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Ciudad de México, 16 de enero de 2026 (Neotraba)

Todas las fotos aparecen por cortesía de Sergio Núñez

Tiempo de lectura: 3 minutos

Caminaba por Miguel Ángel de Quevedo y el olor me hizo voltear, leí el letrero en una cartulina verde fosforescente: se solicita personal para librería, 25 años en adelante, dejar solicitud aquí.

No cumplía con la edad, pero me aventuré, ya llevaba la solicitud elaborada y presenté tres exhaustivos exámenes, el primero consistía en hallar cinco títulos de un listado, los encontré, entre ellos uno de título Arroz; el segundo era acomodar cinco libros en su sección, cómo todo estaba perfectamente clasificado me fue sencillo; el último era una prueba de conocimientos generales de opción múltiple, lo curioso fue que varias de las preguntas tenían que ver con sucesos que recientemente había vivido, por ejemplo, el último libro que había leído era Filosofía de tocador del Marqués de Sade y me preguntaron si iba en el apartado de belleza o de literatura erótica.

Me encantó la librería, se llamaba Torre de viejo, la más hermosa en la que he trabajado, el olor a libro viejo y el ambiente lúgubre me atraparon desde el primer momento, era un local de unos ochenta metros cuadrados, muy chaparrito, pero atiborrado de libros en anaqueles de madera de pino pintados de color caoba.

Mi padre me acostumbró a estar entre libros, quinientos más o menos había en la casa, en ese momento se me hacía una cantidad enorme, a mi padre se los regalaban porque era el único de la familia que leía, crecí entre algunas enciclopedias, biblias, ejemplares de Lobsang Rampa, manuales de electricidad y libros de remedios curativos de Gómez Gómez Editores.

Ese día en que solicité trabajo me urgía conseguirlo, recién me había enterado de que sería papá por primera vez y tenía tres días en que había renunciado a mis dos chambas, profesor de física, química y matemáticas por la mañana y dorador de quesadillas en un puesto callejero de la Agrícola Oriental.

Me dieron el trabajo y mi vida dio un giro, estaba en el lugar adecuado, los compañeros me recibieron como uno de ellos, tenían una competencia interna algo extraña, debían colocar todo perfectamente, se burlaban si alguien no identificaba perfectamente la ubicación alfabética de Maupassant, Maugham, Mauriac y Maurois.

Fotografía de Sergio Núñez
Fotografía de Sergio Núñez

En esa época me gustaba mucho leer, pero recién me había mudado y no tenía muebles, menos libros, mi esposa y yo empezamos de cero. No tenía que leer en esas noches, las primeras semanas no me prestaban libros en la librería, así que acudía a una librería de nuevo cercana que cerraba más tarde, ahí leí los cuentos de El mantón negro de Pirandello y Carta al padre de Kafka, este último me pegó muy fuerte y lloré en la Gandhi de Quevedo.

Ya que me prestaban libros, uno de los recuerdos más lindos que tengo de esos tiempos es haber leído el que ahora es uno de mis títulos favoritos, El callejón de los milagros.

Vivía en un departamentito con techo de láminas que compartíamos con otra familia, en las noches ya que todos estaban dormidos el único espacio libre era la cocina, de pie, no había lugar para sentarse, debajo del foco leí en dos noches el libro de Naguib Mahfuz, lloré, me emocioné, pasé corajes y di ligeros gritos de admiración, es una gran obra.

Fotografía de Sergio Núñez
Fotografía de Sergio Núñez

Jamás olvidaré mis inicios entre los libros, hace casi veinticuatro años, hoy muchas cosas han cambiado, pero sigo entre libros y soy feliz.

Fotografía de Sergio Núñez
Fotografía de Sergio Núñez

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