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Por Bibiana Camacho

Ciudad de México, 11 de abril de 2023 [00:02 GMT-6] (Neotraba)

El estruendo la despertó. Golpeó con su bastón el piso y se abstuvo de gritar. Meditó durante algunos segundos antes de levantarse. Bajó a la biblioteca; ahí estaba Prometeo en el suelo con las piernas en escuadra y un libro pegado a la cara.

–Perdón –dijo sin mirarla–. Es que no alcanzaba el libro que quería y terminé por tirarlos todos.

Mary lo miró con ternura. Después de tantos años, no había aprendido a mentir. Al menos diez libros abiertos de panza al suelo lo rodeaban y muchos más cubrían el piso del recinto. Seguramente, en un arrebato de furia, habría pateado las pilas de libros, como hacía cada vez con más frecuencia. El que sostenía frente a su rostro estaba al revés. De pronto lo giró y sólo entonces le dirigió esa sonrisa que siempre la desarmaba. Se sentó detrás de él y le acarició la nuca cuadrada.

–¿Quieres que nos mudemos? –Llevaban más de sesenta años en el mero centro de la Ciudad de México. Llegaron en 1957, luego de años de peregrinar en diferentes países. Éste, pensaba Mary, era el único lugar donde al fin habían hallado algo de tranquilidad: nadie los perseguía e incluso podían salir juntos durante el día a la calle sin que la gente los observara insistentemente ni quisiera lincharlos.

Casi doscientos años atrás, Mary logró rescatar a Prometeo luego de que se lanzara hacia los témpanos de hielo y fuera arrastrado por el mar. Lo encontró moribundo, helado y sumamente triste por la muerte de quien creía era su padre. Mary lo cuidó con esmero y lo mantuvo oculto varios meses hasta que se recuperó del todo. Poco a poco le confesó la verdad de su origen. El doctor Frankestein solamente colaboró en su elaboración, él fue quien escogió las piezas que lo conformarían y lo articuló, pero fue Mary quien le dio la vida.

Mary seguía muy de cerca las investigaciones y los experimentos de Andrew Crosse, con quien se entrevistó un 28 de diciembre de 1814. Le pareció un tipo excéntrico y de ideas deshilachadas, su habla entrecortada y la mirada huidiza no inspiraban confianza; sin embargo, lograron mantener una conversación durante casi cinco horas. Mary formuló las preguntas adecuadas para que Crosse se desenvolviera mejor. A medida que el científico se emocionaba, expresaba con mayor claridad sus descubrimientos.

Foto de Miti a través de Unsplash
Foto de Miti a través de Unsplash

Mary logró obtener información valiosa para continuar con sus propios experimentos. Tiempo atrás había montado un laboratorio oculto a todos, incluso a su esposo, Percy, donde realizaba tímidos experimentos con mariposas y cualquier insecto que tuviera alas. Le fascinaba ver cómo los animales movían las patitas con las descargas eléctricas para luego volar en busca de una salida. Entonces, Mary abría la ventana para observar cómo se alejaban hacia el amplio horizonte. Pero sus experimentos no habían avanzado; lo intentó con un conejo muerto que halló en el bosque y también con una cría de su gata que no logró abrir los ojos al salir del cuerpo de la madre. No estaba segura de la intensidad de la electricidad; no se atrevía a aplicar demasiada por el riesgo de quemar a la criatura. Debía haber algún tipo de catalizador, pero también un amortiguador para que la energía incrementada no afectara el impulso vital que deseaba generar en el cadáver. Durante su charla, Crosse le había dado algunas ideas que puso en práctica de inmediato: logró que una lechuza alzara el vuelo de nuevo y que una comadreja pudiera volver a amamantar a sus crías. Un torrente de emociones la invadió. Por un lado, se sentía orgullosa y satisfecha con los resultados de su dedicación, pero un miedo insistente y una potente turbación paró en seco las oleadas de entusiasmo. ¿Quién era ella para interrumpir el ciclo natural de vida-muerte? ¿Sería posible aplicarlo a un ser humano?

Se sumió en divagaciones y ensoñaciones. Su razonamiento se hizo confuso. Dos fuerzas opuestas luchaban en su interior: necesitaba ensayar con un ser humano, pero el solo hecho de pensar en las implicaciones de un experimento exitoso de tal envergadura la llenaba de dudas. Si lograba revivir a alguien recién fallecido tendría que ser antes de que nadie se diera cuenta; tendría que trasladar el cuerpo a su laboratorio, sin ser vista. Y si lo lograba, ¿qué le diría, cómo explicaría ahí su presencia? Por otro lado, un terror la paralizaba, sobre todo al pensar en Asclepio, hijo de Apolo y dios de la medicina, quien descubrió la manera de devolver la vida a los muertos y resucitó a varios antes de que un rayo de Zeus lo fulminara para que no se quebrara el orden del universo. Exacto, pensó, el orden del universo… no puedo quebrar el orden del universo. Mary no era religiosa y sólo temía la insensatez, la ignorancia y la crueldad del ser humano, pero creía en un orden universal que debía permanecer inmutable.

Durante algún tiempo se entretuvo reviviendo pequeñas criaturas. Se regocijaba viéndolas vibrar de nuevo, hasta que un día se enteró por un conocido de que el doctor Víctor Frankestein trabajaba en la clandestinidad para crear un cuerpo perfecto, armonioso y bello. Mary pensó de inmediato en sus experimentos. Creyó que el orden del universo no se alteraría por aplicar electricidad a un cuerpo creado por el hombre, pues jamás sería un conjunto único. En el fondo, a pesar de su entusiasmo, no confiaba en que el experimento pudiera prosperar.

