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Ciudad de México, 16 de febrero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 5 minutos

Terminamos nuestro noviazgo el catorce de febrero de dos mil dos. Dia de San Valentín, santo patrono de los enamorados. Toda la preparatoria donde estudiábamos estaba tapizada de globos rosas y rojos en forma de corazones; parecía un algodón de azúcar gigante. Los pasillos estaban decorados con cadenas hechas de papel de cupidos y arcos alusivos a la fecha. Las chicas en los pasillos caminaban con ramos de margaritas en los brazos y algunas con la prototípica rosa roja envuelta en papel celofán. Los chicos iban cargados con osos de peluche, cajas de chocolates y rollos de cartulinas que al ser extendidos en ellos se leería: ¿quieres ser mi novia?

En el ambiente casi se sentían los muchos nervios, abundaban las feromonas, había mucha felicidad. También es el día de la amistad, así que, con pareja o sin ella, las y los alumnos celebrarían. Fue prácticamente un día libre de clases. Todos tenían un plan: ir al billar, algún bar, a desayunar o comer juntos, a dar la vuelta a la plaza comercial más cercana, lo que fuera. No valía la pena encerrarse en un salón.

Una noche antes, tú y yo habíamos hablado por teléfono. Te había pedido darme unos minutos al día siguiente para hablar; accediste sabiendo perfectamente sobre qué trataría nuestra conversación. Tú y yo, a diferencia de todos ese día, no llegamos con un regalo en las manos o con un plan, al menos no un plan amoroso.

Las últimas semanas habían pasado cosas diferentes a lo usual en nuestra corta relación. Cuando iniciamos fuimos una pareja de envidia. Tú eras el chico más popular y divertido y yo la hippie del salón. Contrastábamos y coincidíamos muy bien. Me enamoré de ti perdidamente y de manera inmediata. Tus palabras, trato, cartas, perfume y tu insistencia fueron garantía de un “sí”. Pasó todo muy rápido, pasaron cosas muy importantes, pero un día empezaste a cambiar. Fuiste mi primera, de muchas experiencias, en que mis virtudes más elogiadas se convertirían, con el tiempo, en mis mayores defectos. De repente era más fácil para ti hablar con otras chicas; yo pensaba que eran más interesantes, bonitas y atractivas que yo, al menos frente a tus ojos. Parecían tus nuevas opciones de novia. Aunque no lo expresaste nunca, era claro que estabas de cacería cuando aún tenías una presa. No quisiera decir que estaba entre tus garras, pero tú y yo sabemos que tuviste mucho control de lo que sucedía entre nosotros y que cuando deseaste que fuera algo hermoso y bello lo fue, y cuando dejaste de desearlo, también lograste que se convirtiera en algo triste y doloroso; especialmente para mí.

Empezaste a hacerme sentir menos que el resto de las personas a tu alrededor; lastimaste a mi joven autoestima. Apenas teníamos dieciséis años, ¡es increíble cuánto se puede sentir a tan corta edad! Jamás en mi vida volví a padecer ese sentimiento con nadie; aprendí bien a no priorizar lo que una pareja espera de mí, y menos una particularmente confundida.

Finalmente inició nuestro Valentíne’s day, quedamos de vernos en las escaleras del edificio A. Todo alrededor era bullicio y fiesta, a pesar de ello, encontramos un lugar apartado y silencioso, sólo por momentos subían y bajaban algunos compañeros. Fuimos honestos a medias y decidimos terminar. La versión oficial fue que ambos estábamos de acuerdo. Sentimos tristeza y mucha paz, libertad, tranquilidad… de mi parte al menos. Ya no iba a preocuparme por encajar en lo que estabas buscando; de no tener que descubrir qué había hecho mal, si es que había hecho algo mal.

“Tronamos” un catorce de febrero.

No fue como la masacre de San Valentín en Chicago, pero sí me sentí derribada por una ráfaga de balas en mi contra. Al no tener más que decirnos diste la vuelta, yo también. Literal y metafóricamente tomamos caminos distintos, que nunca se volvieron a juntar. Fuimos amigos por un largo tiempo. Te vi con una y otra y otra novia; en medio de una larga lista de parejas quisiste volver conmigo. Me pediste regresar, al decirlo me tomaste por sorpresa. No, definitivamente te respondí que no. Nunca vuelvo. Yo no regreso. Te molestaste y me dijiste que por eso no expresabas tus sentimientos, que ahora estabas vulnerable frente a mí. Contrario a lo que se supondría no me sentí satisfecha con tu petición.

Después crecimos, pasó el tiempo, terminamos la prepa, iniciamos la licenciatura, me casé, me divorcié, te mudaste varias veces. Hoy en día de tu vida no sé mucho; en realidad nada, eres bastante reservado. No me gustaría volver a verte como amigo, ni como pareja. Somos de esas puertas que al cerrarse no vuelven a abrirse.

Distinto a la flecha de Cupido que te atraviesa por sorpresa, que se queda dentro de ti en un sitio donde no dejas de sangrar, tú fuiste una herida que cicatrizó perfectamente. Ahora que lo recuerdo, aunque hay sentimientos tristes de por medio, me sentí muy afortunada de lo vivido.

Algunos “San Valentines” después te escribí para felicitarnos por haber terminado en esa fecha en el pasado, ¿recuerdas? Fue algo raro. Dejé de hacerlo porque parecía que te tenía muy presente y no era así.

Hoy es San Valentín, pasé afuera de una preparatoria que parecía un algodón de azúcar gigante y te recordé. Ni siquiera sé si tienes hijos, a qué te dediques, qué estés haciendo, ni dónde vivas, y hace mucho que no tengo tu número telefónico. Tal vez ya no recuerdes el tulipán morado de aquél mayo, el poema que escribiste en cartulinas, la tarjeta de Ziggy, tu promesa firmada de amarme siempre.

Tal vez ya olvidaste que fuiste mi primera experiencia sexual; yo ahora, a veces, con el vapor en la ducha, dibujo con los dedos el conejito que tú dibujabas por doquier en mi cuaderno. Da igual qué recordemos o qué hayamos olvidado. Hoy volvió a mí tan vívido como hace veinticuatro años nuestro triste San Valentín y te escribí este cuento.


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