Una muñeca rota entre la yerba seca
Una muñeca rota entre la yerba seca, es un cuento de Salud Ochoa, que pertenece a su libro Autopsia de un amor de la Colección Contemporáneas de la BUAP

Una muñeca rota entre la yerba seca, es un cuento de Salud Ochoa, que pertenece a su libro Autopsia de un amor de la Colección Contemporáneas de la BUAP

Por Salud Ochoa
Chihuahua, Chihuahua, 26 de marzo de 2026 (Neotraba)
Tiempo de lectura: 12 minutos
La mañana del primer sábado de mayo sorprendió a Lourdes Medina en una calle de terracería, semidesnuda, sin la parte baja de su vestimenta, la blusa alzada y el corpiño rosa enredado en su cuello.
Hacía calor y entre las construcciones inconclusas de la colonia San José, solo se escuchaba el ladrido de unos perros desesperados por salir ante el olor de la sangre. Parecían hambrientos. Lourdes parecía desesperada.
Estaba muerta.
La cabeza de una muñeca vieja sobre la tierra seca, yacía a unos pasos de distancia del cuerpo de Lourdes como una paradoja de esa misma muerte, amiga de los canes y de los verdugos. Con los ojos abiertos, fijos en ningún sitio, la muñeca aguardaba en silencio la llegada de alguien, cualquiera que descubriera el cuerpo abandonado de la adolescente. Los perros ladraban sin parar desde la madrugada, cuando un auto se detuvo en el callejón oscuro y lanzó un bulto al exterior. Solo se escuchó el golpe al caer, luego silencio. Los canes, sin embargo, olfateaban una presencia extraña. No era la muerte, porque se habían acostumbrado a ella debido a la cercanía del cementerio.
El olor putrefacto de los cadáveres era familiar para el trío canino, apertrechado tras la puerta metálica de tres metros de altura. Se les conocía por su ladrido salvaje y eran pocos los que habían visto la masa gigantesca que los constituía.
Horas más tarde, cuando la oscuridad nocturna se desvanecía entre las hojas de los eucaliptos y los moros, el grito aterrador de una mujer se apropió de la tierra, recorrió el callejón en descenso, traspasó el viejo muro del cementerio y sacudió las bóvedas donde la muerte se escondía por las mañanas para acicalarse antes de una nueva jornada. Los espíritus que limpiaban sus propias tumbas, se estremecieron.
La tarde del viernes, Lourdes –Yuyis, como la conocían en el barrio– salió de su casa cuando el último rayo de sol se ponía en el horizonte. Iba a una fiesta organizada por el patronato de la iglesia en cuyo coro ella cantaba desde los ocho años.
Gladys, su madre, la despidió en la puerta y se quedó allí hasta que la vio entrar al salón del centro comunitario junto a dos jovencitas conocidas en el vecindario. La mujer no pudo evitar un suspiro nostálgico al ver que su niña se había convertido en una hermosa adolescente.
Se sentía feliz al verla crecer, aunque a veces, un aguijón sin nombre se incrustaba en la orilla del corazón. Tenía un miedo inexplicable. “Es normal”, le decían las vecinas. Había tantas malas noticias respecto a jovencitas violentadas que resultaba imposible no sentir temor.
Sin embargo, la gente quería a Yuyis y eso le daba cierta tranquilidad a su madre. Todos en la colonia la conocían como “la niña del coro”, porque tenía siete años acudiendo cada domingo al templo para entonar los cantos religiosos que sabía de memoria. Solo una vez los olvidó: el día en que su padre murió tras un asalto armado.
Cierto que a últimas fechas ya no iba con tanta frecuencia, pero trataba de mantener el vínculo con la iglesia, porque de alguna forma esta le dio cobijo en sus años de niña abandonada y adolescente solitaria. El canto la salvó de un destino oscuro en la calle o en las drogas.
Ahora estudiaba el primer año de puericultura, aunque su sueño era ser enfermera. Pasaba las mañanas en la escuela y por las tardes trabajaba en el expendio de vinos y licores del barrio San José, un sitio al que todos los días llegaba gente nueva. Venían de todos lados, desde Veracruz y Tabasco, pero también de Guatemala y Honduras.
El expendio estaba en una esquina de la calle 16 de septiembre, la vía principal de un sector conformado por personas de bajos recursos que, en su mayoría, luchaban por ganar dinero con la venta de ropa y artículos usados en el tianguis, los puestos de comida, las tienditas de abarrotes, los talleres de costura en casa, los arreglos de flores artificiales ofertados en la puerta del panteón o los algodones de azúcar ennegrecidos por el polvo. Otros vendían coca y marihuana para sobrevivir a su propio infierno.
