¿Te gustó? ¡Comparte!

Ciudad de México, 3 de enero de 2024 (Neotraba)

…and the feeling of liberty sat uneasily on most of them…

Shirley Jackson, “The Lottery”

Los paquetes resbalaron de sus brazos hasta la banqueta. Se quedó muy quieta frente a esa casa que no reconocía, igual a las que en hileras se repetían infinitas por toda la ciudad. Quiso levantar con la mirada las cortinas de las ventanas vecinas para descubrir si detrás de ellas se encontraban dos esposas iguales a ella, sirviendo una cena como las que ella preparaba, para el hermoso desconocido, doble de sus respectivos maridos. La luz cálida que se colaba y llegaba hasta ella la hacía pensar que sí.

Buscó la hora, era demasiado tarde. La niñera adolescente estaría entregándole los niños al desconocido. La bebé protestaría desesperada por la ausencia de mamá. El pequeño John treparía por sus piernas desconocidas y se instalaría en el regazo para contarle algo sobre dinosaurios. Nadie cocinaría la cena.

O quizá una desconocida estaría cruzando ahora la puerta, con los brazos llenos de paquetes. Sacaría del refrigerador un refractario con la cena, lo pondría en el horno y consolaría a la bebé; les pediría al desconocido y al pequeño John que se lavaran las manos para ayudarla a poner la mesa. Colocaría a la bebé, alimentada y tranquila, en su cuna. Repetiría al desconocido y al pequeño John que se lavaran las manos, pondría ella misma la mesa y serviría la cena para los tres. Terminaría la noche satisfecha de los platos limpios y el mantel sacudido y liso. El silencio de la casa, apenas interrumpido por los ronquidos del desconocido, le devolvería esa oscura sensación de soledad. La ilusión de los paquetes se habría quedado en alguna habitación, en espera de que, en el futuro incierto, recuperaran su valor con la llegada de las nuevas estanterías.

Quiso sentir nostalgia. Intentó extrañar al pequeño John y a la bebé, pero una idea la interrumpía constantemente, hasta gritar con una voz que reconoció como suya. ¿Y si no regresara? ¿Y si le dejara su lugar a esa desconocida, como John le había dejado el suyo a aquel desconocido que ahora mismo no estaría preocupado por ella, sino entregando un martini sin aceituna a aquella otra desconocida?

La idea tomaba fuerza. El pequeño John no notaría el cambio. Seguiría recibiendo los cuidados de una madre cariñosa, aún entusiasmada por sus narraciones desarticuladas, con ánimo de dedicarle una tarde entera a la construcción de una ciudad de bloques que destruiría el pequeño John convertido en Godzilla. La bebé sería alimentada con cariño y paciencia, no le faltaría nada. Sus vestidos de encaje serían lavados con espuma en el lavabo del baño y su cabello estaría limpio, peinado y perfumado para salir a hacer las compras. Los días de fiebre, una desconocida interrumpiría su sueño, sus quehaceres y su vida para cuidar a esa frágil criatura entre lágrimas de preocupación. Y el desconocido suspiraría aliviado. No estaría solo, su familia desconocida estaría con él y él se encargaría de proveerlos con amor y dedicación.

Nadie la extrañaría. Nadie notaría su ausencia. “Eres libre”, se dijo. Giró lentamente, intentando darle la espalda a la casa. Pero algo la detuvo. Sentía aún las ataduras, como si detrás de esa puerta desconocida se encontrara el verdadero John sujetando firmemente el hijo rojo que la ataba a él; como si pudiera escuchar el llanto de la bebé salir por la ventana; como si el pequeño John la llamara desde el sillón: “Ven a ver esto, mamá. ¡Ven rápido!”

Acalló los fantasmas y miró hacia la calle. Sólo tenía que dar unos pasos, caminar hacia cualquier lado o tomar el primer taxi que pasara. “Lléveme a cualquier lugar, lejos, no puedo seguir aquí”, y el taxista la miraría con aburrimiento, seguramente no era la primera mujer que se subía con esa petición absurda.

No iría a la casa de sus padres, no tenía caso. Lo cambiaría todo, su historia, sus recuerdos, su nombre. Empezaría de nuevo. Podía cocinar, podía escribir, podía pintar, podía atender la caja de un supermercado. Era capaz de todo, cargaría sólo con ella, su soledad no estaría subrayada por la presencia de fantasmas que no la reconocieran. Haría amigas, se enamoraría de nuevo, sonreiría por él, lloraría por él, dejaría de quererlo, y seguiría su historia sin atarse a la de nadie más.

Viviría para ella sola. Nadie la necesitaría. Nadie notaría su ausencia… Un agujero frío le punzó en el estómago. Creyó haber escuchado a la bebé llorar con desesperación. La llamaba. El desconocido se esforzaría por dormirla, consolarla, pero la bebé no se quedaría tranquila en sus brazos. La desconocida la alzaría, la mecería por la habitación tarareando con la boca cerrada una hipnótica melodía, desconocida como ella. El pequeño John la abrazaría con preocupación y gritaría: “¡Mamá!” La bebé no podría estar sin su madre. El pequeño John no podría estar sin su madre. Y ella no podría estar sin ellos.

Volvió la cabeza hacia la casa. Creyó reconocer el llanto de la bebé jalándola con fuerza hacia adentro. Corrió con desesperación hacia la puerta pero no se movió un solo paso. Sus piernas estaban quietas, rígidas y frías, apenas podía sentirlas. Miró hacia abajo. Un destello azul o quizá púrpura y dorado.

El desconocido abrió la puerta seguido por el pequeño John, quien corrió por el camino de piedra hacia la calle y se detuvo frente a los paquetes, gritando alegremente y haciéndole señas al desconocido. Éste se acercó para llevar los paquetes al interior de la casa mientras miraba hacia ambos lados de la calle.

“Faltó éste, papá”, gritó el pequeño John alarmado. “Tráelo”, respondió el desconocido sin voltear mientras caminaba con los paquetes hacia la casa. El pequeño John recogió una pequeña criatura, toda azul y púrpura y dorado, y corrió hacia la puerta siguiendo al desconocido. Al entrar, tropezó en el escalón de la puerta y la pequeña criatura se escapó de entre sus manos.

El desconocido barrió delicadamente el umbral y, con una sonrisa, recogió todos los pedazos.


Bárbara Santana Rocha (Ciudad de México, 1985) estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue editora de Humanidades en el Fondo de Cultura Económica y Subdirectora de Programa Editorial en la extinta Dirección General de Publicaciones de la Secretaría de Cultura. Coordinó con el doctor Enrique Florescano el libro La fiesta mexicana (FCE/SC, 2016). Actualmente colabora con la Dirección General de Bibliotecas en el Sistema Nacional. Además de leer, le gusta dibujar, ver series y el humor. Agradece la fortuna de coincidir en el tiempo y el planeta con el Kanka, Angélica Gorodischer y Netflix, entre otros.


¿Te gustó? ¡Comparte!