Zacatecas, 22 de abril de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 7 minutos

El trece de otubre mis pasos me llevaron, y en ellos mil memorias profundas se conllevaron. Era una tarde húmeda, recién lavada por la pluvia, el aire olía a cantera mojada y susurraba la lluvia. Cada piedra del suelo parecía guardar un destello rojizo, como brasas dormidas pintadas de un fulgor bermejizo. La estudiantina recorría las plazas como un río sonoro, mas en el alma quedaba un silencio profundo e insonoro; las voces llenaban la plaza con un aire frescal, mientras el estudiantado brindaba, dichoso, con mezcal. Sintiendo en mi pecho vacío la absencia de toda alegranza, confiaba en que al fin llegaría mi anhelada medranza. Y entonces la vi, muy alegre y con brazos cruzados, luego me miró, y sus gesticulaciones cayeron descruzados. Entre cantos y sonrisas, brillaba la algarabía; mas ella seguía prudente, pues siempre se precavía. Tenía una placidez, donde el ruido atolondraba; a su templamiento de espera me acerqué con deshacimiento el cual ondraba. Su despreocupación fue el acoplamiento que el espíritu desatolondraba.

–Perdón… –mormullé, aunque no la conocía, su umbra en mi memoria tenue la reconocía, como si en otro tiempo ya la preconocía. –¿Sí? –dijo. No sabía qué responder; temía no saber si podría corresponder: –¿Quieres bailar? Sus pies encomenzaron a enhilar; y uno tras otro en la fila se pusieron a ahilar. Bailamos sin rumbo, dejando atrás la distracción, y en cada latido surgía nuestra atracción. En cada canción romántica se me detenía el mundo, la luna espantaba lo inmundo; la noche abría su submundo. El silencio, lejos de ser descómodo, latía, y en la bonanza profunda todo resultó cómodo. –Soy Saraí –dijo de pronto sin aprontar–, el aire intenso me obligaba a duro afrontar. La observé bajo un farol, con su brillo evitable, su sonrisa era un don, un encanto invitable, en mis labios la confesión inevitable: –Eres hermosa, y sé que en tu mutismo eres más fermosa.

Me tomó la mano, ligera, apenas un roce, en la piel sentí su goce, como un viento veloce. Mi cor sereno generaba bradicardia, y aquel fugaz abrazo provocó taquicardia. Esa noche regresé a mi hogar, distinto, con el rastro de un instinto ya indistinto. (Sólo al pensarte, ya empiezo a inventar un destino, en el anhelo de mis noches, en silencio, lo festino, forjando un lazo entre nosotros, sublime y clandestino). Durante una semana, repetí aquella escena en mi mente, del todo displicente la mezcolanza de la gente. No deseaba que fuera un instante olvidadero, sino el arranque de algo duradero y verdadero. La encontré en la explanada de la universidad, su piel prometía una gran diversidad, y su boca era una dulce adversidad. Ella estaba entre amigos, sentada, con una idea en su mente bien asentada, pero del todo en la plática absentada.

Me acerqué. –Hola –dije, conteniendo el temblor, y el desdeño de su salvedad me causó un retemblor. –Hola –respondió, amable, pero sin esplendor, y en sus ojos se extinguió el último resplendor. –¿Cómo estás? –Bien, gracias. (La muchedumbre congraciaba, a pesar de mis muchas desgracias: el destino cruel me desagraciaba). –¿Y tú? –Bien. Fablábamos del clima, de clases, de trivialidades, y fingíamos no extrañar las viejas jovialidades. Yo intentaba sostener su mirada, pero ella la desviaba, una extraña frialdad mi valor nerviaba, y la razón de su ademán por completo se obviaba. (¿Dónde quedó la chispa adecuada?; ¿por qué no me adoraste como aquella noche? Su mirada se volvió inadecuada, y su amor se marchitó a la medianoche). Tras mi ocurrencia al bromear, y sin querer empecé a momear: –Me encantaría llevarte un día por un café al centro, y decirte lo que siento desde nuestro primer encuentro. Ella rio imprudentemente, ligera, descortés, ante mi impulso, tan franco y cortés: –Quizá –pronunció, y acto seguido se marchó, y con su duda la tarde entera me manchó. Me quedé allí, sentado, resentido, al “sí” implícito que creí haber asentido; de lo que su enmudecimiento había disentido: un pobre amante, iluso y desentido. Comprehendí, con exasperación silenciosa, su fútil trama hemenciosa, toda su perorata cadenciosa y su opinión final, sentenciosa.

