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Por Víctor Roura / Humberto Musacchio

Ciudad de México, 26 de noviembre de 2022 [00:04 GMT-5] (Notimex)

Texto publicado originalmente en la sección cultural de Notimex, el 11 de noviembre de 2019

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Hans Magnus Enzensberger cumple hoy 90 años de vida. Nacido en Kaufbeuren, Alemania, el intelectual europeo no cesa en sus aportaciones culturales, si bien, a veces, nos hace tropezar tanto en la ficción como en la interpretación de la realidad. Yo no tengo entre mis libros consentidos, por ejemplo, su novela Josephine y yo (del año 2006), pero El Diablo de los Números –escrito mucho antes de que el pensador alemán empezara a pensar que no valía la pena luchar por un mundo mejor– me parece ejemplar. Prefiero por supuesto al Diablo de las Matemáticas que al Anarquista que se desdice de sí mismo.

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El alemán Hans Magnus Enzensberger escribió un libro para “todos aquellos que temen a las matemáticas”.

Robert es un niño de 12 años que no soporta a su maestro Bockel porque se la pasa en clase inventando “idioteces” tales como “si dos panaderos hacen 444 trenzas en seis horas, ¿cuánto tiempo necesitarán cinco panaderos para hacer 88 trenzas?”; pero una noche, en un sueño inesperado (porque hay sueños predecibles), se le aparece El diablo de los números (Ediciones Siruela, España, 1998) para cambiarle por completo el panorama de la aritmética.

–No quiero decir nada en contra de tu profesor –dice el pequeño diablo–, pero la verdad es que eso no tiene nada que ver con las matemáticas. ¿Sabes una cosa? La mayoría de los verdaderos matemáticos no sabe hacer cuentas. Además, les da pena perder el tiempo haciéndolas, para eso están las calculadoras.

A pesar de la primera obvia reticencia de Robert, el diablo de los números comienza a jugar con el niño.

La primera carambola es sencilla: 1 x 1 = 1.

Luego, la siguiente cantidad: 11 x 11 = 121.

–¿Ves? dijo el diablo de los números, ya has hecho un dos sólo con unos. Y ahora, por favor, dime cuánto es: 111 x 111.

Eso es demasiado protestó Robert. No puedo calcularlo de memoria.

–Entonces coge tu calculadora.

–¿Y de dónde la saco? Uno no trae la calculadora a los sueños.

Entonces coge ésta dijo el diablo de los números, y le puso una en la mano.

“Tenía un tacto extrañamente blanco, como si estuviera hecha de masa de pan. Era de color verde cardenillo y pegajosa, pero funcionada”. Robert pulsó 111 x 111. ¿Y qué salió? 12321”.

¡Estupendo! dijo Robert. ¡Ahora ya tenemos un tres!

Bueno, pues ahora no tienes más que seguir haciendo lo mismo.

Robert tecleó y tecleó: 1111 x 1111 = 1234321

11111 x 11111 = 123454321

¡Muy bien! el diablo de los números le dio unas palmadas en la espalda a Robert–... Esto tiene un truco especial. Seguro que ya te has dado cuenta. Si sigues adelante no sólo te salen todos los números del dos al nueve sino que además puedes leer el resultado de delante atrás y de detrás adelante, igual que en palabras como Ana, Oro o Ala.

El diablo de los números de Hans Magnus Enzensberger
El diablo de los números de Hans Magnus Enzensberger

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En un delicioso recorrido por las matemáticas, Enzensberger, bajita la mano, fuera de los dispendios y superficialidades académicas, se introduce por los algoritmos, axiomas, números figurados, la criba de Eratóstenes, la curva de Koch, las fórmulas de Euler, las fracciones, los números naturales, la serie de Fibonacci, los números primos, triangulares, impares, imaginarios, naturales, negativos e irracionales, el postulado de Bertrand, la presunción de Goldbach, los quebrados, las raíces, las elevaciones a la potencia y al cuadrado. El libro anima a seguir sumando, pero para hallar recovecos o verdaderas sorpresas, como las de las infinitas posibilidades grupales: para visitar a 25 amigos que viven en 25 rutas distintas, por ejemplo.

–Una cifra espantosamente grande –le dice el diablo de los números a Robert, y la apunta, en seguida–: 1 600 000 000 000 000 000 000 000 0… Es imposible probarlas todas para saber cuál es la más corta. Incluso utilizando la mayor de las computadoras, jamás llegarías al final.