Mary visitó al doctor con algunas reservas. Estaba temerosa de exponer que había logrado devolver la vida a criaturas a través de la electricidad; otros lo habían afirmado, pero nadie había presentado pruebas. El doctor, sin embargo, le creyó desde el principio y ni siquiera se mostró interesado en la invitación de Mary para visitar el laboratorio y comprobar con sus propios ojos lo que una muy joven escritora y aficionada a la ciencia le aseguraba. Acordaron la fecha y la hora. Mary salió desconcertada del consultorio. El hombre no le inspiraba confianza, era amable y, en apariencia, un ferviente defensor de la humanidad, pero algo en sus ojos huidizos y la mirada torva la puso en alerta. A pesar de todo dispuso su laboratorio para la cita.

Víctor no se presentó a la hora acordada la noche que fijaron para realizar el tétrico experimento. No habría otra oportunidad, pues al día siguiente Mary y su esposo se marcharían a Suiza a pasar unos días de verano convocados por su amigo Lord Byron. Además, Mary decidió que, ocurriera lo que ocurriera esa noche, destruiría el laboratorio y abandonaría definitivamente sus experimentos, sobre todo después de enterarse de la suerte que había corrido Andrew Crosse, excomulgado por la iglesia y objeto de burlas no sólo por alegar que podía revivir insectos con electricidad, sino por su postura ante la sociedad: abogaba por la educación a los pobres y defendía a los agricultores contra los altos impuestos.

Estaba atareada guardando en una maleta los objetos y notas que deseaba conservar cuando escuchó golpes en la puerta. Se trataba de Víctor, retrasado por una lluvia persistente que le dificultó empujar la pesada carreta donde llevaba su creación. A pesar de que Prometeo, como lo llamó Mary, iba envuelto en varias mantas, llegó empapado; el cabello lacio y largo se le pegaba a la frente y al cuello. Tardaron mucho en secarlo por completo. Luego Mary lo frotó con una sustancia que había preparado con anterioridad –compuesta de romero, clavo y ajenjo– temerosa de que el cuerpo comenzara a apestar. Preparó los instrumentos con esmero, repasó los pasos a seguir para aplicar la electricidad, hizo cálculos minuciosos de la potencia necesaria de acuerdo al tamaño y peso de su material. Cuando al fin aplicaron la corriente, el cuerpo permaneció inerte; ni siquiera tembló con la descarga. Víctor observaba con los ojos muy abiertos. A sugerencia de Mary, aplicaron la energía dos veces más, cada vez con mayor potencia, pero el cuerpo no dio señales de vida. El doctor enfurecido ordenó a Mary que le aplicara más y más descargas; vociferaba y manoteaba. Ella terminó por echarlo de su laboratorio y le pidió que jamás la buscara y que no hablaran de eso con nadie. Mary sabía que si aplicaba más electricidad el cuerpo terminaría chamuscado por dentro y, si acaso revivía, no duraría mucho con los órganos quemados.

Decidió incendiar el laboratorio. Era una casucha de madera en medio de la nada. Dejaría dentro sus apuntes, los instrumentos y el cuerpo que Víctor había articulado con tanto cuidado; sólo rescataría cosas personales. En cierta medida sintió un alivio. Observó a Prometeo entristecida y se dio cuenta de que las partes del cuerpo eran hermosas, pero el conjunto lucía desproporcionado: los brazos demasiado largos y la cabeza enorme para el tamaño del cuerpo. Además, la costura de Víctor lucía fatal. Sin duda ella, que no era ninguna experta, lo hubiera hecho mejor, aunque no estaba segura de haber tenido el temple para unir, por ejemplo, los brazos al torso. Tocó con las yemas de los dedos la torpe costura y percibió cierta tibieza en el cuerpo antes helado. Le separó los párpados y dentro vio dos ojos lechosos y vacíos. Terminó de meter a la maletita lo que pensaba recuperar, apiló leña y papeles debajo de la mesa donde se hallaba Prometeo. Le dio un beso en la frente antes de prender fuego y salir. Su caballo la esperaba a algunos metros en una covacha construida especialmente para guardar a la bestia, mantenerla fuera de la vista de algún posible paseante y protegerla del mal tiempo. Empezaba a llover. Se obligó a no mirar atrás mientras se alejaba a todo galope.

Mary no podía saber que estaba por comenzar una de las épocas más turbadoras para el planeta. Corría el año de 1816 y el clima se desquició. En cuanto se alejó de la cabaña, la lluvia arrasó con todo, apagó el débil fuego que empezaba a cobrar vigor y los fuertes vientos volaron el techo. Cuando Mary y Percy llegaron a la villa Diodati cerca del Lago Lemán, en Suiza, los recibió su amigo Lord Byron acompañado por su amante Claire Clairmont, media hermana de Mary, y su médico John Polidori. De inmediato se dieron cuenta que deambular y observar los hermosos paisajes iba a resultar imposible y hasta terrorífico. La lluvia no cesó, el cielo se mantuvo gris y amenazante, como si el mundo estuviera a punto de colapsar. Para ignorar la amenaza de la que todos se sentían presas, pasaron los primeros días encerrados en una noche perpetua, con las chimeneas encendidas y hablando de lo humano, de lo divino, del origen de la vida. Mary estuvo particularmente brillante. Su reciente experiencia la llevó a hacer largas divagaciones en torno al ciclo vida-muerte, a disertar sobre lo divino, sobre la existencia de dios.

