Fotos y texto por Luis J. L. Chigo (@NoSoyChigo)

Puebla, México, 09 de junio de 2020 [21:43 GMT-5] (Neotraba)

A Karime Montesinos. Recupérate pronto.

Perdí la primera receta del médico, por ello no sé cuándo fue mi primera visita al consultorio. Estoy seguro, eso sí, de haber ido a finales de marzo, al inicio de este interminable confinamiento. He consumido medicamentos por 70 días aproximadamente, sin descanso alguno. Tres veces por rinitis aguda infecciosa y la última por asma alérgico. Chequeos generales, seis visitas al doctor en poco más de dos meses.

Varios minutos de mí existencia se han escapado en un estornudo o en un ataque de tos: los han arrancado desde la raíz de mis bronquios, ahí donde también se pudo haber alojado el nuevo virus mundial. Por eso, cuando el vapor de agua me hacía perder la respiración, corría a consulta. Suena a drama, pero he tenido la suerte de salir ileso en todas ellas y únicamente esperar dos meses más de dosis diarias de Montelukast –tabletas, 10 miligramos.

Toser se ha vuelto la metáfora de la perpetua exigencia de expulsar algo muy dentro de mí. El verdadero virus he sido yo todo este tiempo: varios Chigos se reproducen a la velocidad de un cultivo en condiciones adecuadas, demostrando cómo he sido inmune a mí mismo hasta ahora. ¿A cuántos más he contagiado con mi existencia? Entonces, cuando se arremolinan en alguna neurona –si es que existe– o en alguna cámara del corazón, toso.

También puede ser visto de esta manera: cuando respiro el agente alergénico me colmo de impaciencia y estornudo. Los casos seguirán siendo el mismo dolor de cabeza, el mismo cuerpo cansado y el pecho inflándose con dificultad. Por eso, al caminar rumbo al mercado o al tomar el camión para ir por la quincena, procuro hacer todo despacio. Si por azares del destino llegase a pasar junto a una víctima de la paranoia y el ataque aparece, no me gustaría que aquél tuviese una garrafa de cloro a la mano.

La dificultad para respirar, no obstante, va más allá de mis pulmones. Hace unos pocos días me enteré de cómo una alumna mía, fuerte aspirante a la escritura, se contagió de COVID-19. Por aquí y por allá aparecen los casos cada vez más cerca de mí. Un par de lágrimas se me escurren al imaginar lo que eso significa a su edad, considerando que yo a la suya –y muchas veces también a la mía– lloraba a la más mínima aparición de dolor.

También pienso en cómo muchos amigos me dieron remedios: dormir ligeramente sentado, hacer gárgaras con sal, o con agua caliente y vinagre, ignorar las noticias, ejercicios de respiración, mentalizarme, ser fuerte, ponerme ropa cálida a mitad del verano. Té, muchas infusiones. Todas llevadas al pie de la letra. Todas un cachito del aprecio de quienes me rodean. Una se me quedó por costumbre: el té de jengibre.

La olorosa raíz amarilla reposa en la cocina como una especie de amuleto. Me ve pasar a diario, entre demás verduras. No me cuestiona en lo absoluto mi presencia y me da calor cuando lo necesito. Es decir, todas las noches, antes de dormir. Hay quienes dicen que incluso podría tener propiedades antibióticas.

Hace un par de años, Mamá y dos más de la familia nos enfermamos del entonces AH1N1. Ella reposó tres semanas en un sillón y vigilábamos cada cierto tiempo que siguiera respirando. Los primeros días su única actividad era dormir y constantemente emitía quejidos. Cuando se recuperó totalmente buscó remedios por todas partes y desde entonces toma el té con frecuencia.

Antinflamatorio natural. Desde inicios del 2020 la cantidad de puertas cerradas en mi cara no hacen sino acrecentar un fantasma. Y cuando se cierra una puerta, se abre una ventana, dicen. Aunque me parece que pasando este encierro, por más que estén abiertas todas las ventanas del mundo, no me gustaría entrar en ninguna. Este tiempo esponjado, entre vagones reservados para médicos, entre policías poniendo la bota en nuestros cuellos, entre gente organizando fiestas a mitad de una pandemia, merece ser exprimido en una soledad transitoria: de mi recámara a la calle.

