El evangelio según la app store, Tres Cruces y Guadalajara
Citas para hablar con dios; Tres cruces de Alejandro Paniagua y un enchiladón por una torta ahogada es de lo que trata la columna de Gabriel Duarte

Citas para hablar con dios; Tres cruces de Alejandro Paniagua y un enchiladón por una torta ahogada es de lo que trata la columna de Gabriel Duarte

Por Gabriel Duarte
Ciudad de México, 5 de octubre de 2025 (Neotraba)
Insensatos lectores: resulta que no sé si se pueda recuperar el texto que perdí la semana pasada y como, la verdad, no tengo mucho tiempo ni paciencia para llevar mi laptop a algún veterinario de computadoras, he decido olvidarme de aquella columna y escribir una nueva.
Sólo recuerdo que se llamaba: “De temblores, libros y tortas ahogadas”. Quizás retome algunas ideas de aquel manuscrito y las mezcle por aquí.
Por ahora comenzaré diciéndoles que, como bien sabrá usted, damita, caballero, tengo la anacrónica costumbre de comprar el periódico. El sábado pasado no fue la excepción. Inicié por las malas nuevas de la primera página, proseguí con los deportes, me horroricé con la sección de espectáculos y luego comencé a hojearlo por arriba y por abajo.
El asunto es que me encontré una noticia que me dejó como siempre: helado y hecho un verdadero pendejo. La nota se titula así: “Buscan millones consuelo y a Dios en App Store”.
Reforma 27 de septiembre de 2025:
“Los caminos de Dios son misteriosos. Al menos eso es lo que mucha gente parece pensar. En aplicaciones religiosas, decenas de millones de personas confiesan sus secretos a chatbots espirituales: sus preocupaciones más profundas, sus mezquinas vanidades, sus deseos glotones y sus impulsos más oscuros.
Entrenados con textos religiosos, los bots son como sacerdotes, imanes o rabinos de guardia que ofrecen consuelo y guía en cualquier momento. En algunas plataformas incluso pretenden ser canales con Dios.
La industria de la “tecnología de la fe” está en auge, impulsadas por chatbots en apps religiosas que se están disparando a la cima de la App Store de Apple.
Bible Chat, una app cristiana tiene más de 30 millones de descargas. Hallow, una app católica, superó a Netflix, Instagram y Tik Tok para ocupar el puesto número 1 de la tienda en cierto momento el año pasado.
En China la gente usa DeepSeek para intentar descifrar su suerte. Las apps están atrayendo decenas de millones de dólares en inversiones, y la gente paga hasta 70 dólares al año por suscripciones.
Los fundadores de las apps dijeron que consideraban la tecnología como una capellanía digital, una herramienta que ayuda a millones de personas a expresarse espiritualmente”.
¿Es neta? ¿En qué mundo estamos viviendo?
Ya de entrada se me ocurre una pregunta: ¿quién tendrá más imaginación? ¿los programadores que inventaron las apps o los usuarios? Hasta donde pude leer, un cuestionamiento que se repite con frecuencia es el siguiente: ¿de verdad estoy hablando con Dios?
Y está bien que la Inteligencia Artificial es muy inteligente, pero, no me chinguen.
Recuerdo que mi psicoanalista me repetía con frecuencia que la mayoría de las personas quieren resultados inmediatos, tomarse una aspirina y aliviar todos sus conflictos emocionales en media hora. Les ahorro el suspenso: yo me soplé 14 años de psicoanálisis y creo que es más efectivo que placentero.
Es decir, no sé si la búsqueda del sentido de la vida sea algo que se quiera obtener de la manera más facilona y práctica o si en realidad se trate de una crisis espiritual del hombre moderno y que las personas, hoy en día, no encuentren la salida a tanta duda y tanta incertidumbre.
Lamentablemente nadie nos ha explicado nunca las reglas del juego, en eso estoy de acuerdo, pero ¿buscar a Dios en el teléfono? ¿Rily?
Pensándolo bien, quizás no se pierda nada. Aunque debo decir que no sé de alguien que me haya dicho que el viernes pasado se lanzó al Patrick Miller con “El Señor”, que se ligaron a dos morritas y a la salida las invitaron por unos tacos de suadero para bajarse la peda y que después intercambiaron números telefónicos y se quedaron de ver para el siguiente fin de semana.
Que yo sepa durante siglos “El Creador” a nadie se le ha aparecido y a nadie le ha contestado. No sé de ningún templo, mezquita, iglesia o sinagoga donde se haya presentado en versión descafeinada o en su versión Jesucristo Superstar.
Cabe otra posibilidad: a lo mejor yo soy muy pendejo y bien pinches ingenuo, y ahora sí, en una de esas, se pone al tiro y al gran Dios le da por responder mensajes vía WhatsApp. Tal vez hasta empiece a dar citas personales.
Yo pensé que con ese asunto del “Pare de sufrir”, la humanidad había tocado el límite, ya veo que no y que aún estamos muy lejos.
En otros temas: imagínese usted, curiosa damita, indiscreto caballero, una novela armada con los siguientes elementos: una agüelita llena de culpa por haber matado a su propia hija, una fantasiosa niña que tiene como pasatiempo sembrar flores en las cavidades oculares de algunos cuerpos sin vida.