Hablaban durante horas, compartían sus conocimientos y debatían, cada quien defendiendo sus posturas. Percy hablaba desde la química, pero su verdadera pasión era la poesía. Byron era un astrónomo y cosmólogo amateur con teorías aparentemente revolucionarias. Polidori era quizá el más místico, a pesar de su formación en ciencias; arrebataba la palabra a cada rato y sostenía que el mal clima se debía fundamentalmente a fuerzas divinas ajenas por completo al entendimiento humano. Mary habló largo y con emoción de la electroquímica y de Humphry Davy, un reconocido especialista y amigo de su padre. Eso sí, se guardó muy bien de mencionar a Andrew Crosse, desacreditado y considerado loco por sus desafiantes experimentos. Tampoco mencionó su propio laboratorio y mucho menos a Víctor Frankestein ni a Prometeo, en quien pensaba a menudo. Imaginaba el cuerpo calcinado, quizá hecho cenizas. No estaba segura de alegrarse por el fracaso. De haberlo revivido le hubiera encantado llevarlo a la villa Diodati, segura de que tan singular personaje provocaría una discusión completamente distinta a la que se desarrollaba.

Byron, aburrido de argumentos sin fundamento y aturdido por el incesante sonido de la lluvia, propuso escribir una ficción. Después de todo, afirmó, nadie ha resultado convincente ni tiene elementos claros para comprender el origen de la vida.

Foto de David Nieto a través de Unsplash
Foto de David Nieto a través de Unsplash

Mary era la única que había mantenido cierta calma ante los acontecimientos meteorológicos que parecían perturbar a todos, pues en sus argumentaciones siempre salía a relucir el terrible e inexplicable mal clima. En cuanto Byron propuso escribir una ficción, Mary, encerrada en su habitación sintió un malestar difícil de explicar; le costaba trabajo aspirar suficiente aire, sudaba y el presentimiento de su muerte inminente y certera la aterrorizó. Nada le dolía, pero algo hormigueaba dentro de su cuerpo, la cabeza le punzaba y sentía que el cerebro le crecía. No cabía duda, estaba a punto de volverse loca, pensó. Dio varias vueltas en la habitación, esperando el momento de su muerte o la llegada de la locura. En algún momento se desmayó y cuando abrió los ojos todavía sola en su habitación; lo primero que le vino a la mente fue Prometeo.

Byron, Percy y Polidori fueron los primeros en terminar sus textos: dos poemas y un cuento de vampiros. Mary escribía sin parar, como impulsada por una fuerza superior y desconocida, pero parecía no terminar nunca. De hecho, dejó de reunirse con sus amigos a las tertulias. A veces se le saltaban las lágrimas sin darse cuenta y agradecía que el experimento no hubiera prosperado, pues mientras escribía estaba cada vez más segura de que la suerte de Prometeo no hubiera sido afortunada.

Fue hasta que regresaron que Mary supo que Prometeo en efecto había cobrado vida, pero que estaba desorientado y dolido, que Víctor, a pesar de haberlo intentado, no logró contener las ansias vitales de Prometeo; no logró explicarle que a pesar de su origen incierto tenía la energía, la espontaneidad, el impulso de cualquier criatura sensible. Mary sabía que si nos limitáramos al hambre, la sed y el deseo podríamos ser casi libres, pero que a todos nos mueve todo hálito de viento, una palabra casual o un episodio que nos comunica. Por eso instruyó a algunos amigos cercanos y discretos para que buscaran a Prometeo, abandonado a su suerte por Víctor, antes de que lo lincharan, como ya habían intentado hordas enfurecidas e ignorantes. Ella no podía hacerse cargo personalmente, estaba embarazada y, aunque varias veces lo intentó, no logró confesarle a Percy su verdadera angustia; él estaba seguro de que el embarazo la habría perturbado y la procuraba sin conocer su verdadera preocupación.

Mary recobró la tranquilidad y logró continuar con su obra, que titularía Frankestein o El moderno Prometeo, sólo hasta que tuvo a Prometeo a salvo, escondido en unas habitaciones cerca de su domicilio, que usaba como estudio donde iba todos los días a hacerle compañía y enseñarle todo lo que sabía de ciencia, literatura y la naturaleza humana. En ese momento, Mary no tuvo respuestas para las preguntas de Prometeo: ¿por qué estoy aquí?, ¿quiénes son mis padres?, ¿cuál es mi propósito en la vida?, ¿por qué el clima se volvió loco el año de mi nacimiento? Tuvieron que pasar varios años para que le diera una respuesta, sólo a la última pregunta: en 1815 el volcán Tambora en Indonesia hizo erupción con una fuerza devastadora. De hecho, fue la erupción más grande de la que se tenga conocimiento: millones de toneladas de gases y cenizas cubrieron la atmósfera con tal intensidad que el cielo se oscureció y la luz solar prácticamente desapareció. Los efectos fueron devastadores. A pesar de que ambos sabían que todo había sido producto de un fenómeno natural, cada cual, a su modo, creía que esos acontecimientos habían presagiado de alguna manera el nacimiento de Prometeo.

