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Ciudad de México, 27 de junio de 2025 (Neotraba)

Nunca he sido bueno para identificar mis emociones, confundo el enojo con la tristeza y el miedo, recientemente decidí deshacerme del setenta por ciento de mi biblioteca y no fue sencillo por esta razón, las emociones fluían. Pensaba prescindir de toda mi colección pero no pude, no he trabajado el tema del desapego cómo pensaba.

Mi colección consistía en poco más de trescientos ejemplares, los temas principales eran literatura, ensayo literario, religioso y de sexualidad, también de historia de la Conquista, fotografía mexicana y de libros sobre libros, mis preferidos. Tomé la determinación de vender por lotes temáticos aprovechando qué conozco a libreros especializados, inicié con los ejemplares de literatura y ahí comenzó el tormento.

Normalmente me deshago de los libros que ya leí, si ya los gocé ¿para qué los quiero?, que los emplee alguien más, de nada sirve un libro ya aprovechado, a reserva tal vez cómo consulta posterior, pero no es mi caso. Pero hay unos tomos que son mis consentidos, aunque ya los haya leído, son aquellos que me traen algún recuerdo feliz o de otra época qué marcó mi vida, aun así, se fueron algunos de Rubem Fonseca, Naguib Mahfuz, Hermann Hesse, José Saramago, Henry Miller y otros más.

El dolor de deshacerse de la biblioteca. Fotografía de Sergio Núñez
El dolor de deshacerse de la biblioteca. Fotografía de Sergio Núñez

Cada que tomaba un ejemplar, por ejemplo, El año de la muerte de Ricardo Reis me remontaba a más de veinte años atrás cuando una querida amiga me prestó un ejemplar similar en Alfaguara con el inconfundible Pessoa en la portada y lo gocé de inicio a fin, hasta el olor de la librería donde laboraba me parecía sentirlo, ese aroma tan parecido a la vainilla que desprenden los libros viejos y la música de fondo, en la radio sonaba Last Nite de The Strokes, al final lo solté.

Cuando tuve en mis manos El callejón de los milagros recordé qué lo leí en un par de madrugadas, de pie en una pequeña cocina debajo del foco, no había otro espacio, estaba recién casado y literalmente empezamos de cero, volví a percibir el frío de esas noches, estábamos de arrimados con mi cuñada, la misma que leyó el libro por mi recomendación y en una ocasión que regresé de trabajar la encontré con lágrimas en los ojos, sumamente conmovida por la lectura.

Y así cada ejemplar, con una historia propia y una emoción distinta, los qué no había leído eran más sencillos, aunque no tanto, sé que contaba con versiones difíciles de hallar, cómo los cuentos de Dino Buzatti en Acantilado o la prosa completa de Poe con traducción de Cortázar editado por Revista de Occidente. Mis emociones cambiaban de un libro a otro, pero logré armar el primer lote.

El segundo lote también me dolió, este constaba de algunos libros de arte, había uno de Rothko que apreciaba mucho, un catálogo razonado; los ensayos sobre religiones y los tomos de historia de la Conquista de México, sobre la Malinche y obviamente sobre los cronistas y Cortés. Ambos lotes quedaron en buenas manos, en libreros profesionales que los distribuirán entre los lectores indicados.

¿Por qué no lo hice yo si también soy librero? Tal vez estoy evitando un dolor mayor. En general, es muy difícil que en vida alguien se desprenda de su biblioteca a menos de qué haya una causa muy fuerte cómo una necesidad económica, una separación o una mudanza forzosa. Me queda pendiente vender mi apartado de fotografía mexicana, será difícil, pero lo lograré.

No me pude separar de los libros que gente querida me ha obsequiado, un catálogo de Los Contemporáneos, tomos de Jimmy Liao, libros ilustrados, novelas, crónicas y poesía, en la mayoría de las ocasiones de los mismos escritores; los tomos de libros sobre libros y los que sentimentalmente están ligados a mí, alrededor de cien ejemplares me acompañarán a donde quiera que me depare el destino.


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