Un tatuaje por Palestina
Si usted quiere dejar un tatuaje por Palestina, hágalo, quizá alguien lo necesite. Un texto mordaz de Carlos Bortoni

Si usted quiere dejar un tatuaje por Palestina, hágalo, quizá alguien lo necesite. Un texto mordaz de Carlos Bortoni

Por Carlos Bortoni
Ciudad de México, 8 de septiembre de 2025 (Neotraba)
Estacionamos cuatro o cinco casas más allá de la puerta. El evento se anunciaba como un encuentro cultural en apoyo a la familia Abed, una familia gazatí que migró hace poco más de tres meses a la Ciudad de México huyendo de la masacre israelí en la Franja de Gaza. Del otro lado de la puerta resultaba difícil decir que estábamos en un evento pro Palestina, había alrededor de treinta personas, la mitad de ellas gringos o europeos que no hablaban español, la música podría haber sonado en un rave whitexican en Tulum, había un taller de grabado, un par de percheros de los cuales colgaban ropas, mal confeccionadas, de colores fluorescentes, algo colgado que podía ser una obra de arte o ropa intervenida, un par de grabados, con motivos entre mangas y prehispánicos, clavados en la pared, y –en una esquina– tres palestinos parados detrás de una mesa llena de comida palestina: Musakhan, Maqluba, Hummus, Baba Ghanoush, Mloukhiyeh, Sayadieh, Rummanieh, Taboun, Manakish, Sfiha, Fatayer, Falafel, Hojas de parra, Hojas de coliflor, Mughli, Ma\’amul, Taboon, etc. No fue fácil comunicarnos, a pesar de ello conseguimos comprar Musakhan y Mughli, un pudín de arroz, no parecía que hubieran vendido mucho. Nadie se acercaba a la mesa, parecían estar expuestos en un escaparate para ser contemplados. En el patio, los gringos y europeos bebían cerveza y fumaban marihuana, frente a la mesa, una puerta conducía a un espacio con tres camas para tatuarse, ahí encontramos al organizador del evento, un mexicano de origen libanés, con una kefia amarrada a la cabeza y barba larga y tupida, que lleva quince años trabajando en Japón a favor de Palestina, nos mostró el catálogo de tatuajes con motivos palestinos –entre los que destacaban un xoloitzcuintle, un tomate enojado y otros diseños tan palestinos como el xoloitzcuintle y el tomate enojado– y nos invitó a tatuarnos. Comentó que si no queríamos tatuarnos podíamos dejar un tatuaje pagado para que alguien que no tuviera dinero se tatuara, insistió en que todo el dinero sería para la familia Abed. Al ver que no teníamos intención de tatuarnos nos invitó a comprar uno de los carteles que habían hecho en el taller que estaba a la entrada de la casa. Se los enseño –dijo. En ese momento alguien lo distrajo. Lo tomé del brazo y le dije que atendiera lo que tenía que atender, que iríamos a ver los grabados. Caminamos hasta la salida y nos fuimos de aquel encuentro cultural en apoyo a la familia Abed de Palestina. A nuestras espaldas, los tres palestinos se quedaron parados detrás de una mesa llena de comida, parados para ser contemplados por gente que se tatuaba para apoyar a la gente de la Franja de Gaza.