Los años posteriores fueron un deleite para Mary. Prometeo era mucho más racional que mucha gente que conocía, era curioso y analítico, pero su profunda sensibilidad le impedía comprender las contradicciones del ser humano y temía que jamás sería capaz de interactuar con la sociedad. Además, su aspecto no ayudaba. Víctor unió las partes del cuerpo sin considerar que una vez que éste cobrara vida, las proporciones cambiarían precisamente en función de la fuerza vital. Un cuerpo inerte pierde sus verdaderas dimensiones, se achica, se estrecha, se deshidrata; en cambio, un cuerpo con vida, que respira y se mueve, adquiere dimensiones distintas, mayor definición muscular y más altura. Por eso Prometeo causaba terror, era demasiado alto y sus extremidades no guardaban proporción armónica entre ellas ni con el tronco.

Mary y Prometeo pasaban largas horas juntos gracias a las constantes ausencias de Percy. Esos momentos le ayudaron a escribir lo que había iniciado en la villa Diodati, muchas de las reflexiones reales de Prometeo quedaron plasmadas en largos soliloquios dentro de la novela, que publicó finalmente el 1 de enero de 1818. Prometeo la leyó de principio a fin, con los ojos desmesuradamente abiertos. No hizo comentarios. Su rostro mostraba una profunda reflexión y parecía que no lograba entenderla del todo. Ella esperó con paciencia, ansiaba conocer su reacción, pero no quería presionarlo. Después de todo, se trataba de la historia de Prometeo, ficcionalizada, sí, pero con mucho de realidad.

En una de las tantas y complicadas mudanzas de los Shelley –Mary había convencido a Percy de vivir en Italia; por alguna razón, pensaba que ahí, en el seno de la civilización, su creación se sentiría mas segura y quizá hasta fuera aceptada–. Prometeo le dijo: aprecio la vida, aunque sólo sea una sucesión de angustias, y la defenderé, madre. ¡Y qué extraña cosa es el conocimiento! Una vez que penetra en mi mente, se aferra a ella como la hiedra a la roca. Luego guardó silencio y jamás volvieron a hablar del libro, ni de Víctor, ni de su origen.

En Italia tampoco tuvieron suerte. Mary jamás se atrevió a dejarlo salir a la calle, pues algunos signos inequívocos en el comportamiento de las personas le dejaban ver que el rechazo sería unánime y tan salvaje como lo había sido en Inglaterra. De los tres hijos de la pareja, dos murieron en Italia y sólo sobrevivieron Percy Florence, nacido en Florencia, y por supuesto Prometeo, animado por la electricidad y de cuya existencia seguramente Percy siempre estuvo al tanto sin confesárselo a Mary. Quizá por eso se ausentaba con frecuencia y tenía cuidado de no volver en fecha imprevista. Mary se lo agradecía en silencio. A veces creía que lo traicionaba, otras, pensaba que Percy estaba incluso orgullosa de ella.

La estancia en Italia fue un desastre no sólo por la pérdida de dos de los hijos del matrimonio y por la imposibilidad de proporcionarle una vida más libre a Prometeo, sino porque ahí Percy murió ahogado en una terrible tormenta inesperada, poco antes de cumplir treinta años.

La joven viuda inició un periplo que duró casi tres años, siempre acompañada por el joven Percy Florence, que solía jugar y charlar largas horas con Prometeo. Buscaban un lugar seguro para instalarse, un sitio confiable donde los tres pudieran vivir sin las murmuraciones de la gente.

Jamás encontraron ese lugar y regresaron a Inglaterra, resignados a vivir encerrados. Años después, cuando Percy Florence ya estaba casado, Mary y Prometeo se mudaron a España, a Portugal, a Francia.

En 1851, cuando Mary tenía 53 años se anunció su muerte debido a una larga cadena de enfermedades que la mantuvieron en tierras con mejor clima. Al menos ésa fue la versión oficial. En realidad, Mary gozaba de una extraordinaria salud. Extrañada, se preguntaba si acaso las descargas eléctricas le habían alargado la vida, lo mismo que a Prometeo, quien mantenía la misma apariencia que al principio.

A pesar de que hubo largos periodos de calma, una amenaza insinuada o latente los hacía huir de una ciudad a otra, de un país a otro. Durante una temporada se refugiaron en pueblos rusos, confiados en que entre esos enormes hombres Prometeo pasaría desapercibido, pero eran sumamente supersticiosos y pronto comprendieron que en los pueblos chicos la gente es más proclive al cotilleo, al chisme, a la murmuración y al linchamiento. ¡Cuántas veces tuvieron que huir despavoridos ante turbas salvajes que los calificaban de monstruos, depravados, criaturas del demonio!

Los depravados eran ellos, le decía Mary a Prometeo, pero él, con su alma sensible, tardaba mucho tiempo en recuperarse. Recuerdos atávicos lo llenaban de terror y soledad. Una pesadilla, siempre la misma, lo asaltaba varias veces durante la noche: una turba lo perseguía con antorchas y él corría lo más rápido posible usando esas piernas desarticuladas, con los brazos colgando, lleno de terror y de desesperación, sin nadie a quién recurrir, sin nadie que lo socorriera. Siempre despertaba cuando ya sentía el fuego en la espalda y a veces amanecía con llagas en los omóplatos salidos, como si el sueño en verdad hubiera ocurrido, muchos años atrás, pero cuyas consecuencias apenas fueran evidentes.