Ese es el problema más grave de los matemáticos: probar lo improbable.

–Y lo que es peor –dice el diablo de los números–, ni siquiera podemos demostrar definitivamente que no hay ninguna solución perfecta. Porque eso ya sería algo. Entonces no tendríamos que seguir buscando. Por lo menos habríamos buscado que no hay prueba, y al fin y al cabo eso también sería una prueba.

Robert, entonces, se alegra:

–Así que a veces también los diablos de los números fallan. Eso me tranquiliza. Ya creía que podías hacer tanta magia como quisieras –dice.

–Eso es solamente lo que parece –responde el diablo–. ¡Qué te crees, muchas veces me he quedado sin cruzar el río! En esas ocasiones, bastante me he tenido que alegrar de volver con los zapatos secos a la vieja orilla segura. Sabe Dios que no quiero decir que yo sea el más grande. Pero a los más grandes diablos de los números les ocurre lo mismo. Eso sólo significa que las matemáticas nunca están acabadas. Hay que decir que por suerte.

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El ensayista usa un lenguaje accesible. En lugar de recurrir a los términos académicos se va con citas cotidianas, casuales, juguetonas. Por lo mismo, al final de su brillante exposición escribe un discreto aviso: “En los sueños, todo es diferente al colegio o a la ciencia. Cuando Robert y el diablo de los números hablan, se expresan a veces de forma bastante extraña. ¡Pero no creas que todo el mundo entiende las palabras que ambos utilizan! Tu profesor de matemáticas, por ejemplo, o tu padre. Si les dices saltar o rábano, no entenderán qué quiere decir. Entre los adultos se habla de otra forma: en vez de saltar se dice elevar al cuadrado o elevar a la potencia y en lugar de rábano escriben raíz en el pizarrón. En los sueños no existen estas expresiones especializadas. Nadie sueña con palabras extranjeras. Así que cuando el diablo de los números habla en imágenes y hace saltar los números en vez de elevarlos a potencias, no es sólo cosa de niños: en sueños, todos hacemos lo que queremos”.

A lo largo de las 260 páginas, Enzensberger en realidad se divierte con los números. Probablemente éste sea su libro más apreciado en el sentido de la ligereza lúdica. En efecto: nadie que le tema a las matemáticas soltará el volumen porque sí. Pese a las aparentes complejidades aritméticas, el lector se empecina en la búsqueda de las soluciones, porque el tratamiento es, magistralmente, superior. El diablo de los números resulta ser un profesor excelso, a pesar de ser, sólo, un simple matemático. ¿Se imagina el lector verse obligado a resolver estas pavorosas cantidades en el aula escolar?

Dice el diablo a Robert:

–Teclea esa enrevesada cifra, yo te la dictaré: 1 618 033 989. Bien. Ahora le restas 0,5. 1, 618 033 989 – 0,5 = 1, 118 033 989. Y lo duplicas. Es decir, multiplicas por 2: 1, 118 033 989 x 2 = 2, 236 067 978. Bien, y ahora saltas el resultado. Lo multiplicas por sí mismo. Para eso hay una tecla, la que pone x2: 2, 236067978 2 = 5, 000000000…

¡Cinco! gritó Robert. ¡Pero no es posible! ¿Cómo es que sale cinco? ¿Exactamente cinco?

Y dan ganas de seguir removiendo números, desenterrarlos, descubrirlos en sus incógnitos secretos, maniatarlos, saborearlos. Con un maestro como Hans Magnus Enzensberger, las matemáticas son extrañamente entretenidas.

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Hablo con el enciclopedista Humberto Musacchio del tema. Tiene cierta reticencia a los puntos de vista de Enzensberger, sobre todo a los asuntos de la cultura política. Y me proporciona un apunte suyo sobre uno de los libros del intelectual alemán, que transcribo íntegramente a continuación por su reveladora develación del hecho.

Tumulto de Hans Magnus Enzensberger
Tumulto de Hans Magnus Enzensberger

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Enzensberger el viejo

Humberto Musacchio

Hans Magnus Enzensberger es una figura fundamental por sus ensayos sobre comunicación, por la hermosa biografía de Buenaventura Durruti intitulada El corto verano de la anarquía, por la agudeza de una obra como Política y delito y, por supuesto, por Conversaciones con Marx y Engels, trabajo monumental que desacraliza y por eso mismo hace más entrañables a los padres del marxismo, cualquier cosa que eso signifique a estas alturas.

