¿Te gustó? ¡Comparte!

Por Enrique Briseño López

Tijuana, Baja California, 16 de marzo de 2022 [8:00 GMT-7] (Neotraba)

A Juan José Luna lo conocí ya hace varios años, cuando producía y dirigía teatro. Fui testigo de su calidad y profesionalismo en este género, como hoy lo soy en su etapa como escritor y maestro formador de narradores. Les diría que es el formador de la nueva generación de talentosos escritores, pero les mentiría, porque no es totalmente cierto, yo soy uno más de sus alumnos y no precisamente de esta generación, aunque en ocasiones, gracias a mis condiscípulos, tengo la sensación de que soy un jovenazo.

Bruno Estañol, en su obra La mente del escritor. Ensayos sobre la creatividad científica y artística, nos dice que “Uno de los grandes enigmas de la creación literaria es el paso de la imagen a la palabra. Aunque la palabra imaginar parece implicar que hay que tener una imagen visual antes que las palabras, es difícil de saber si todos los creadores tienen que pasar primero por la imagen y de alguna manera misteriosa transmutar la sensación visual en palabras.” (Ediciones Cal y Arena. México. 2011., pág. 107)

En Crónicas sobre la marcha, Juan José nos prueba una vez más su extraordinaria capacidad para generar imágenes a través de la palabra, para jugar con ellas, lo creíble hacerlo increíble y viceversa, acepta una realidad que después rechaza, o primero la rechaza y termina, a veces con resignación, aceptándola. Leemos e imaginamos.

Juan José selecciona muy bien las historias que quiere contar como lo ha mostrado en Parecía que la empujaba el viento, 303, How to find Dylan y El origen de las cosas, obras que he disfrutado y que me ha permitido descubrir a un escritor consistente en su estilo poco común, o como bien lo describe Daniel Salinas Basave en Furtividad bajo palabra: “La marca registrada de Luna es su tono y su elegante sentido del humor…”

Dice Martín Caparrós que “La magia de una buena crónica consiste en conseguir que un lector se interese en una cuestión que, en principio, no le interesa en lo más mínimo”.

Además, la ventaja de la crónica es que no solo relata el hecho, le da al escritor la libertad para recrearlo, reinterpretarlo o adicionar todos los detalles que desee pertinentes de acuerdo con su estilo. Eso lo hace muy bien Juan José, sobre todo cuando describe a los personajes, sus emociones. El lector las revive y las retoma para sí, pero también puede imaginar el sufrimiento o el goce del autor hasta el grado de resultar conmovedor.

Enrique Briseño y Juan José Luna. Imagen por cortesía de Juan José Luna
Enrique Briseño y Juan José Luna. Imagen por cortesía de Juan José Luna

En este libro, Juan José, a través de 17 crónicas, nos habla de sus diversas experiencias en el medio cultural, en donde va tejiendo historias, desde cómo y por qué regresa a Tijuana, cuáles eran sus expectativas, las que se cumplieron y las que sólo fueron producto de su imaginación o tal vez eran reales; lo interesante es que nuestro escritor sabe muy bien mezclar la realidad con la ficción y, a veces, no siempre se logra saber si es una cosa la otra. Eso lo hace más interesante. Además, lo más importante es disfrutar de su lectura.

Nos relata, a veces en forma jocosa, la forma en que conoció a escritores como Carlos René Padilla, Hilario Peña, Daniel Salinas y otros más; sus experiencias de encuentros con otros escritores en el Festival de Literatura del Noroeste, presentaciones y charlas en los municipios de nuestro estado y en California, con resultados que a veces le contrariaban y en otras le sorprendían con agrado, los disfrutaba.

Su crónica sobre un hombre triste es formidable. Todos, en algún momento, hemos tenido uno o varios días de tristeza, pero pocos podrían describirla como lo hace Juan José. ¿Cómo diablos puede imaginar esos escenarios imposibles en el mundo real? Es maravilloso descubrirlos.

