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Guillermo Samperio fotografía de Pascual Borzelli Iglesias
Guillermo Samperio fotografía de Pascual Borzelli Iglesias

 

Por Iván Gómez (@sanchessinz)

 

Desde que soy un niño con la capacidad de leer, mamá me decía que tenía que hacerlo aunque no me lo dejaran de tarea. Me obligaba a tomar uno de los pocos libros que entonces teníamos en casa y me indicaba el número de páginas a leer.

 

Naturalmente, eso no funcionó, ¡lo detestaba!, no entendía los renglones que pasaban frente a mis ojos, y lo veía como un castigo. En la escuela la cosa no era mejor; si la memoria no me falla, nos hacían leer poemas de Nervo y fragmentos del Quijote. Tal vez el único texto asertivo que venía en esos horrorosos libros de texto fue un cuento de Guillermo Samperio: Tiempo libre, es un recuerdo muy valioso porque yo tenía alrededor de 11 años y fue la primera vez que dije: ¡guau!, curiosamente, ese fue un texto que yo leí aburrido en la clase. Aunque venía incluido en el libro, nunca nos obligaron a leerlo e insistían con los clásicos.

Fue hasta el verano de 2013 –yo tenía 13 años– cuando nuevamente, obligado por mamá, tomé un libro, de entre los poquitos escogí Demian, de Herman Helsse; no estoy seguro de por qué precisamente ese fue el libro que me introdujo al mundo de la literatura, hago un esfuerzo y pienso que es por el vínculo que me cree con el protagonista: un niño uno o dos años mayor a mí. Ese mismo mes comencé a escribir y busqué más libros impulsado por la emoción de esa primera experiencia. Básicamente fue gracias al azar que encontré mi vocación.

 

Mamá ya no me exigía que leyera. Verdaderamente disfrutaba de las lecturas, llegaron varios Best seller: Frankenstein, El perfume, Narraciones extraordinarias aun así, no entendía por qué mis maestros nos obligaban a leer, según recuerdo, nos decían que era importante para aumentar nuestro acervo cultural, nuestro vocabulario y no sé qué más. Y tenían razón, leer un artículo proporciona conocimiento, al igual que un texto académico, uno científico o uno sobre historia. No así con la literatura, y eso era lo que nos daban a leer.

 

 

Entonces, ¿por qué leer literatura? Yo creo que eso ni los profesores lo saben, ¡qué pena! No por ellos, por mí, porque durante varios meses me decía: bueno, leo, y me gusta, es una linda manera de pasar el tiempo, pero no me parece que soy más culto o que conozco más palabras. Y se supone que debo ser mejor, ¿no? Ah, porque mi familia, siempre que me regañaba me cuestionaba: ¿de qué sirve que leas si eres así?

 

 

La realidad es otra, no se lee Frankenstein con la intención de ser una persona mejor, pero no sólo en la lectura, en todo, ¡qué horror realizar actividades con esa intención!

 

Desafortunadamente tuvieron que pasar varios años para que aceptara que leer no te vuelve “más” en nada. Leer literatura tiene sus virtudes, aunque eso no debe importarle al lector, la razón más fuerte siempre debe ser lo entretenido de leer algo que se siente como real y no lo es. Esa debería ser la razón universal, porque leer en busca de eso no es pretencioso y permite disfrutar del texto.

 

Las virtudes bien se pueden resumir en una frase, que es la que le da el título a un ensayo de Vargas Llosa: La verdad de las mentiras. Si nos ponemos más precisos podemos hasta numerarlas, así que con base en varias charlas, leyendo opiniones de autores con nombre y con la experiencia que me brindó lo que les conté arriba es que hago este recuento:

  1. Lo cierto es que leer libera. No es necesario tener un mal día o pensar que el mundo es una cosa bien fea para adentrarse en la literatura. No, porque a veces los madrazos se sienten más fuerte ahí, pero acercarse a algo que no existe y sentirlo verosímil expande las fronteras de nuestra mente y, más importante, de nuestra imaginación.

  2. Leer es vivir. Retomando el punto anterior, ¿cuántas veces algo que leemos no nos duele igual o peor que la muerte del vecino?, no sólo eso, ¿cuántas veces no nos privamos de risa, o nos asqueamos, nos asustamos, nos erizamos o sentimos un hueco en el estómago? A veces, las emociones y sensaciones son más intensas que en el mundo. Increíble, ¿no les parece?

  3. La literatura hace al mundo más habitable, decía Paco Ignacio Taibo II: “…leo a Ungaretti y los pequeños poemas de Cardenal y resisto”. Es cierto, yo leo los poemas de Pacheco, novelas como Chin chin el teporocho, los cuentos de Nájera, de Cristina Pacheco o de Gabriel Rodríguez Liceaga y resisto a los conflictos de mi país, del mundo.

  4. Empatía. Leer lo que otra persona vive, leer a un Carlitos y su enamoramiento pueril; leer a una masa de carne aterradora convertirse en monstruo porque todos lo rechazan por su apariencia; leer a Alberto “el poeta” alicaído por enamorarse de una chica fea; leer a una Consuelo Llorente que sólo desea ser joven de nuevo. Leer eso y más es una excelente manera de entender lo que siente el otro.

  5. La historia se vuelve propia. La historia ocurre sólo al momento de leerse, no antes, ni por mucho que sepamos de qué trata la trama. Y una vez finalizada la lectura, lo que se queda guardado en la memoria ya no es la historia, sino nuestra interpretación y eso es lo que más vale, dicho de otra manera: hay miles de Comalas.

 

Quizá mañana –literalmente- me arrepienta de atreverme a declarar las ventajas de la literatura, pensaré que me faltaron puntos, me sobraron o están mal explicados. Por eso dejo estos puntos únicamente como aproximaciones al valor de la literatura.

 

Nota: esta columna es una especie de continuación a la pasada.

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