Ahora, como una especie de ajuste con cuentas consigo mismo y con toda una época, Enzensberger publicó en 2014 Tumulto (Editorial Malpaso, Barcelona), libro que describe las estancias del autor, en los ya lejanos años sesenta, en la Unión Soviética y en Cuba. En esas páginas están sus viajes, los personajes que le tocó conocer, sus impresiones de diversos lugares, gente, costumbres y todo cuanto pudo percibir con la agudeza que le era característica; historias salpicadas aquí y allá de referencias a su propio pasado, del que ahora, con 90 años en los lomos, parece arrepentido. (Entonces, cuando el libro salió a la luz, contaba, sí, con 85 años.)

Pero antes de seguir permítaseme enviar un saludo al señor Richard Gross, responsable de pasar Tumulto del alemán al español, una traducción tan horrenda que hubiera merecido un glosario que nos negó la Editorial Malpaso. Y cito para advertencia de eventuales lectores algunos de los abundantes gachupinismos o palabras ajenas al español que se habla en Latinoamérica como escaquear, estraperlista, pesario, rodrigón, hibisco, descuidero, muermos, decabristas, sidéreo y chapero, individuo al que por aquí se conoce como chichifo.

A riesgo de que sea un exceso, valga mencionar expresiones que nos endilga el traductor, tales como “ventanas estancas”, “oyentes más pánfilos”, flauta travesera a la que aquí llamamos traversa, alambre de espino y no de púas, “me las apaño” y no, como diríamos por acá, me las ingenio, o, bien, “hacer manitas” en lugar de tomarse de la mano. Por supuesto, dice bañadores y no trajes de baño, seísmo y no sismo o máquinas tragaperras y no tragamonedas.

Lo que ya es parte de un tratado de acertijos es el empleo de frases como “Una noria de lucecillas multicolores”, “Un barracón de uralita” o esta otra joya que haría las delicias de Nikito Nipongo [Raúl Prieto Río de la Loza, 1918-2003]: los “chafarrinones de alquitrán”. Para el señor Richard Gross el sha o cha es el sah; a Francfort le pone tilde en la a pese a que termina en doble consonante; el Pekín Informa se transforma en la Revista de Pekín y se imprime en papel de calcar; Lila Brik, la amante de Maiakovski, se convierte en Lilia y el fotógrafo y cineasta Roman Karmen pasa a ser Román Karmén.

Pero sigamos con el libro que nos ocupa. La Editorial Malpaso, de Barcelona, publicó Tumulto en un volumen de pasta dura en negro con los cantos en rojo, como una especie de misal en el que Enzensberger es el santón al que hemos de rezar porque con sus 86 años ya llegó a una edad venerable en la que puede permitirse toda clase de arrepentimientos, amarguras, aseveraciones sin base y escupitajos biliosos.

El libro reúne dos estupendas crónicas sobre la extinta Unión Soviética y una más en torno a Cuba, nación a la que un inocultable y muy europeo aire de superioridad tacha de “islita loca e insignificante”. Es implacable y sin matices la crítica al Estado cubano y a la dirección unipersonal de Fidel Castro [1926-2016, fallecido dos años después de que Enzensberger diera a conocer su tesis bibliográfica, y a dos años, también, de que este texto fuera escrito por Musacchio], a quien por cierto acusa sin prueba alguna de haber degradado a Camilo Cienfuegos. Ya encarrerado, el nada magnánimo Magnus se refiere a Ernesto Guevara como “el deplorable Che”. En fin, expresiones temerarias del europeo culto que mira con desdén a los habitantes del subdesarrollo y se burla del ingenio y la dignidad con el que los cubanos hacen frente a la pobreza y la injusticia, por ejemplo, al hacer referencia a una fábrica de maniquíes o a la lucha contra el egoísmo. Aun así, haciendo a un lado toda corrección política, el autor dice con cierta patanería que no hizo un libro contra la Revolución Cubana porque “no tenía ganas de dar bastonazos a un perro enfermo” y, valga la petulancia, agrega que en La Habana se sentía “como residuo de un futuro lejano”.

Uno de los textos es un repaso a 1970 y los años siguientes, con hechos destacables y personajes que llegó a tratar. Como Marcuse y Henze o Andreas Baader y Ulrike Meinhoff, parejita que le dio nombre a la famosa banda terrorista, todo salpicado por referencias autobiográficas que incluyen su no muy afortunado matrimonio con la hija de Alexandr Alexándrovich Fadéiev, el autor de La joven guardia, novela que por décadas fuera lectura obligatoria para los jóvenes comunistas de casi todo el mundo.