Me sorprendió, también, ver convertido a un ratón en el principal protagonista de una crónica. Cuando la leí me quedé pensando: “tengo que hablar con Juan José sobre su técnica para ir construyendo sus personajes, los escenarios y su distribución en el tiempo”. Al finalizar, seguí pensando: Un ratón, un pinche ratón. No puede ser, Juan José. Eres muy bueno, maestro. Y recordé mi experiencia sobre un ratón que convivió en nuestra casa durante varias semanas, al que no podíamos atrapar a pesar de ratoneras, venenos colocados por el experto fumigador. Y ahí seguía el condenado roedor. Y que se me ocurre, como ejercicio, empezar a escribir la historia sobre la forma en que el ratón cavó su propia tumba en mi estudio, detrás de un librero, antes de iniciar un banquete literario que, para mi fortuna, se perdió. Entonces me dije: sigue leyendo a Juan José y asistiendo a sus talleres. Algún día llegarás a escribir tan bien como él.

Ustedes podrán descubrir a Juan José quien, gracias a que mantiene su lealtad a las tierras nayaritas de donde es oriundo, nos regala hermosas pinceladas de sus patrones culturales y un bellísimo y bien logrado diálogo con su madre, listo para un cortometraje, en la crónica 14, Carpintería.

Cuando leí la crónica sobre la presentación de la obra de Daniel Salinas Basave y sus Días de whisky malo, a cargo de Jaime Cháidez y Ramiro Padilla, me divertí de lo lindo. Después de que Cháidez y Padilla terminaron, habló Daniel. Juan José no lo conocía. Empezó a analizarlo desde su experiencia como director de teatro, donde el lenguaje paralingüístico juega un papel fundamental. Nos lo describe de la siguiente manera:

“Daniel, antes de verbalizar palabra alguna, se dio un par de golpes en el pecho con el puño y dijo algo así: «Colegas», luego hizo una pausa y extendió sus brazos para señalar los cientos de libros que nos rodeaban, «estamos en medio de un santuario libresco. Es un gusto enorme estar entre lectores». Yo, que tenía mi pierna cruzada, la descrucé y fruncí el ceño: ¿Y este tipo?, pensé, qué le pasa. La gente no va por el mundo hablando de ese modo. Por eso acaparó mi atención.

»Por un momento dejé de atender sus palabras para enfocarme en su lenguaje corporal. El tipo era una bomba paralingüística. No quiero entrar en detalles respecto a la presentación, solo digo que después de verlo hablar concluí que no me gustaría nunca compartir una mesa con él: no le iba a hacer mucha gracia a mi ego tener a un tipo tan expresivo y elocuente como Daniel hablando a mi lado; me opacaría.

»Pero como la vida es una güila miserable y siempre encuentra divertido mofarse de uno, tiempo después Ramiro Padilla me invitó a presentar su novela Historia de una ficción breve. El otro presentador sería Daniel Salinas Basave. ¡Valiendo madre! Pensé en proponerle a Padilla que decidiera entre Daniel o yo; decirle que los dos, en la misma mesa, ni de lejos. Pero, por una parte, me pareció mezquino ponerlo en esa disyuntiva, y, por otra parte, pensé que si ya había decidido montarme en el ámbito literario más valdría hacer acopio de mi carácter y encarar lo que tuviera enfrente, así sea una bomba lingüística y paralingüística bien diseñada y calibrada intelectualmente hablando como Basave. Y es que el tipo parece que lo sabe todo.”

Cuando llegué a esta parte del texto, solté la carcajada porque recordé que cuando Juan José me invitó a participar como presentador de su libro y yo había aceptado con mucho gusto, me dijo que el otro era Daniel Salinas Basave. ¡Valiendo madre!, reaccioné igual que Juan José, entonces entendí por qué le había salido tan natural esa expresión, y le dije: Oye, con quien me pones. Busca otro de su calibre, yo no quiero que me disparen como a Blancornelas; pero después de sus generosos elogios terminó convenciéndome.

Quienes aún no han leído a Juan José Luna se habrán de enamorar de su estilo. Es, junto con Daniel Salinas, de esos autores a los que uno termina agradeciendo haberlos conocido a través de sus obras.


¿Te gustó? ¡Comparte!