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Puebla, México, 20 de enero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 3 minutos

La nostalgia es la cruz más cristiana para toda criatura con tripa, cerebro, corazón y sexualidad. Hay melancolía en la infancia por la comida de tu abuela, el aroma de tu madre y el juguete de reyes que nunca llegó. En la adolescencia, todo lo que aún no eras y creías que serías siendo adulto. En la adultez: todo lo que ya no eres porque empezaste a dejar de serlo desde entonces. Un método de tortura que no se apetece tan siniestro como el odio o el amor. Memorias traviesas, prisioneras y pacientes, esperando el recoveco exacto para filtrarse.

Con la llegada de dos mil veintiséis apareció una erotización absurda, un pequeño delirium tremens, por quienes fuimos en dos mil dieciséis. Me pareció extraño porque, aparentemente, no han pasado tantos años. Pero ya es una buena década: la vida entera de un perro o la infancia perturbada de tu primogénito. En 2025, la tendencia fue que habían pasado cinco años desde la pandemia; ahora la pandemia se siente suficientemente lejana como para permitirnos luto por todo lo que murió en ese intervalo rarísimo.

¿Quién eras tú en dos mil dieciséis? ¿Tenías novio, novia? ¿Qué sueños soñabas? ¿Cómo se te iba el día, cuál era tu rutina, en qué perdías el tiempo? ¿Quiénes eran tus amigos, quiénes siguen siéndolo? ¿Y tu familia? ¿Quiénes estaban vivos todavía?

Los millennials (nacidos entre mil novecientos ochenta y mil novecientos noventa y pico) estaban en sus veintes o rozaban los treintas. Ya conocían el sexo, los excesos, una voluptuosidad juvenil que hoy se antoja absurdamente entrañable.

De protagonistas, los cuerpos erotizados por la tendencia. Glorificando los veinticinco o veintiséis, el vientre plano, el primer amor con el que pensaron casarse; quizá con quien lo hicieron y con quien hoy sostienen un juicio familiar. ¿Qué será de él, de ella, a quien casi le pediste matrimonio? ¿En qué momento pasó tanto tiempo?

La Generación Z (los dosmileros) teníamos entre cuatro y dieciséis años. Algunos daban besos de lengüita; otros, aterrados por las conversaciones sexuales de los grupitos adolescentes, preferíamos el aislamiento en todas sus formas. Soñábamos sueños deliciosos y obscenos, todavía intactos, sin saber cuánto dolerían un par de años después.

Quizá (y esta conclusión viene de la tripa humana y no de algún tomo de psicoanálisis Lacaniano) por eso nos excita tanto causarnos dolor con la memoria. No precisamente por cómo te veías, que a algunos los ha tratado medio feo la vida, sino por quien te miraba tras el lente. Lo que pasó, pasó, aunque buena parte del tiempo no fue lo que prometía. Y eso que en dos mil dieciséis no “manifestabas” ni te mentías con presunta espiritualidad para vestir de fantasía la mierda que habitaste.

Algunas cosas nunca cambian. Todavía no sabemos perder ni despedirnos. Hay que recordarnos constantemente que pudimos ser otros, hacer más, tener más; intentar revivir una chispa de esa ilusión ya extranjera, que se mantiene catatónica en algún lado. ¿Y si no la encuentras? ¿Y si no existe? ¿Y si solo eres tú y tu historia? ¿Serías suficiente para ti?


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