Decidieron probar otro continente, Prometeo eligió con los ojos cerrados, puso el dedo en el mapa sin mirar y así se decidió su destino. Llegaron al puerto de Veracruz en barco, a mediados del siglo XX. Durante los casi treinta días que duró el viaje, jamás salieron del camarote de día; lo hacían de madrugada y se quedaban largas horas observando las estrellas. Por fortuna, el viaje fue tranquilo, sin tormentas y con cielos despejados. A Prometeo le encantaba tirarse en la proa y perder la mirada en la inmensidad del cielo, en las estrellas, a veces veía luces rojizas y pensaba en la inmensidad del universo, en lo pequeño que era a pesar de su estatura superior a cualquier hombre que se hubiera topado. También le gustaba mirar el mar y se emocionaba cuando algún animal marino saltaba para desaparecer después en las profundidades. Para él era claro que salían a saludarlo y aplaudía emocionado. Cuando aparecía un tenue brillo de luz en el horizonte, regresaban al camarote para no volver a salir durante el día. Ese mes fue el más pacífico que habían tenido en muchos años.

Durante el viaje, Mary recordó cómo intentaron vivir en varios pueblos de Italia, luego en Alemania, Francia, España, Portugal, pero no hubo modo. Fueron perseguidos, rechazados. Los años pasaban, hubo guerras, hambrunas, desesperación, muerte. Mary y Prometeo erraron sin rumbo, al principio con esperanza, luego con terror y al final por pura inercia, convencidos de que el mundo jamás estaría listo para albergar a dos seres tan peculiares. Su último destino en Europa había sido la estepa de la Unión Soviética, donde se refugiaron de las dos Guerras Mundiales, pero ahí tampoco fueron bienvenidos. De modo que cada vez se adentraban más en las profundidades de Siberia, hasta que quedaron aislados casi por completo, sus únicos vecinos era una familia de rusos ortodoxos, viejos creyentes, que huyeron de la humanidad para poder practicar sus ritos religiosos en paz. A veces Prometeo, les dejaba carne y pieles de oso a la entrada de su vivienda, conciente de que para ellos resultaba más complicado sobrevivir los feroces inviernos.

Mary pensó varias veces en terminar con sus vidas. Si ella había logrado dotar de vida a una criatura, podría sin tanta dificultad quitársela. Ya había hecho lo más complicado: traer a la vida a un conjunto de cuerpos unidos en uno solo. Durante años, planeó el final: con veneno, con descargas eléctricas, con un disparo certero, pero jamás fue capaz de llevarlo a cabo. Ya cuando todo estaba dispuesto, daba marcha atrás. No, no podía.

Desde que desembarcaron en Veracruz, en 1957, sintieron un alivio inesperado, la gente no hacía preguntas, los miraba con curiosidad y morbo, pero sin censura. Aún así, Prometeo se sentía inseguro y temeroso:

–No me quiero quedar aquí –a pesar de su edad indefinida, Prometeo siempre se comportaba como un niño caprichoso.

–Pues claro que no, nos vamos a la capital.

–No, no quiero quedarme de este lado del mar. Yo no soy de aquí –Prometeo cruzó los brazos y miró hacia el horizonte.

–Tú elegiste el lugar, no seas terco. Vamos a probar, como platicamos –Mary lo conocía de sobra, era su creación absoluta –si no te gusta, nos marchamos de inmediato.

El viaje en tren desde Veracruz hasta la Ciudad de México también fue tranquilo. ¿Cómo es el lugar al que vamos?, ¿vamos a escondernos como siempre?, ¿cómo es la gente?, ¿nos van a aceptar?, ¿qué vamos a comer? Prometeo preguntaba con curiosidad infantil y miedo. Mary trataba de tranquilizarlo; ella tampoco sabía lo que les esperaba. Lo único que la alentaba eran las pirámides. Leyó sobre culturas milenarias que alguna vez poblaron ese territorio y pensó que un lugar con ese pasado no podría ser malo para ellos, al menos no tanto como lo había sido.

Por fortuna conocieron en el tren al reconocido científico y literato Jorge Barón, quien con entusiasmo y mucha labia los puso al tanto de la vida en la ciudad. Mientras hablaba, Prometeo apenas pudo conservar el mal humor, porque Barón, como se acostumbraron a llamarlo, le inspiró confianza y un sentimiento extraño que no supo identificar, pero que crecía en su interior y le resultaba cálido y profundo. Gracias a él no tuvieron que alojarse en un hotel, pues los puso en contacto con un amigo que rentaba una casona en el mero centro de la ciudad, donde, les aseguró, no tendrían que preocuparse de nada. Y así fue.

En cuanto se instalaron, en un viejo palacete del centro de la Ciudad de México, Mary recordó al doctor Polidori y a su vampiro. ¡Qué feliz se hubiera puesto de saber que la vida eterna era posible! Quizá se hubiera decepcionado un poco de que esa vida fuera producto de algo tan vulgar, simple y ordinario como la electricidad, la cual, por otro lado ya era tan común que no causaba maravilla alguna y era utilizada para tantas cosas que ya nadie la consideraba como algo extraordinario. También se preguntaba qué pensaría Polidori si supiera la tortura que representaba vivir tanto tiempo, de experimentar tantos cambios, y sin embargo lidiar siempre con las mismas ataduras, los mismos prejuicios, las mismas pendejadas. Pendejadas. Fue de las primeras palabras que aprendió en México y englobaba tan bien sus sentimientos hacia la mezquindad y la falta de simpatía.

