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Ciudad de México, 25 de agosto de 2025 (Neotraba)

Accidentalmente empezamos la marcha rodeados por miembros del Bloque Negro Anarquista. Éramos dos cuarentones poco estridentes en medio de poco más de treinta jóvenes de entre 17 y 23 años vestidos de negro, con la cara tapada por una playera que se envolvían con una técnica que el mundo musulmán envidiaría. Hay que cubrirse hasta las cejas –decían cuando veían a un compañero que mostraba algo más que no fueran los ojos. El contingente se mantenía en alerta permanente, condenando a los medios y personas que documentaban la Segunda marcha contra la gentrificación. Las mejores consignas, las menos políticamente correctas, las más agresivas y provocadoras –sobra decirlo– eran las que lanzaban los miembros del Bloque Negro Anarquista, canticos que daban fe de la incansable voluntad capitalista de joder al otro e invitaciones a que cada policía, de los muchos que rodeaban la marcha, fuera consciente y se diera un tiro en la frente. Nada desentonaba en ellos, se movían de forma disciplinada, compacta, acatando las instrucciones que ellos mismos se daban. Todo resultaba consistente en ellos, todo salvo las calcetas de la muchacha anarquista que caminaba enfrente de nosotros, las calcetas de la muchacha anarquista vestida de negro que se movía al unísono del Bloque Negro, las calcetas de la muchacha anarquista que se movía al unísono del Bloque Negro y llevaba una par lata de pintura en aerosol en cada uno de los bolsillos de acordeón de sus pantalones cargo, latas que ansiosamente tocaba de cuando en cuando, como si le preocupara que dejaran de estar a su alcance, todo resultaba consistente salvo las calcetas blancas con emojis de caca con los colores del arcoíris y lentes oscuros de la muchacha anarquista vestida de negro, todo salvo las calcetas que –dada la irónica yuxtaposición– daban más fuerza al discurso estético del Bloque Negro Anarquista.


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