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Por Lorena Garduño

Ciudad de México, 06 de julio de 2021 [00:01 GMT-5] (Neotraba)

Con certeza el cielo debió desplegar sus alas iridiscentes antes de que el meteoro llegara a la tierra; tal anuncio de matices oníricos y honda belleza fue presagio de la catástrofe de la que casi nadie logró escapar. Así, en Tres cruces, Alejandro Paniagua ofrece dentro de hojas sanguinarias una construcción de imágenes precisas que brindan un rayo de luz en medio del miedo, la miseria, la orfandad y trasmutan lo amargo en delicia.

¿Será esta luminosidad sólo una especie de alucinación guardiana de la esperanza u ocurre porque incluso dentro de las excrecencias puede aparecer el milagro? El libro apunta por lo segundo: crear una constelación dentro de la sima porque sólo en la oscuridad se logra mirar a plenitud su brillo.

No obstante, no es una obra de la contemplación, es un tejido de acciones que como balas irascibles abren la piel; porque el lector se vuelve participe de los sucesos metamorfoseado en una niña de once de años de nombre Lúa apunto de corromperse con ayuda de sus nuevos muñecos cadáveres, pero también, con una imaginación malhadada que la habita; la niña vive con Estela, su abuela, una mujer de 43 años cuyo deseo es morir y beber (en ese orden ilógico); por último, El Ponzoña es un sicario que aparece para tatuar de manera irreversible a esa pequeña familia. En dicho paisaje desértico y violento las vidas de cada una de las cruces habrán de formar una sola, todavía más áspera y doliente que los llevará a desgarrarse entre sí.

Alejandro Paniagua en Casa Nueve foto de Óscar Alarcón (2017)
Alejandro Paniagua en Casa Nueve foto de Óscar Alarcón (2017)

A partir de una construcción dinámica/fragmentaria que funciona con capítulos cortos permite conocer el hoy y el pasado de los personajes como sus pensamientos (monólogos internos) y sueños. Paniagua juega a pronosticar el siguiente paso, tan imperceptible como sombra, pero que deja estampa y martilla con clavos de duda al suspenso. Tal tono de duda también se encuentra interiorizado en sus personajes que buscan encontrar el origen en el cual, antes de conocerse, se torció su destino y para dar con éste se consuelan con alguna consecuencia que sus hechos presentes no detienen sino, por el contrario. agudizan su escarmiento.

Desear un espacio de autorreconocimiento es cualidad psicológica humana, no importa la cercanía ni la distancia con la historia, sino que nos abarca como especie. Si hacer del lector un actante de la obra lo conecta con ella, a través de este rasgo de carácter universal, el autor consigue romper la barrera entre ficción (personajes) y realidad (el lector).

Por otra parte, si bien la idea del niño siniestro es un motivo ya explorado como ocurre con el cuento “Álbumde Alberto Chimal o “Carne” de Luis Britto García; en Tres Cruces existe una ligera semejanza entre Lúa y la niña Nelly Campobello de Cartucho que convive y hace de la muerte su entorno, juega con los cuerpos y se los apropia desde una mirada quimérica que los convida a una suerte de renacimiento fastuoso para metaforizar la belleza de lo perecedero. Pese a ello, Lúa muestra ingenuidad absoluta en su manera de cohabitar y apreciar su escenario frente a la madurez que llega a filtrarse en las reflexiones de la protagonista de Campobello.

Tres Cruces es un libro de páginas abiertas, no parece acabar nunca en la mente de un lector confortado de saber que la poesía florece en las cuencas vacías de una calavera; atraído por los capítulos con formato de postal que imprimen su esencia en la memoria sensorial y satisfecho por haber recorrido sus caudales de matices opuestos, opuestos tal cual es la verdad. Esta obra desenmascara la otra faz del mundo del narco, donde lo marcescible es un escalpelo que penetra la piel de un mundo herido y con escrúpulo graba tres vidas, tres cardenales en el corazón. Lo cual, sin asomo de duda, redefine la ya gastada narcoliteratura.


Tres Cruces. Alejandro Paniagua Anguiano. México, Textofilia, 2021. 124 pp. ISBN: 978-607-8713-35-6


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