La casona se ubicaba en Belisario Domínguez. Al principio, la zona bulliciosa y caótica les pareció inadecuada, pero luego de un par de semanas se dieron cuenta de que era el mejor lugar donde habían estado. Doña Matilde les hacía el aseo y cocinaba sin preguntar nada, era observadora y dicharachera, les traía las murmuraciones de los vecinos, pero al mismo tiempo los tranquilizaba: ¡siempre hay alguien peor y siempre se aparece más pronto que temprano!

Al poco tiempo Mary y Prometeo salían a caminar, iban a cafés y restaurantes, se hicieron marchantes del mercado Abelardo Rodríguez. Se integraron a la fauna del centro histórico de una ciudad caótica y, al menos en su experiencia, más tolerante que donde habían estado antes. Mary inspiraba respeto con su bastón y el vestido gris y pasado de moda con cuello y puños de encaje que siempre portaba y el imprescindible sombrero de palma. Prometeo usaba trajes confeccionados a la medida por don Eduardo Martínez de Velazco Ovando, quien vendía productos ingleses en su sastrería ubicada en 5 de mayo. Mary pasaba horas charlando con el sastre y dueño, mientras éste, discreto y solícito, tomaba las extrañas medidas de Prometeo sin hacer comentarios, preguntas ni exclamaciones de ningún tipo.

A escasos dos meses de su llegada, durante la madrugada de un domingo de julio, Prometeo y Mary, así como todos los vecinos del centro salieron despavoridos de sus viviendas. Un terremoto, que ellos jamás habían experimentado, ocurrió en la ciudad y la dejó en penumbras durante varias horas. Mary volvió a experimentar ese terror de sucumbir a la locura y de nuevo sintió cómo se le inflamaba el cerebro. Prometeo, más sereno, la tranquilizó mientras la rodeaba con sus enormes brazos y le repetía que todo estaría bien. Al día siguiente los visitó Barón, que les llevó las malas noticias que poco a poco salían a la luz: el Ángel de la Independencia se había caído, varios edificios estaban dañados y el techo del mercado de la Merced, apenas en construcción, había colapsado. Sin embargo, esta zona es muy segura y, aquí, insistió Barón, ocurrieron daños menores.

Ambos, sin embargo, presentían que ese terremoto era el presagio de algo funesto que los afectaría directamente. Meses y luego años transcurrieron sin que nada en particular ocurriera en sus vidas apacibles. Barón los visitaba con regularidad y les llevaba libros y golosinas. Tanto Prometeo como Mary platicaban animadamente de las novedades literarias y de los avances científicos y tecnológicos. Prometeo parecía entender todo sin dificultades, pero para Mary a veces resultaba incomprensible que el ser humano hubiera logrado tanto en tan pocos años, que la electricidad fuera una cosa normal y cotidiana, que hubiera imágenes en una caja, que existiera el cine y que el hombre pudiera volar.

Barón envejeció y, durante sus visitas, al menos una vez a la semana, decía: ¡Carajo, ustedes como siempre, mientras que yo ya soy un cadáver ambulante! Lo decía en broma, pero había mucho de verdad en sus palabras. Si esa amistad se había mantenido durante tantos años fue por la discreción de ambas partes. La familia Shelley únicamente sabía que el hombre vivía solo en Santa María la Ribera y que trabajaba en algún lugar en la enorme avenida Insurgentes, a la que jamás habían ido. Barón sabía que eran ingleses que habían huido en busca de un lugar tranquilo, luego de quedarse sin familia por la Segunda Guerra Mundial. De ahí en fuera, platicaban de sus lecturas, de la vida cotidiana, de las películas que a veces veían juntos, de la vida, de la muerte; nada personal era mencionado, nada que pudiera comprometer la privacidad de ambas partes.

Un día les llegó la noticia de que Jorge Barón se había aventado de un veinteavo piso, desde la oficina donde todavía trabajaba como consejero en la avenida Insurgentes. El periódico decía que todo se había debido a “un mal de amores, mal tratado y sin cura conocida”. Los Shelley se quedaron profundamente solos. También Matilde, quien les ayudó durante tantos años al aseo del hogar y la preparación de los alimentos, se había marchado, vieja y enferma, seguramente preguntándose cómo era posible que esos dos venidos del viejo continente pudieran seguir vivos, con la misma apariencia y la misma buena salud.

Se quedaron solos. Ninguno de los dos quiso que alguien más entrara a la casona. Además, desde que Barón murió, el cobrador que aparecía puntualmente cada fin de mes se esfumó. Su ausencia fue percibida casi seis meses después. Mary y Prometeo estaban tan aturdidos por la repentina soledad que ni si quiera se percataron de ella.

Las turbulencias en su país de adopción se sucedían una tras otra. Se sumaron a las causas que les parecían justas. En 1968 guardaron a no pocas personas que tocaron a su puerta en busca de ayuda y los escondieron en el sótano. Cuando los militares iban a buscar, ni siquiera se atrevían a entrar a la casa luego de echarle un vistazo a Mary y Prometeo, quienes sin habérselo propuesto abrían la puerta juntos y saludaban al unísono. Su apariencia era tan extravagante y sus modales tan arcaicos que los militares se retiraban sin hacer más alharacas ni intentar inspeccionar la vivienda.