La fiesta fue en la casa de El Chuby, un maestro de educación física que tenía un gimnasio de box improvisado a unos pasos del centro comunitario, donde reunía a niños y jóvenes que soñaban alcanzar el éxito y la fama de Saúl “El Canelo” Álvarez.
Lourdes iba allí todas las tardes a dejar a Javier, su hermano menor, que pretendía convertirse en boxeador profesional. Quería dejar el barrio en el que no había agua potable, drenaje ni luz eléctrica pero sí robos y narcomenudeo. Javier le pedía a Lourdes que se esforzaran juntos para irse de San José. Estaba cansado de tener miedo durante las noches, que parecían una boca de lobo cuyas fauces eran los delincuentes locales y los extraños que llegaban en oleadas humanas.
San José enfrentaba problemas graves de inseguridad y los vecinos tenían que cuidarse entre sí. Las patrullas de la policía solo se veían pasar de vez en cuando por la calle principal; a los callejones, como el del cementerio, no entraban. Solo acudían cuando había muertos, como las aves negras de mal agüero. Entonces ya no servían de nada.
Lourdes asentía sonriente, segura de que en algún momento ella y su hermano lograrían su objetivo. Se marcharían del barrio y Gladys por fin podría dejar la tienda de abarrotes. Por eso le echaba ganas a todo, era trabajadora incansable, se buscaba la vida bien, ya fuera en la venta de agua embotellada, en una tortería, en la tienda de abarrotes y hasta en un circo. Quería marcharse de San José, nunca imaginó cómo.
A las 06:05 del sábado, el pecho de Lourdes dejó de moverse luego de un suspiro profundo, que se sintió como un lamento en la hondonada del arroyo seco que atravesaba el panteón.
El Chubby la metió en el vehículo después de haberla retenido varias horas en el baño del gimnasio. Estaba obsesionado con Lourdes desde la primera vez que la escuchó cantar en el coro. Ella tenía diez años, él veintiséis; ella acababa de perder a su padre y él había llegado de Veracruz con ganas de seguir más allá de la frontera. Desertor del ejército, quería irse a Estados Unidos, pero algo lo retuvo en el barrio y luego de ver a Yuyis en la iglesia, decidió que se quedaría para siempre; si para siempre significaba esperar que la niña creciera un poco y conquistarla a la buena.
Si no había resultados por las buenas, por las malas tendría que ser.
Habían pasado cinco años desde entonces y en ese tiempo, se ganó la confianza de los vecinos, montó el gimnasio e intentó de todas las formas posibles ganarse también la simpatía de la menor. A Yuyis le enseñó a tocar la guitarra, entrenó a Javier en el box y hasta le regaló un cuchillo de buena calidad a Gladys para facilitarle el trabajo en la carnicería.
“Es de los finos”, le dijo cuando puso en manos de la madre de Yuyis el objeto punzocortante que compró a un amigo de los Zetas que circundaban Xalapa. El cuchillo tenía una Z de color negro sobre el mango plateado. Brillaba el filo del arma, aún sin estar al sol.
Las cosas no resultaron como él esperaba y la adolescente seguía tan lejana a él como al principio. Descartó entonces el plan A y optó por el plan B, por eso decidió hacer la fiesta, por eso la droga en la bebida, por eso el engaño de llevarla a casa y el regreso al lugar de la fiesta antes de que todos se fueran. Tenían que verlo para tener así una coartada. Estuvo allí los minutos que duró entonando una canción de Julión Álvarez en el karaoke. La gente le aplaudió y él agradeció en voz alta para que nadie se quedara sin verlo. Luego se fue.
La madrugada era negra cuando abusó de ella; con el anuncio del alba ella abrió los ojos y se dio cuenta de lo que ocurría. Quiso defenderse y él la molió a golpes. La oscuridad volvió por unos minutos y el amanecer llegó retrasado, aunque nadie lo notó.
A las 05:50 El Chubby salió en su coche con rumbo desconocido, dio un par de vueltas por el vecindario que aún dormía. En el asiento trasero del auto, Lourdes yacía inconsciente.
Manejó por las calles solitarias, llenas de basura; recorrió los terrenos baldíos en busca del sitio propicio para dejar a la joven, pero temía que alguien lo viera. Recordó el panteón y la callejuela oscura que corría paralela al arroyo. Era el lugar perfecto, la responsabilidad caería sobre los pandilleros del barrio El Mármol, cercano a San José.