Sobre 1968, Enzensberger, un tanto amnésico, dice que “sólo es una fecha imaginaria, un hormiguero de reminiscencias, autoengaños, proyecciones y generalizaciones… experiencias que yacen sepultadas bajo el estercolero de los medios de comunicación, el material de archivo, los coloquios públicos, la idealización que hace el veterano de experiencias que bajo su mano se han vuelto inimaginables”. En el caso de los “sesentayochistas” europeos, hubo, como en México, quienes escalaron altos cargos en el gobierno al que soñaron derrocar. Pero a diferencia de Europa, donde la represión tuvo un carácter menos salvaje, aquí hubo muchos golpeados, presos y un número de muertos que ni siquiera conocemos y una justicia que nunca tocó a los asesinos. Por eso el 2 de octubre de cada año desfilan jóvenes que recuerdan a los caídos en Tlatelolco, en Santo Tomás o en las calles. Aquí, a diferencia de Europa, nuestros muertos no han sido promovidos a “la condición de mártires o iconos de la cultura pop”, como Enzensberger afirma en plan infamante.

En Tumulto, un decrépito Hans, ya no tan Magnus, es incapaz de ver con generosidad a los sufridos habitantes del socialismo real. En este libro, el autor se deja llevar por sus males hepáticos, que le impiden rescatar lo que de bueno tuvo el socialismo del siglo XX, tal vez el más grande experimento social de la historia, porque fue, en efecto, un heroico, doloroso y fracasado experimento que debe ser sometido a una crítica sin rodeos, pero del que debemos extraer todo aquello que pueda ser útil para intentar nuevamente una forma de convivencia distinta de la actual, sin explotación ni opresión… Socialismo, sí, pero no con menos libertades que el capitalismo, bien advertidos, como dice Enzensberger, de que “nunca ha habido un movimiento político que no haya aplastado bajo sus ruedas a tantos seres humanos” y de que, al establecerse un nuevo orden, surge inevitablemente la muy humana “necesidad de religión (que) puede hacerse dueña de todas las dudas”.

Libro escrito hace muchos años pero revisado por el autor en 2013, Tumulto está marcado por la típica decepción del anarquista que siempre tiene la razón en un mundo equivocado. Ahí está presente la renuncia del revolucionario que se quedó a la mitad y que cuenta las deudas de los otros más que las propias. Hay en sus páginas ira, rencor y una fuerte dosis de desencanto, de abierta provocación, de reto a la inteligencia del lector porque estamos en un mundo convulso y condenado a todas las desgracias. Es un libro intenso, ilustrativo, exagerado y hasta mentiroso en ciertos pasajes, pero en el que a veces hallamos algo de la agudeza que caracterizó al autor, una sólida cultura fincada en los clásicos y enriquecida con un conocimiento sistemático de autores contemporáneos. El libro es, en suma, el recuento de un tenaz observador político, exigente, petulante, implacable a veces, tonto en algunas páginas y en otras inteligente e inteligible. Es el hombre que viene de regreso de todas las batallas, las libradas contra él y contra sus molinos de viento. Por eso, habremos de quedarnos con el Enzensberger de antes, en el que latía un optimismo que hoy ha desaparecido en él y en gran parte de la izquierda mundial.

Hans Magnus Enzensberger. Foto tomada de Periódico El Caribe
Hans Magnus Enzensberger. Foto tomada de Periódico El Caribe

Hace un cuarto de siglo, entrevistado por Armando Ponce para la revista Proceso, el pensador alemán sentenciaba que “los socialismos han fracasado”, lo que ha ratificado la realidad. Y decía algo que sonaba más duro por verdadero: “La mayoría de los intelectuales de Occidente preferimos vivir en el capitalismo” porque no vale la pena “luchar por un régimen que me hace callar al día siguiente”. Pues sí, y nada se pierde con dar la razón al viejo pensador anarquista, pero bajo cualquier circunstancia vale la pena combatir por una sociedad sin hambre de pan ni de libertades, un mundo con oportunidades de desarrollo para todos, porque con su inevitable carga de frustraciones, sigue vigente la búsqueda de justicia. Negarse a la utopía es empezar a morir, como lamentablemente le ocurre a Enzenberger.


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