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Por Luis Rubén Rodríguez Zubieta

Tijuana, Baja California, 22 de octubre de 2020 [00:05 GMT-5] (Neotraba)

Una madre que no para de revelar todo lo que la maternidad significa, y un bebé que se va descubriendo ante todo y todos, son los protagonistas inseparables que habitan esta Miniatura. Madre e hijo son nuevos en esos menesteres, nunca antes existieron como tales, nacieron juntos. Eso es lo que la autora nos pone a la vista al narrar, paso a paso, la historia de unvínculo irrompible. Nos exhibe un álbum de sucesos con los que no pretende dar lecciones, sino mostrar cómo ambos van aprendiendo y enseñando el uno al otro: crianza compartida.

Algunas veces con euforia, otras con desconcierto y otras con humor, aunque siempre llenando su tiempo con el de su bebé, Karlha hace que él, que no tiene voz, nos cuente cómo ambos van caminando con gusto a su destino. No tiene clichés, nunca dice “te amé desde el principio”, más bien se arriesga cuando da a conocer, con franqueza, que su amor fue forjándose en la convivencia diaria.

Nos comunica conocimientos, experiencias y nos instruye en el arte de amar de ida y vuelta, ante lo asombroso de asumir nuevas vidas. Eso lo convierte en didáctico. No solo deben leerlo quienes son madres, es también para que aquellas que aún no lo son, cuando lo sean, puedan escribir sobre sus bebés. Y para que el resto imaginemos lo que nuestras madres pudieran haber escrito sobre nosotros.

Miniatura es una metáfora que obedece solamente al tamaño del libro y de su protagonista más pequeño, porque querer a un hijo, sobre todo cuando es un bebé, debe ser cosa fácil, en cambio, plasmarlo en una narrativa, es un acto de amor inconmensurable.

Entonces, pasemos a leer en gigante.


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