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Por Ana Corvera

Zacatecas, Zacatecas, 8 de diciembre de 2022 [00:03 GMT-5] (Neotraba)

Mariposa luna (Actias luna)

El árbol recuerda la llama y su funesta blancura; entonces un diluvio esparce temores y surge la mariposa nocturna, alumbrada por el grito de los niños en su vientre. El agua viaja a través del fuego, la noche cae gota a gota. El insecto levanta una de sus máscaras y se aparta de la muchedumbre, lleva en sus alas el color de cien manos. Un aroma invade los rincones de su cuerpo, en silencio advierte una identidad –la murmuración de un nombre–, dedica su vida a lágrimas futuras, emprende la búsqueda y vapores en el aire encienden lo fugaz en su decencia.

     Se abren pupilas. Los rumores son tristes como incienso, olor de agonía. La mariposa debe posarse en alguna frente y estrellarla, apolillarse en una de sus rutas y jamás olvidar el regreso. Llega, entierra ojos y labios en algún rostro e inventa una música. Entonces huye, es tímida y no se queda, niega de su pecho los rubores de esperanza.

     Es el templo coronado por la luna su último reflejo, nada existe fuera de la oscuridad. La mariposa aparece envuelta de fuego y de lluvia sobre las alas blancas respondiendo al amor unos pocos segundos. Luego impone a la caricia el retorno, cuida su paso de las huellas y apaga el rostro en un muro. Vuelve junto a sus hermanas en un lugar demasiado espeso hasta que el abismo destruye su imagen. Se va.

Mosquito común (Culex pipiens)

Con devoción proverbial inicia el movimiento, siempre oculto detrás de sus nocivos deseos. Una vez, sus padres creyeron en la promesa del espejo de Narciso: en él se cristalizó, es una copia exacta, la muestra de que hábito y cuerpo encuentran un día el mismo camino. Ahí, desde el estanque, antes de irse ya conoce los principios de la metamorfosis. Sabe que debe amar, luego perderse y borrar sus huellas hasta el último ciclo de su especie.

     Caen fragmentos de rocío. Él, pequeña larva, se sacude, tiembla suavemente para que el oxígeno alivie sus heridas aumentadas en la espera. Luego da vuelcos rápidos demandados por el vértigo; su personalidad se hace involuntaria. Ya pasó el tiempo de beber otra sangre, la vulnerabilidad es un lujo convertido en riesgo.

     El cielo está limpio. Lo dicen las nubes tímidas de la primera mañana. Después del espasmo de la descomposición viene el grito en silencio de libertad. Encima de las aguas se eleva despacio la imagen. Cuerpo amordazado, ojos abiertos, cabeza nueva sobre terciopelo. Hay un instante en el que flota; el adulto recién nacido permanece inmóvil mientras se sobrepone a lo que ve. A partir de entonces se le irá la vida recordando cuánto quería negarse al comienzo.

     Se erige ataviado de risas y temores. Besa la tierra, impulsa el rostro hasta que obtiene su antiguo derecho entre los aires.

Amantes de hechicera (Magus amantis)

Vienen solo si hay música de fondo y la nueva luna irradia oscuridad. Arrojan sus cuerpos duros sobre las flores del Caribe, aun cuando mayo esté lejos de ser primavera.

     Engalanados por el trópico, funden su color al de la humildad de la tierra, abandonan su lecho cuando la lluvia anuncia otro aniversario. Esa noche de cálido invierno los abejones despiertan con signos de locura, su futuro nace de un aroma que viene de los palpos.

     Mientras el tiempo se distrae con las palmeras, los opuestos se entregan a la dictadura de su sexo. La hembra frota sus pares de patas y estrella brevemente el abdomen sobre las rocas, liberando un embrujo contenido en las entrañas; él, rostro sin flecha, acude sonriendo a su último destino.

     La pequeña hechicera muere arrojando su fruto, veneno insaciable de raíces. Un furor atrapa los ojos al amante complacido y su interior estalla en un sitio donde la brisa no llega.

     Sobre los indicios de un pantano, cualquier mañana de invierno, yacen dos seres venturosos mientras la historia se derrama.

Niño negro (Pueri niger)

Para él, un milagro consiste en hallar el cielo en otros ojos, mirarse en diminutos espejos donde no existan papalotes ni escaleras. El paisaje debe ser claro, abrigar solo noches ingenuas que no sepan de conspiraciones y lloren siempre al acecho de una estrella.

     Sus alas, tan oscuras como su lengua, desentierran historias del aparente vacío. Se impregnan con la humedad de los objetos abandonados y antes de apolillarse en ellos, les roban cada una de sus ilusiones.

     El niño negro desbordará la tristeza el día que alguien descubra dónde están sus verdaderos ojos. Los oculta sobre todas las cosas. Finge que mira con el rostro. Pero nada es cierto. Unidos a su sexo, ambos párpados cubren recelosos la inocencia. Si alguien los descubre, aún muerto el niño negro, se desbordará una tristeza indomable.