Calorífico. La temporada de semilluvias ha semiempezado. A veces me pongo al sol como lagartija y dejo que me queme los pies y la espalda. Las pocas veces de lluvia me han puesto al borde de una conjetura entre nostalgia y desesperación. Antes soñaba con besos bajo la lluvia y ahora sólo quisiera un par de nubes para lavarme las manos. El jardín se ha vuelto un refugio, así como los escritos. Nunca las hojas me habían revitalizado tanto.

Eso sí, no recomiendo tomar el té de jengibre. Me quita el sueño. ¿Será el té? Si me buscan a las cuatro de la mañana ahí estaré, conectado a la pantalla del celular, listo para escuchar cualquier cosa que diga el interlocutor. Además, he abrazado a la raíz con amor: ya no conciliaría la respiración sin la infusión. Y, si la siembro y tengo suerte, algún día veré la flor. No hay suficiente jengibre en el mundo, debe ser resguardado.

Y de mientras, que ya se acabe el confinamiento, para poner la soledad y la paciencia en práctica, con olor a té de jengibre. Con mucha miel.

Lo último en Neotraba

  • La piedra de la locura, Mónica Ojeda y algo más
    Gabriel Duarte escribe sobre un libro de Benjamín Labatut y le da seguimiento a la lectura de Mandíbula de Mónica Ojeda
  • La inteligencia del arco: Maxim Vengerov y la ética de la interpretación
    La sensibilidad y la disciplina recuerdan que toda gran ejecución constituye un acto de recreación. Esa es la razón por la que escuchar a Maxim Vengerov. Por Javier Gutiérrez Ruvalcaba
  • El desenlace, mis creencias sobre el matrimonio y Blue Ruin
    Gabriel Duarte escribe sobre su experimento con ChatGPT, los divorcios en la capital del país y nos recomienda la película Blue Ruin
  • Querida Ayelín
    Querida Ayelín: A ti no te mataron, tu brillo sigue en la mirada de tu mamá y en las alegrías de tus hermanas. Te he visto en ellas con entusiasmo, pero al mismo tiempo lamentando no poder mirar mi reflejo directamente en tus ojos. Tu hermanita menor ya creció. Hace poco hizo un dibujo de ti en el que apareces sonriendo, con tu pelo largo y con un osito que sostiene un globo en forma de corazón. Por Fabiola Arellano
  • Una ventana inmensa: Armida de la Vara
    Poemas de la autora del libro Canto rodado con el que ganó el Concurso del Libro Sonorense de 1947 y que ahora se publican en la sección que coordina Manuel Parra Aguilar
  • Mirar el mundo al derecho y al revés
    Preguntas al derecho y al revés de Evelyn Moreno, encuentra su mayor virtud en confiar en que una pregunta aparentemente absurda puede contener una pregunta importante y en que un niño no necesita abandonar el humor para acercarse a asuntos complejos. Reseña de Óscar Martínez Vélez
  • 3 minificciones
    Presentamos 3 minificciones de Ismael Glaf publicadas en su libro Montículos detectados (La tinta del silencio, 2025), el cual se divide en 3 grandes montículos. Disfruten la selección
  • Téchne y vergüenza ética, algunas reflexiones
    Noé Vázquez nos entrega un ensayo a partir de 2001, una odisea en el espacio y el arte: Vivimos una existencia bombardeada por el espectáculo, por señales visuales que nos inundan a cada momento
  • No sólo compro y luego existo. Una lectura de Guadalupe Loaeza
    ¿Ya lo leíste? es la nueva columna de Verónica González. En su primera entrega escribe sobre el libro Debo, luego sufro de Guadalupe Loaeza
¿Te gustó? ¡Comparte!