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Ciudad de México, 19 de enero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 4 minutos

“La lista” es real. Anoto a cada una de las personas con las que tengo relaciones sexuales. Me jacto de saber sus nombres completos. En mi círculo social tengo amigas y amigos que apenas saben el nombre de pila de su compañero sexual y algunos prefieren olvidar todo dato acerca de los susodichos; esas experiencias me hacen creer que recordarlos es un logro. Cuando todo esto sucedió no sabía si anotar o no al rimbombante Renato Cumbre Loera en el número diez y siete de mi lista. El grado de intimidad al que llegamos había sido demasiado profundo, pero por alguna razón, tal vez por la educación sexual falocentrista, sentí que por no haber sido penetrada, él no debía formar parte de mi lista sino más bien ser el iniciador de otra lista, otro tipo de relación. Ahora somos amigos y nos tenemos una confianza infinita. Ese tipo de amigo con el que te sientes cómoda, que puedes caminar de la mano orgullosa de su compañía; un caballero. Ese que sabes que si hiciera algo por ti no sería malo, pero que por alguna razón no podrían ser pareja, una pareja real, porque faltaría algo, algo que no puedes explicarte, pero que no tienes con él. En fin, empezamos llenando de corazones nuestras historias en redes sociales, esas reacciones que nadie piensa que escalarán, pero escalan. Después unos mensajes semi inocentes. Nos conocimos muchos años atrás, yo tenía trece años de edad y él debió tener quince o dieciséis en ese entonces. Ni siquiera fuimos amigos, sólo íbamos a la misma escuela. Tal vez nos vimos en un par de fiestas en veinte años, ni siquiera hablamos en esas ocasiones. Después de mucho tiempo entre reacciones, mensajes y coqueteos, un día estábamos planeando vernos en persona, cenar, coger, pasar toda la noche juntos. Nunca nos habíamos besado. Todo pintaba para ser un rotundo fracaso. Llegó el día. Nos citamos en un café muy cerca de Viaducto en la Ciudad de México. Había mucha emoción y nerviosismo en el aire. Platicamos por horas. Horas. Hablamos de muchas cosas, algunas muy profundas y sensibles. Era claro que él estaba dando largas, a pesar de su conocida confianza, estaba nervioso y posiblemente dudando aún de seguir con el plan inicial, nunca comunicó esos sentires, sólo lo intuí. Finalmente pedimos la cuenta y nos dirigimos al hotel más cercano.

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Preparé una playlist de canciones de nuestros tiempos. Sonaba divertido escucharlas juntos. Llevamos unas bebidas. Reservé el hotel, usé el perfume que ya le había prometido. Estuvimos juntos casi dos días enteros, la acompañé a su trabajo y dormimos toda una noche juntos. Era una habitación con jacuzzi. Ella usó lencería roja, un conjunto con liguero. No me lo esperaba. Tuvimos una larga charla ya en el hotel, nos besamos por un largo rato en la cama, aún con ropa. Me gustó su beso, le gustó el mío. Nos metimos al jacuzzi, brindamos y escuchamos música. Me masturbó bajo el agua, tuvimos sexo oral por horas. Nos acariciamos todo. Le gustó mucho mi aroma, mis besos y mis dedos. Se vino varias veces en mis manos y en mi boca. Me la chupó por largo tiempo. En un momento de la noche empecé a lamer sus nalgas, mordí muy suavemente su piel y nos tocamos mucho. Metí mi pulgar en su vagina y se estremeció, la excitó muchísimo. Tengo manos y dedos muy largos. Ella estaba boca abajo, con sus nalgas levantadas al aire. Yo estaba con mi lengua entre sus nalgas. Chupé, lamí y mordí mientras masturbaba su clítoris a petición de ella. Sentí mi cara rodeada por su piel, me apretaba contra su piel, como se dice vulgarmente: comí culo toda la noche. Nunca me detuvo. Respiraba entre sus nalgas, metía y sacaba mi lengua de su ano y vagina sin dejar de masturbarla. Ambos nos perdimos, era como una vorágine. Repetimos una y otra vez. Despertó al día siguiente exactamente en la misma posición que quedó al dormirse, en la orilla de la cama. Yo dormí fatal. Incluso me duché en la madrugada mientras ella dormía. Reímos mucho. Soy muy gracioso, hasta me rio de mí mismo. Me gustó hacerla reír. Nunca pude penetrarla, mi pene se mantuvo flácido. Definitivamente debo tener una conexión emocional con la persona con la que decida coger. O no.

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Nunca me penetró. Nos vimos sólo un par de veces. Creímos que la tercera era la vencida, como dicen mis amigas, nunca llegó esa tercera vez. No vamos a volver a vernos.


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