     Se sabrá que, detrás de la palabra, el llanto, las máscaras, no existen los secretos. El mundo está libre de ellos cuando no hay nadie para inventarlos. Acaso, luego de revelar un misterio, solo quedan las cenizas de la duda.

     El niño negro debería irse a fuerza de escobazos, pero viene por alguien, así que se vuelve una piedra en el techo, para no dejar de mirar. Tu dolor es también el suyo, pero no puede hablar para decirlo.

     Cuando caiga y toque el fondo de la casa, se comprenderá la razón de su visita. Sobre alguien caerán la soledad, el miedo, la injuria: estrellas del más terrible universo.

Mariposa cromática (Papilion chroma)

Espera a la mariposa más grande, a la que saluda y se despide como si de ella nacieran las calles o la bruma. Guarda silencio, la abuela podría decepcionarse si te mira. Escóndete debajo del árbol, cuando ella esté quieta dale un manotazo. No la rompas, no se trata de hacerla desaparecer. La abuela dice que es hermosa, pero tú sabes de su rostro imperfecto. De cerca no es más que un cadáver lleno de escamas sueltas.

     Así, inanimada, no es tan perfecta como otros creen. Quítale el aliento mientras algo en ella sigue brillando. Deshazla, dile que siempre estuvo hecha con retazos. Luego recupérala completa, miéntele que todavía duerme. Si pegas tu oído a su pecho te darás cuenta de que su corazón está demasiado ocupado, atendiendo el evento repentino de su muerte hasta que se resigna.

     Comienza a olvidarte de ella. Métela en tu libro para colorear, no hay mejor sitio en el que deba perder sus tonalidades. Déjala fallecer virgen. Tú le ayudaste a conservar un cuerpo hermoso, ella será la única en cumplir su misión. Invéntale un verdadero motivo: otras mariposas, cada vez que puedas.

Mosquitos fingidores (Culicidae mentiri)

Dirígete al estanque. Fíjate cómo se mueven muchos dentro del agua. Te conocen, saben que vienes, míralos despacio. Se esconden unos días para estudiar las entradas de tu casa. No los dejes pasar, se llevarían lo que a ti te falta. Duda de su inocencia, siempre que se tuercen se burlan de ti.

     No merecen esas aguas calmas. Se fingen pesados como si realmente fueran contra la corriente. Están quietos, descansan bajo la madera y las botellas vacías. Hoy se ven como casi nada; mañana saldrán a tener las flores y las yugulares.

     Los ingenuos, los poco amables, los que alguna vez alimentaron la idea de la generación espontánea. Los niños mimados, los huérfanos, los bien abandonados en basura y plata, los infantes que todos olvidan, salvo en las noches, cuando hacen un ruido insoportable.

     Algo les espera. Quizás el aire. No lo saben hasta que una mano infantil se aproxima. Deja caer una palita roja y varios puños de lejía en polvo. El motivo es dejarlos solos. Tal como lo está, ahora, su asesino.

Escarabajo moribundo (Moribundis cicadidae)

Tu abuela dijo una vez que la tierra era un plato cuyo giro nunca terminaba, que había un límite entre dos mitades y a cada una le gustaba contradecir y oponerse a la otra.

     Los climas en ambas partes eran distintos, nunca coincidían ni siquiera en el orden de las estaciones. En la parte del planeta que nadie conoce, hay seres que se besan a escondidas porque los vigilan.

     Nacen el mismo día de su muerte solo para conocer el futuro rostro de sus hijos. No dejes que bailen. Que se vayan sin conocer la razón de su venida. El próximo año no tendrás que verlos. Apenas recordarás cómo son y será más fácil borrar lo vivido, sacarlo de tus sueños porque ya no existe.

     Ellos no necesitan saberse desahuciados, aunque vengan a hacer el amor por última vez. No te quedes con ellos ni siquiera para recibir lecciones de añoranza. No saben nada de tu mundo.

     Tómalos por sorpresa. Si llegan, es que los han enviado solamente para negar su conservación. Debieron cruzar el océano, regocíjate imaginando cómo lo hicieron y llegaron hasta tu jardín.

     Reconócete en ellos, aprende el aroma de una gota de llanto. Sufre a propósito, deja que se roben tus lágrimas, así te dolerán menos las mejillas, la próxima vez que una pena recorra tu vientre.

Ana Corvera. Fotografía por cortesía de Manuel Parra

Ana Corvera (Zacatecas, 1984). Maestra en Estudios de Literatura Mexicana por la Universidad de Guadalajara. Sus textos de creación y de teoría literaria aparecen en revistas de Chile, Estados Unidos, Uruguay, México, Venezuela, España y Colombia como Altazor, Aérea, Nueva York Poetry Press, Esteros, Norte/Sur, Campos de plumas, Sincronía, Letralia, Liberoamérica y La raíz invertida. También en los libros Pensamiento Novohispano (UNAM), Dolores Castro, palabra y tiempo (BUAP), y Ficcionario de Teoría Literaria (Texere). Fue docente de la Academia de Escritores en Venezuela y ha participado en festivales internacionales de poesía en México, Colombia y Ecuador. Libros: Nocturno corazón de los insectos y No volverse agua.


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