfrente con desafíos de alpinista.

  ¿Recordás ese aire robusto que escupías al cantar? Ahora apenas acaricia unas migas en el suelo.


  Alicia, es de noche
          alguien murió cuando eras grande
          y ya no queda más
          que vivir
          esta vida enana.

Mil hombres

Viste las paredes blancas que se descascaran como pedazos de piel seca en invierno.

Viste las luces que vibran y zumban y parecen

moscas negras sobre

las uñas negras sobre

la tierra negra.

Viste este balcón que es un ascensor al infierno, que se recuesta sobre la calle mojada, que me llama a pintar los labios de rojo

y caer,

estallar todo mi cuerpo en el lomo gris de la avenida, dejar un charco de todos mis fluidos y de todas mis palabras para quedarme desparramada en la nada,

esperando el lunes que se mezcla como una piedra en la plaza y me funde como arcilla, me esparce por la vereda creando formas que la gente pisa sin ver, sin pensar en los olores que soporto debajo de tantos pies ciegos.

Viste la pared blanca que tiene un pozo negro.

Viste mis uñas blancas que tienen un pozo negro.

Y viste que no soy más que un caracol al que le sacaron la casa. Dejaron un cuerpo deshecho en el piso para que se llenen mis ojos de arena y de sal.

Mi sombra desnuda, babosa, en el obelisco frío,

se duerme mientras mil hombres, con sus ojos, me quitan la vigilia y el sueño

mil hombres, con sus manos, me abrigan con cartones y bolsas plásticas

mil hombres, con sus lenguas, me guardan en billeteras – y soy apenas un teléfono, apenas la piel que se trasluce de una foto, apenas un grito que se muerde con las encías vacías –

hasta que de mí

sólo queda el deseo

de ser semilla bajo la tierra

para poder vivir.

Monólogo de la Bestia vestida en lentejuelas

*

Los cocodrilos del infierno me dijeron: yo iba a ser la Señora de la Noche. Indicaron que fabricara el espaldar de lentejuelas y mientras enhebraba los hilos, imaginara una Diosa blanca creciendo en lo más profundo de mi cuerpo.

  Sobre mis hombros, hilé las piedras preciosas que engendra el fuego, y fui el fuego.

  Pero hubo mil silencios que combustionaron adentro, y la sangre se perdió, se evaporó como la boca humeante de un volcán que se apaga.

  Así, hice los sueños azules de una luna helada. Hice el aroma oscuro de una flor que se cierra.

*

Afuera, la nieve cubre el camino. Parece el mar hirviente que dejó sus burbujas atascadas entre la roca y un cuerpo muerto.

  El hielo cae de a soplos como cerezas maduras, pero no es dulce. Su sabor es pálido de cadáver nuevo. En mi lengua, se queman mariposas, me clavan sus patitas agudas.

  Yo no fui una novia oscura, yo no fui una amante generosa, yo no fui una madre tan cruel.

*

Anoche no pude contar la cantidad de hijos que salieron de mi cuerpo como algodones rojos. Sombras jugosas que se desparramaron en la nieve, en el agua, en el aire. Voces que confundo cada vez que me escupe el viento.

  Algunos, por un momento, fueron una espuma tibia en mis manos.

  En la noche, el grito de mis hijos es un río de colores que rumba, misterioso, entre las guerras de los hombres.

  Al alba, sus cuerpos húmedos se retuercen en mis manos como peces blandos.

  Mármol que ya no es mármol, hijo que ya no es hijo, frágil aliento de nube.

  Yo soy la Señora de la Noche y mis hijos, cuando mueren, no se vuelven estrellas en el cielo, sino lentejuelas de hielo en la montaña.

*

Todos mis hijos nacen rojos y se desprenden de mí, se elevan, son canciones que caen secas, muertas en la brisa.

  La letra limpia de la tarde no puede nombrarlos.

  La letra sucia de la noche pudre cada recuerdo y los hace mostacilla plástica, una pequeñísima vulva dura y rota que vuelve, una y otra vez, a ser penetrada por el suelo.

*

Ya no tengo de mis hijos más que el deseo. Esta noche, junto sus piedras y las enhebro, una a la otra. Son sus cuerpos que se juntan con el único hilo rojo, tejido de piel y sangre que nace de mí.

  Hoy las luces no vuelven del cielo, no son un sol amable sobre mis días.

  Hoy los únicos astros que brillan son sus bocas proyectando hambres en un escenario, la muerte de mis fuegos niños que alumbra un faro antártico y echa su ancla en este espaldar de reina.

  Los veo brillar en primera fila,

  abajo, son una ciudad luminosa,

  arriba, son un mar de estrellas artificiales que continúa muriendo.

Los poemas aquí presentados pertenecer al libro fiesta porteña (en prensa)


Sofía Castillón. Fotografía por cortesía de Manuel Parra

Sofía Castillón (Bahía Blanca, 1989) es escritora y editora. Licenciada en Comunicación Social y Magíster en Industrias Culturales (Universidad Nacional de Quilmes). Dirige la editorial Pinap, dedicada a la narrativa contemporánea y la divulgación de traducciones. En el año 2020 ganó el Premio de Poesía Ciudad de Archidona (España). Libros: Salvo la sombra, aunque fiesta porteña es el primer libro que escribió.


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