Empezaba a clarear cuando llegó al lugar solitario, ideal para el abandono. Eran las 05:58. Bajó del auto, abrió la puerta trasera y jaló el cuerpo de Lourdes. Sorpresivamente esta se incorporó y buscó defenderse. Lucharon un poco hasta que él enredó el sostén rosa en el cuello de su víctima. La vio perder el color de la piel y la lanzó sobre la yerba seca. El
reloj marcaba las seis con cinco minutos.
El Chubby subió al auto, rodeó las calles de la colonia y se marchó rumbo al periférico sur de la ciudad. Llegó hasta el sendero bajo del Cerro Grande y decidió correr, para mantener la condición física y también para que otros corredores lo vieran. Su figura se perdió entre los huizaches y el silencio que daban cobijo a otros corredores.
Kilómetros atrás, en el callejón del cementerio, se escuchaban los gritos desconsolados de Gladys, el sonido de las sirenas, los cuchicheos de los chismosos y el ladrido de los perros.
Los peritos levantaron el cuerpo de Yuyis. Las lesiones alrededor del cuello parecían flores moradas sobre su piel blanca, brillante. Para ese momento, su rostro había tomado un halo de otro mundo. Al interior del panteón, el canto coral de los espíritus subía de tono para darle la bienvenida.
La desolación se apoderó del vecindario. El miedo también. Las madres encerraron a sus hijas en casa, los padres caminaron sigilosos por las calles en busca de un sospechoso. Los rumores se acumularon en las esquinas solo para estallar después.
–Era tan joven. Le robaron la oportunidad de vivir. Tenemos miedo, es horrible lo que está pasando, ya no podemos estar seguras en ningún lado –le dijo una mujer desde la ventana a la reportera Elisa cuyo rostro lucía más demacrado que de costumbre. Las sombras oscuras alrededor de sus ojos crecían como las cárcavas en el desierto, cuando el viento o la lluvia arrastran el suelo, hundiendo la vida hasta perderse en ellas.
La mujer negó a la periodista haberse dado cuenta de algo a pesar de que, el cuerpo de Lourdes fue lanzado a unos metros de su vivienda, frente al portón que contenía la inquietud permanente de los perros molestos. Los canes seguían inquietos ante tanto movimiento extraño.
Otra vecina aseguró no haber visto nada. Tenía claro que en el barrio era mejor cerrar la puerta cuando caía la noche y no enterarse de lo que ocurría afuera. No encontraba sentido a querer enterarse y hablar de lo que pasaba en la oscuridad de una calle de tierra con unas cuantas casas en construcción.
–Anoche escuché a los perros, estuvieron ladrando durante un rato, a lo mejor fue cuando la dejaron. Yo no salí, no quiero problemas. Usted también debería irse.
Elisa no respondió. Miraba las volutas de humo que brotaban entre los cipreses del cementerio. La camioneta del forense se llevó el cuerpo de Lourdes en el momento en el que otros reporteros policiacos empezaron a llegar. Los fotógrafos buscaban imágenes exclusivas para exhibirlas como el trofeo del día en las páginas de internet con encabezados crueles. Elisa no abonaría a eso. Se negaba a contribuir al sensacionalismo de la nota roja, aunque eso le costara llamados de atención de su jefe obsesivo y cucho que había entrado a la guerra de likes en las redes sociales y no estaba dispuesto a perderla. Si un encabezado amarillista significaba que la nota se compartiera decenas de veces acompañada de cientos de comentarios, el community manager no la dejaría ir, haría lo posible por mantener a los lectores pegados a la computadora en espera de nuevos detalles para alimentar el morbo.
“No lo haré”, se convenció Elisa y fue a refugiarse en el panteón junto a los espíritus que seguían cantando. Allí, sentada junto a las telarañas en la escalinata de una cripta abierta, esperó a que todos se fueran para volver a la escena del crimen.
El cuerpo de Lourdes ya no estaba, solo quedó el cordón rojo y el rostro de la muñeca rota sobre la yerba seca. El silencio llegó de nuevo, como la muerte, sin permiso de nadie. Los perros seguían ladrando, se escuchaban en un eco lejano perdido en la humedad y el calor que empezaba a trepar por los muros del cementerio.


Salud Ochoa (Chihuahua, 1972). Escritora y periodista. Obtuvo en dos ocasiones el Premio Estatal de Periodismo “José Vasconcelos” por sus crónicas y reportajes; el Premio “Espiga de oro” por su novela Sobreviviente (2018), y fue finalista del Premio Filiberto a la mejor novela negra publicada en 2023 por El halcón blanco. Su obra incluye poesía, cuento y novela. Es autora de los libros de cuento Entre las sombras (2006), Lágrimas de barro (2014) y Alas robadas (2017).