Luego vino el terremoto de 1985; ése sí que les pegó duro. La casona sufrió algunos daños de consideración. Tuvieron suerte de que no se viniera abajo, como tantos edificios de la zona centro. El techo de la cocina se cayó y el muro de la escalera se cuarteó. Dormían cuando sintieron las intensas sacudidas y ni siquiera pudieron bajar las escaleras de tanto meneo. Desde lo alto, vieron cómo se formaba la espeluznante grieta en el muro. ¿Y si ya les había llegado la hora?, ¿y si ése era su fin?

Las semanas siguientes, Prometeo las dedicó a ayudar a sacar sobrevivientes de entre los escombros. Casi no dormía ni comía. Su fuerza descomunal era valorada: apartaba grandes bloques de concreto y varillas como nadie. Los compañeros lo respetaban y lo apreciaban. Por primera vez en su vida se sintió útil y querido por quien era y lo que hacía, y no por lo que aparentaba. Durante varios días no llegó a casa, pues dormía en campamentos improvisados y no faltaba quién le diera de comer.

Regresó a casa casi tres semanas después. Mary se las arregló para que le reconstruyeran el techo de la cocina y compusieran el muro de las escaleras. Prometeo parecía otro, muy delgado y demacrado; hasta sus extremidades parecían haber logrado algo de equilibrio, se le notaban los músculos en los brazos y caminaba con mejor armonía. Estuvo dormido casi tres días enteros. Mary cuidaba que siguiera respirando y se pasaba largas horas a su lado, observando a ese hombre hecho de retazos. Despertó con una hambre incontrolable: chiles rellenos, arroz con leche, puerco en verdolaga, capirotada, tlacoyos con quelites, tamales, enchiladas verdes y gelatina con rompope. Mary trataba de darle todo lo que pedía, cocinaba imaginando que estaba en un laboratorio. Otra veces compraba la comida ya preparada.

Jamás lo había visto tan eufórico. Platicaba de las personas rescatadas y evitaba hablar de los muertos y la destrucción, pero era evidente que había visto escenas atroces, pues se le nublaba la mirada y una sombra trágica se instalaba en su ceño fruncido. Cuando la euforia desapareció, su cuerpo volvió a ser ese amasijo desproporcionado y torpe. Mary le sugirió que se uniera a los bomberos, que fuera a hacer ejercicio, necesitas ocuparte en algo que te haga sentir útil, le decía, pero Prometeo se ensimismó y rechazó salir de la casa más que para lo indispensable. Era comprensible. El terremoto y sus consecuencias habían creado un estado de excepción en la ciudad entera, la mayoría de la gente se mostró solidaria y tolerante, pero una vez pasada la etapa de solidaridad, todo volvió a la normalidad, a la indiferencia y al sálvese quien pueda.

La existencia se hizo cada vez más abrumadora. A veces Mary pensaba que su vida entera era un sueño, a últimas fechas una pesadilla, porque nada ocurría, los días se sucedían idénticos unos tras otros. Afuera la gente vivía y moría, pero ellos no. Además, los cambios en la ciencia y tecnología eran tan vertiginosos que investigar y experimentar en un laboratorio ya no le resultaba tan atractivo como antes, cuando cada descubrimiento era producto de aguda observación e infinita paciencia. Una nueva angustia desconocida se apoderó de ella y aunque se abstuvo de comentarlo con Prometeo, estaba segura de que él lo sabía y, peor aún, que pasaba por algo similar.

El día que Prometeo volcó los libros de la biblioteca a las seis de la mañana, Mary se sobresaltó; su recámara estaba justo arriba de la biblioteca. Cuando bajó y Prometeo se disculpó por el escándalo, aparentemente accidental, lo observó detenidamente, la frente surcada por arrugas profundas, sus manos demasiado grandes para su cuerpo sostenían el libro con delicadeza, los ojos concentrados en las letras no perdían su infinita melancolía. Era torpe cuando caminaba, con frecuencia rompía cosas y se enfurecía, frustrado por no poder controlar sus movimientos. Era sensible e inteligente. Aunque no hablaba mucho, entendía varios idiomas, leía con esmero y concentración; a veces, prorrumpía en llanto o en sonoras carcajadas. Llevaba tanto tiempo en este mundo y seguía sin entenderlo. Lamentaba las injusticias, quizá porque se veía reflejado en todas ellas, y odiaba a los tiranos. Mary había intentado varias veces explicarle que la naturaleza del ser humano era vil, que siempre había sido así y que no iba a cambiar nunca. Le hacía notar que algunos seres humanos eran bondadosos y solidarios, pero Prometeo se daba cuenta que justo esas personas eran las que terminaban en la hoguera. Y siempre le recordaba a Mary la vez aquella en la que escuchó a los campesinos pobres y explotados, miserables y enajenados con dios, y gracias a ellos aprendió que no todos los hombres son iguales, que hay clases y que la bondad es un atributo escaso y que los que nacen pobres casi siempre mueren peor y que pocas personas son capaces de acudir a una llamada de auxilio de manera desinteresada y que la apariencia lo es todo y que ser amable a veces sale más caro que ser despiadado.

