Ciudad de México, 22 de julio de 2026 (Neotraba)

“Te me estás haciendo sueño, lejanía, irrealidad”

Jaime Sabines

Nunca he querido a una mujer tan libre como tú, tan mágica. No he querido a nadie después de ti. Mi vida se me fue de las manos cuando saliste de ella. Eras mi vida, todas mis horas, metas y logros. Estaba lleno de ti y me vaciaste con tu partida.

Al conocernos, eras tan joven y yo tan tonto, a pesar de mis años. Ambos nos creíamos listos y poderosos. El amor me embrutece, me vuelve soberbio al respecto del mundo, de las circunstancias y de la vida misma. Fuimos tan confiados que apostamos todo nuestro amor a la primera y lo perdimos. Nos lo tenemos bien merecido.

Nadie supera nuestro primer beso, primera noche y nuestra terrible despedida. Pensarás que así escriben todos los solitarios, pero es verdad. Nos flechamos, como tantos desearían; nos amamos de verdad, profundamente, con todo lo que pudimos tomar en nuestras manos. Así fue nuestra relación, así la despedida.

Si hubiera sabido que podías volar, jamás me habría soltado de tus alas. Pero volaste. Yo me quedé en el nido, aquél que compramos juntos, el que decoramos con amor y sencillez; donde nunca vivimos, en plural. Aquí se resguardan todos mis planes y deseos contigo; muriéndose poco a poco y apestando la casa a abandono y amargura. Aquí vivo solo, con la volátil compañía de un gato que, como tú, unas noches viene, me quita el sueño y después se escapa por semanas. Tú llevas años huyendo y te sigo dejando la ventana abierta para cuando abandones el vuelo y quieras regresar, regreses. Regresa… regresa la vida. Te perdono cada noche que me has faltado por todas aquellas que vuelvas, pero vuelve.

La mitad de mis días y noches, duermo. Te pienso, salgo a trabajar, regreso, te pienso, lloro y duermo hasta que llega el siguiente día. Me dicen que es depresión. Creo que sólo se trata de lógica. Dormir me ayuda a que la vida no se me diluya con el llanto y entre la cama y tu ausencia se me pase el tiempo más rápido. Entonces el tiempo pasa y así, como todo en mi existencia, con el tiempo tú también pasarás, como un trago de alcohol.

Nadie nos advierte que cargaremos toda la vida con nuestro pedazo de amor que no pudimos entregar a quien lo inspiró. Entonces allí vamos, cargando, como brutos, nómadas, pero sin avanzar. Lastimándonos y rompiendo nuestro paso con el cansancio. Impidiendo cargar un nuevo amor… sólo dando vueltas, con una grieta en el corazón que nos desangra y a algunos, los mata.

Lo peor es el deseo. Es humillante. Esas ganas que dan de coger y esas lágrimas necias que tú inspiras de tanto faltar. Te sueño desnuda, divina. Tras la puerta vestida de tanga y bra negros, sorprendiéndome. Mojada en la tina. Mirando por la ventana de aquel hotel en Morelia. Aquel día que nos despedimos. Hincada frente a mí, gimiendo. De espaldas en la regadera con la piel húmeda y brillante. Los pezones erizados y una humedad virginal en el pubis. Adentro del carro con las rodillas recargadas en el asiento. En la azotea de mi casa. En medio de la playa. En la bodega de tu trabajo. En el baño de aquel café. En la pista de aquel bar. En todos esos hoteles. En mi cama, sonriendo. En la lluvia, corriendo. Desnuda, donde sea, entre mis brazos. Despierto excitado y erecto; los ojos mojados, el corazón más roto y con la necesidad indigna de masturbarme por tu ausencia; por esta necesidad burda, biológica e instintiva de tocarme aunque esté roto.

Así cada día. Así la vida. Así sin ti.


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