Caricias
Caricias es un cuento de Héctor Valle Ramírez. Todo comienza con un mensaje de alguien a quien pensábamos se había quedado en el pasado.

Caricias es un cuento de Héctor Valle Ramírez. Todo comienza con un mensaje de alguien a quien pensábamos se había quedado en el pasado.

Por Héctor Valle Ramírez
Puebla, México, 5 de mayo de 2026 (Neotraba)
Tiempo de lectura: 4 minutos
Fue la madrugada de abril, de esas donde el silencio y la soledad de la noche abrazaban al cuerpo ahí donde los recuerdos florecen con el añoro, cuando apareció en mi teléfono un mensaje, un audio más bien; su delicada voz brotó de las pequeñas bocinas de mi teléfono como si la pena invadiera su garganta por volver a hablarme, el poco alcohol que habitaba mi cuerpo se tomó la libertad de darme el valor para regresar el mensaje y acordar una cita, una de esas citas pasajeras donde solo el cuerpo se conoce y el alma no se junta, de aquellas donde se piensa que el amor puede renacer, pero los besos apasionados y el vacío después del acto confirman nuevamente el abandono del calor que emana el pecho. Ella sin dudar aceptó reunirse conmigo. Un viernes, a media tarde.
Había una extraña duda que me recorría el cuerpo desde ese instante hasta que nos encontramos. Ya era casi un año desde la última vez que nos habíamos visto, de nuestra ruptura melodramática en la fuente del centro, frente a los ojos de las miles de personas que caminan y observan a la ciudad como si no fuera ya la vigésima vez que están ahí. El recuerdo de cómo nos observaban vivía en mi mente: las rosas hechas polvo en el piso, su cabello revuelto, las lágrimas rodeando nuestro rostro, un llanto inconsolable y fotografías por todos lados. Era toda una novela.
Horas antes de nuestro fugaz encuentro conseguí una botella de champan, de aquellas caras a las que nunca les encontré sabor, una manta lisa donde podríamos sentarnos a observar las estrellas y cuatro velas aromáticas, las que siempre compraba cuando ella quería relajarse o tomar vino junto a la chimenea. Fui a su recogerla, lucía hermosa como de costumbre, un poco más joven, un color de cabello diferente y una mirada más profunda. Me saludó de beso en la mejilla y ahí pude oler el perfume que le había regalado hace algunos años, también observé ligeramente su pecho y vi el collar de abeja que compramos en nuestro último viaje. Todo parecía normal, como los viejos años cuando aún nuestras manos se sostenían y nuestros corazones se amaban.
Al llegar a nuestro pequeño mirador, todo estaba en orden, la champaña, las velas, la luna y las estrellas en su máximo esplendor, incluso la comida que había preparado solo esperaba nuestra presencia para avivar la llama de amor que existía en nuestra piel, pasajero, tonto, pasional, absurdo, triste, un amor que hace tiempo había dejado de existir. Nuestra conversación varió entre risas y quejas, entre su nuevo trabajo y mi emprendimiento fallido, sobre su madre y su gato, de mi casa y las vacaciones, de su belleza infinita y de mi barba crecida. Era una plática de adultos que solo se ponían al corriente de sus vidas. Claramente hubo silencios en donde solo escuchábamos el sonido del viento o el canto de un grillo que nos mal acompañaba, hasta que ella se acercó a mí. Sabía bien por lo que estábamos ahí, sabía que era una conexión distinta a la de siempre, nuestra piel se conocía, nuestros labios se atraían y nuestros corazones se agitaban al ritmo de nuestro impulso por convertirnos en polvo, por detener el mundo por un segundo o incluso más y pertenecernos hasta terminar con el deseo.
Nuestros nombres se escapaban entre los besos que surgieron de la nada, como margaritas recién salidas de la tierra, así mismo la ropa también escapaba de nuestra piel como si de ceniza se tratara; por esa noche todo valía: una historia, un amor, una caricia, una luz, una chispa, un lo que sea. Danzamos cual pareja de baile, sobre mantas suaves, maderas rojas recién teñidas, baños tibios, sillones roídos por el tiempo, paredes frías, incluso en pisos dañados, danzamos por horas sin descanso, hasta desfallecer, hasta saber que extrañarnos era pecado, pero aún más pecado era encontrarnos de nuevo. Sin embargo, y aun siendo conscientes, no paramos.
La mañana siguiente a esa increíble noche habría sido mi golpe de realidad. La champaña se había terminado de dos sorbos más, las velas se habían consumido tanto que solo una pequeña llama se mantenía viva, las telas estaban por todas partes, la comida se había enfriado y una carta mal hecha había aparecido en la mesa de al lado. Era una despedida, una huida sin esperanza de reencuentro, un amor fallido nuevamente. Mi corazón se achicó por la soledad que aquellas palabras decían, por el dolor que causaba saber que me encontraba nuevamente lejos de mi amor, lejos de sus caricias y sus besos, de sus abrazos lentos, del calor de su cuerpo, de sus ojos cafés y su cabello a juego. Era la despedida de un encuentro fugaz, la culminación de una historia que ya había tenido final, pero en la que dos amantes insistieron en verse una vez más.