Por otro lado, un sicario que trabaja para el narco quien sabe que su esposa lo engaña, ella tiene un amante mucho menor que él, y para chingarla de acabar, don sicario, quiere darle chicharrón a toda la familia del susodicho amante.
Y para rematar con este desmadrito, podemos presenciar la creación de una fosa clandestina.
Suena atractivo, ¿no?
Pues resulta que la semana pasada me rifé un libro de Alejandro Paniagua denominado Tres Crucesy todos estos elementos aparecen en acción y son desvelados poco a poco durante la novela.
Como se deben imaginar hay balazos, putazos, chanclazos, traiciones, matones, doctores, amantes, andantes, quemados, alcohólicos, vendedores de globos, agüelitas madriadoras y niñas fantasiosas.
Recuerdo que hace mucho tiempo, en una conferencia, el gran Élmer Mendoza, comentaba que él leía libros denominados “Best Sellers”, decía que había mucho que aprenderle a los escritores del género y a ese tipo de literatura.
Hablaba de la forma en la que se estructuran esas novelas. Por lo general están armadas con capítulos muy concretos y de una manera bastante simple y sencilla.
Que quede claro que NO estoy diciendo que Tres Cruces sea un “Best Seller”, es todo lo contrario, y sí, observo que uno de los atributos de la novela es que está narrada a través de capítulos muy breves. Incluso, algunos sólo tienen un párrafo, pero encierran en pocas palabras verdades tan grandes como una catedral.
La prosa es llana y ágil, lo cual se agradece.
¿Quieren saber en qué termina la novela? Es muy simple: pueden ir al Péndulo, Gandhi o a El Sótano, comprar el libro y rifárselo. Les aseguro que con ello podrán enterarse del final.
Me parece que es una buena lectura. Lamentablemente hay demasiada similitud con lo que se vive día a día en ciertas regiones del país. Tres Cruces encierra en un microcosmos los efectos devastadores del narcotráfico. Siendo honesto la novela es un poco oscura y medio intensa, pero ¿qué quieren? Es lo que hay.
Si tienen estómago y un poco de tiempo libre denle un vistazo. La historia pude leerse en una sola tarde.
Ahora bien, y para finalizar, debo decirles que la primera vez que me lancé a Guadalajara lo único que quería era probar una torta ahogada. Según yo, iba por trabajo, pero en realidad era un pretexto. Sólo quería una maldita torta.
Recuerdo que fui a visitar a unos clientes y a conocer un poco la ciudad. Los primeros días estuve muy ocupado, pero antes de abandonar Guadalajara me dirigí a un puestecillo donde me comentaron que tenían las mejores tortas ahogadas del fokin guorld. Debo confesar que creo que fue uno de los peores momentos de mi apestosa existencia.
Me explico: salí del hotel, me trepé a un taxi y me lancé al puestecillo mencionado con antelación, llegué deseoso y hambriento y de entrada pensé: ¿no es este un invento más bien macabro? ¿Un bolillo remojado en salsa relleno de carnitas y rematado con cebolla? Encima de todo se le pone limón. Aun así, proseguí con la que pensaba que sería LA experiencia de mi vida (y de hecho lo fue).
Me preguntaron que si la quería ahogada, media, un cuarto o ligera. Y yo que me sentía todo un guerrero azteca y que desconocía por completo las costumbres locales la pedí bien pinches ahogada, ahogadisimísima. Como si fuera pastel de 3 leches. Pensé que si iba a tener un suceso luminoso mi deseo era llevarlo al límite.
Pasaron unos minutillos y me acercaron un plato sopero rebosante de un caldillo rojo que contenía la madre esa, pensé que usar cubiertos iba a ser muy mal visto, luego entonces a mano limpia me la metí a la boca y le pegué un mordidón. En menos de 2 segundos empecé a sudar como mixiote. No grité porque me dio pena. Me tuve que rifar una cubeta de agua de jamaica completita.
Me empezó a doler la cabeza y debo confesar que no era el humo del cigarrillo el que me hacía llorar, era la pinche enchilada que no me dejaba ni siquiera mover el hocico. Sentía que me iba a dar un infarto al miocardio.
Me tardé como media hora en poder hablar y otra media hora para desapendejarme. Tenía los labios más inflamados que Lyn May después de su decimoquinta cirugía plástica.
Es fecha que me dicen torta ahogada y me zumban los oídos, se me eriza la piel y empiezo a temblar. Estoy seguro de que se trata de una trampa para chilangos.
En fin, que ya me voy porque no más de acordarme de mi primer viaje a Guadalajara ya me dio sed, de esa sed sin escrúpulos que da comezón en la tiroides y que despedorra cualquier hogar.
Si tiene usted alguna duda o sugerencia con esta columna que sigue enchilada y a la espera de recibir noticias de Dios nuestro Señor, vía Whatsapp, favor de mandarnos su comentarios, madriadora damita, fantasioso caballero.

Gabriel Duarte. Ciudad de México 1972. Es Licenciado en Mercadotecnia por la Universidad Tecnológica de México. Estudió literatura en SOGEM. Está por publicar su primera novela.