Mary lo miraba orgullosa. Su creación era un espécimen único y hermoso a pesar de su aspecto, de su deformidad que no encajaba nunca del todo en el mundo. Estaba consciente de que Prometeo había nacido a partir del caos, de un montón de partes de cuerpos de otras personas que alguna vez tuvieron vida, sentimientos, raciocinio. Sabía que le pudo dar forma a ese caos; hubiera sido imposible crearlo a partir del vacío, y esta creación suya la llenaba de orgullo.

La Ciudad de México era el lugar donde más seguros se habían sentido. Desde que llegaron no hubo necesidad de esconderse, de inventar disfraces o enfermedades para pasar desapercibidos. Se trataba de una ciudad de sobrevivientes, de gente que andaba por las calles con su belleza, con su fealdad o con su indiferencia pero siempre imbuida en sus propios asuntos. Solían sentarse en las bancas de Santo Domingo antes de la salida del sol. A Prometeo le encantaba observar esa transición de la oscuridad a la luz, cuando los pájaros trinaban y los perros y gatos se desperezaban, y luego los primeros habitantes de la ciudad salían por pan o leche. Después, el barullo cotidiano, los claxonazos, el ruido de pisadas, los camiones y taxis, los niños con uniformes y pesadas mochilas, los merolicos, embaucadores y vendedores ambulantes. Prometeo y Mary se habían convertido en parte del escenario del Centro, los vecinos y paseantes los identificaban como una pareja extravagante e indispensable; algunas personas intentaron entrevistarlos, pero ellos siempre se negaban con amabilidad y una sonrisa enigmática, al menos así lo relataban algunos cronistas.

A últimas fechas Mary padecía de abulia, dolores de cabeza y parálisis parciales en el cuerpo; no podía leer ni escribir. Un terror por morir se apoderó de ella. A veces no podía respirar, el aire era insuficiente y sentía todos sus órganos internos trabajando cada vez más lentamente, como si su hálito vital se estuviera extinguiendo inevitablemente. Percibía que el alma, un suspiro o una fuerza, que ella no supo nombrar de otra manera, se desprendía de su cuerpo. Siempre se iba a la cama con la seguridad de que no despertaría a la mañana siguiente. Durante las noches se acentuaba la dificultad de aspirar suficiente oxígeno y a veces tenía que abrir la ventana, con la idea de que el aire exterior la aliviaría un poco, pero eso no ocurría. Se la pasaba pensando a quién podría escribirle una nota para que se hiciera cargo de Prometeo, pero no se le ocurría nadie.

Por si fuera poco, el humor de Prometeo, melancólico casi siempre, pero optimista y confiado, sobre todo en su madre, se volcó en una tristeza abismal que no parecía tener consuelo. Hablaba poco y su carácter se hizo huraño hasta el fastidio. Cada vez con más frecuencia tenía ataques de furia y tiraba libros o muebles alegando un descuido o accidente. Además, el aroma que durante tanto tiempo desprendió a romero, clavo y ajenjo había desaparecido y un ligero olor a corrupción y putrefacción emanaba de su maltrecho cuerpo. Al principio Mary pensó que habría una ratón muerto en la casa, pero pronto descubrió que la peste aumentaba cuando Prometeo andaba cerca.

Mary decidió, luego de una noche entera con medio cuerpo fuera de la ventana tratando de aspirar suficiente aire para llenar los pulmones, que utilizaría una combinación de adelfa, esa flor morada que tanto le gustaba, y arsénico; la primera por la belleza y el segundo por su infalibilidad. Hizo cálculos para que, de una sola dosis, tanto ella como Prometeo durmieran para siempre.

De pronto, la media noche del 7 se septiembre de 2017, un terremoto a media noche los sorprendió en la biblioteca. Cuando salieron a la calle, vieron con espanto y fascinación luces en el cielo, precisamente como aquellas que Mary habría visto doscientos años atrás, cuando el clima se desquició por la erupción del volcán y todo parecía indicar que el mundo llegaría a su fin. Curiosa y segura de que esa señal de la naturaleza presagiaba un destino para ellos, aplazó su plan.

Foto de Alexander Nikitenko a través de Unsplash
Foto de Alexander Nikitenko a través de Unsplash

Apenas se estaban recuperando del susto, cuando, 12 días después, precisamente en el aniversario 32 del terremoto de 1985, la tierra se estremeció de nuevo. Mary y Prometeo se miraron un instante. Estaban en la biblioteca, Prometeo leía acostado en el suelo boca abajo, con las piernas flexionadas y cruzadas. Mary escribía. Ninguno hizo nada por levantarse y salir. Sintieron una lluvia de polvo que cayó sobre ellos, antes de escuchar que la casa tronaba toda, como si la hubiera alcanzado un rayo.

La casona que albergó a la singular pareja quedó completamente destruida. Los escombros permanecieron, como tantos otros en la ciudad, sin que nadie se ocupara de removerlos durante varios meses. La gente evitaba pasar por la acera donde se hallaban las ruinas, pues aseguraban sentir un escalofrío y percibir un penetrante olor a clavo y flores marchitas.

Ya entrado el 2018, una empresa constructora limpió el terreno; de entre los escombros, un trabajador recuperó una libreta con una sola frase escrita entre sus páginas mugrientas: “Sé que usted busca el conocimiento y la sabiduría, como yo lo hice una vez; y espero vivamente en que la satisfacción de sus deseos no resulte ser una serpiente que le muerda, como ha sucedido en mi caso”. Luego de leerla, la devolvió a los escombros, decepcionado de no haber hallado algo de valor.


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