Lo que yo viví como romántico, ella como un relato antirromántico. Aquella noche ensoñé una historia, tejida con una tresañeja intrahistoria; su aparición en la ensoñación fue notoria, y al conquistarla, fue mi única vitoria. En mi mente soñé que caía inesperadamente; vi a Saraí y la buscaba en la bruma cual otramente. Desperté con el quebranto corriendo tan agramente. En otra ensoñación, me besaba con fambre y gratitud, ardía su fulgor, sin huella de ingratitud; se extendía su cuerpo más allá de toda latitud, y en su gemido hallé mi eterna beatitud. Con el tiempo perfeccioné esas ficciones, caminando ligero, todo fluye sin fricciones, pero el brío aún se quiebra con aflicciones. Cuando la veía, mi subconsciente oía: –No me dejes. –Pienso en ti durante todo el día. Si fingía tranquilidad, a mi razón desoía, y en secreto mi esencia por su absencia ardía. –¿Qué importa que viva en mendacidad, si afronto la reminiscencia con mordacidad? ¿No es acaso un suspiro la fugacidad, y mi único amparo la sagacidad? Coincidimos otras veces endespués, al principio me saludaba con cortesía, pero no volvió a mirarme sin después; su frenesía se tornó en descortesía. Acto seguido, con un milagrón rápido, con apenas un movimiento de cabeza, se apagó en la graveza lo más sápido; se desvaneció mi braveza y mi proveza. –Hola. –Hola. Nada más que decir; el murmullo leve de su acento quiso interdecir, las palabras rotas volvieron a redecir, y en mi interior su vacuo esperdecir logró entredecir. Ese fue el verdadero colpe, un hueco que dolió como golpe de guante blanco, y en mi abnegación guardé su contragolpe. Su justeza era un filo invisible que me iba cortando; la certeza escura llevaba siempre portando. Cada pronteza inútil me dejaba acortando la tristeza que un día pensé estabas aportando, y, en la última avilanteza, su quiebra iba abortando.

Un día, en la biblioteca, estaba sentada leyendo poesía, cada libro antiguo me llevaba en una tranquila travesía, las páginas giraban y contaban su vieja atravesía, y en cada relato respiraba cierta biopoesía. Me acerqué. –¿Qué lees? –Machado –mostrando la anteportada. Sus dedos sostenían el libro, la tensión apenas soportada. Vi cómo me miraba sobre la contraportada, y sentí que toda pleitesía entre nosotros no estaba suportada. –Siempre vuelve la primavera, aunque uno no quiera –improvisé. Ella sonrió, pero sin mucho interés. –Lo que pregonas al viento lo dice cualquiera, –y tu esfuerzo muere en mi desinterés. Sonó su celular. Se levantó rápido. –Tenía que irme. En la concordanza de mi andanza busqué mantenerme firme. Dejó olvidado un pañuelo sobre la mesa; la partida fue cruel y me hirió su soeza. Su perfidia me retorna cual vil promesa, y en mi malencolía no hubo ni triunfo ni proeza. Esa noche lo olí, lo acaricié, lo guardé como amuleto; nuestra remembranza la avaricié, y su membranza quedó de muleto. Pero pronto entendí: no era un símbolo compartido, sino un accidente que yo convertía en fetiche. El cansamiento que alguna vez me fue impartido se extravió por su ahirmar metiche. (El pañuelo fabla de mí, no de ella. Fabla de mi necesidad, de nuestro mester; cada pliegue guarda amarga querella, y señala lo que aún es menester). Finalmente, una madrugada decidí quemarlo. Encendí la estufa, arrojé el pañuelo al fuego. Lo consumí de golpe, sin volver a requemarlo, y cerré los ojos en un último ruego.


¿Te gustó? ¡Comparte!