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Puebla, México, 12 de enero de 2026 (Neotraba)

Tiempo de lectura: 4 minutos

Las palabras que definieron dos mil veinticinco fueron rage bait. Se traduce literalmente como “cebo de ira” y el chistecito lo firmó Oxford University Press. Con ello, podemos confirmar lo que pensábamos a leguas: hemos creado un monstruo. Un entorno digital tortuoso, enmascarado y diseñado para la provocación.

Dos mil veintiséis arrancó con la rabia multiplicada, aunque creíamos que las nalgas del Trumpismo en el poder eran la cúspide de lo grotesco. Ahora, un algoritmo capaz de desnudarte y vulnerarte sexualmente sin necesidad siquiera de saberte el aliento. Hablo del escándalo de Grok, la inteligencia artificial de X (el antes Twitter que compró el exmarido de Grimes y pinche de Donald Trump). Usemos este ejemplo, por no mencionar la convulsión política de Venezuela.

Quebramos la cuarta barrera con una facilidad terrorífica y, al mismo tiempo, contradictoriamente predecible. Todos sabíamos que el abuso tecnológico era inevitable. Letal para la rabia doméstica y la salud mental cotidiana (la cifra de suicidios nunca había sido tan espantosa); un genocidio si hablamos del control del discurso global, la manipulación de las masas y la violación sistemática de derechos humanos fundamentales.

Lo irónico es que, detrás del anonimato, ejercemos un poder que se apetece ridículo si lo piensas dos minutos. El poder de la palabra depende siempre del receptor. Pero cuando te dedicas a leer, consumir y rumiar la rabia diaria, te especializas en la autolesión. Nunca vas a gustar al cien por ciento si ese porcentaje corresponde a la entereza del mundo que te consume, que devora tu cuerpo, tus palabras y te destaza acariciando la pantalla.

No estás diseñado para ser observado por una masa de enmascarados con capacidad de vulnerar, atacar y despedazarte hasta quedar, como diría la chaviza, cancelado. Hasta ser un trozo de carne con camarita. Una mona hipersexualizada hecha pedazos.

Del lado del consumidor, tampoco estamos diseñados para ser infinitamente poderosos, crueles y devastadores. Para comandar ejércitos digitales capaces de aniquilar el espíritu de un animal tan frágil como la otredad, a un celular de distancia.

El anonimato nos concede ese poder, una insensatez cobarde. No soy quién para enjuiciar a quienes viven de la imbecilidad disfrazada de bravura. Pero hay una regla mínima de supervivencia que no requiere mucho de ti. Nomás criterio, tantito cerebro: identifica cuándo detenerte. No te hagas daño deslizando el dedo. La rabia no es inevitable y el monstruo ya está hecho. Si quieres vivir, queda prohibido darle de comer.


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