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Por Esteban Martínez Sifuentes

Ciudad de México, 23 de octubre de 2021 [02:05 GMT-5] (Neotraba)

Extensión del miedo: las armas de fuego

El artículo de una revista del Senado de la República expone al inicio: “Las armas que ilegalmente existen en México son un peligro para la sociedad, ya sea por su uso delictivo o accidental, cobran la vida de miles de mexicanos cada año” (Mirada legislativa, octubre de 2020). De inmediato surge la pregunta: ¿Y las legales no son un peligro? Párrafos abajo el autor corrige: “Cada bala que existe en el mundo en general y en el país en particular es un potencial riesgo para la pérdida de una vida humana”, con lo cual descansa nuestra conciencia.

Para no hablar de otro tipo de muertes violentas con armas de fuego, los accidentes fatales entre niños y adolescentes se dan a pasto con armas lícitas e ilícitas. Peor, policías y militares (armas legales) se encuentran entre los principales violadores de derechos humanos (por decirlo con corrección política).

Arma de fuego: dispositivo destinado a propulsar uno o múltiples proyectiles mediante la presión generada por la combustión de un propelente, la pólvora.

A similitud de piedras, lanzas y dardos de la prehistoria, las armas de fuego poseen la virtud de matar a distancia, parapetado o emboscado quien acciona, sólo que con mayor efectividad y menor esfuerzo. Junto con el caballo, el arcabuz y el mosquete se impusieron en el Nuevo Mundo más que los desmentidos mitos de la llegada del Rey Rubio o el arrojo de los españoles y su contraparte, los minimizados valor e inteligencia de los pueblos indígenas. Al principio, allá por el siglo XV, eran pesadas, poco fiables e inseguras, pero evolucionaron hasta alcanzar un nivel de utilidad (la culpa es de Wikipedia) y practicidad que los convirtió en uno de los medios para herir, matar o cazar más eficaces, aunque ya nadie caza para sobrevivir.

Son la extensión de nuestro miedos e inseguridades; su proliferación y uso miden el fracaso y descomposición de una sociedad o, peor, de toda la civilización; son un ejemplo palpable de nuestras incapacidades de ejercitar la inteligencia y su arma más refinada, el lenguaje, que es razonamiento, persuasión, calidez, amor. Aunque me duela creerlo, quizá sea cierta la premisa darwiniana, puesta en fábula para el gran público por el insigne Jack London, de la supervivencia del más fuerte, que sin armas es tan débil como el de arriba en la lista.

Lo que sí es irrefutable es que cualquier pendejo sabe usar una pistola; aunque todos hablan, no cualquiera sabe emplear el lenguaje. Hay quienes dicen (poetas mediocres, imagino) que el lenguaje no alcanza para describir determinadas perplejidades del alma, por ejemplo el dolor de una ruptura amorosa, una masacre o un desastre natural particularmente severo; para prevenir o parar un guerra seguro sí alcanza.

Las armas de fuego “ligeras”, llámense pistolas, rifles, ametralladoras y que poseen la virtud de que pueden manejarse con una o ambas manos, compensan de la mediocridad de no ser sino unos pobres imbéciles que defienden a ultranza lo poco que tienen en su existencia. En Estados Unidos, el país con el mayor número de armas entre civiles, se dan verdaderos festivales de armas de fuego donde los asistentes babean –en verdad babean– ante las gangas y la diversidad en los estantes de colores, marcas y potencialidad (y a pesar de sus constantes masacres, no aprenden; ¿la tiranía de la democracia?).

En Europa la legislación más permisiva con la tenencia y el uso de armas recae en un país como Suiza, quién lo creyera, que reconoce legalmente el derecho de sus ciudadanos a poseer armas de fuego e incluso instruye en su uso a partir de los doce años. ¡Ah, pero eso es en Suiza!

En Estados Unidos y Alemania (país no bajo en porcentaje de armas a nivel europeo, igual que Suiza) comprar armas de manera legal es sencillísimo; en México también, pero de manera ilegal. Oficialmente en este país, ¿se han fijado?, no existen armerías ni Walmart que vendan o siquiera reparen armas de fuego.[1]

¡Bueno, legales o ilegales, a fin de cuentas, el resultado es el mismo! ¿O no? No. En Alemania es raro que abra fuego incluso la policía; en el país del norte ya sabemos. ¿Y en México? También sabemos.

Es improbable que una persona que va leyendo un libro impreso o electrónico en su celular (de algún modo es fácil discernir si lee algo más que los últimos memes) saque un arma para asaltar… Pero se ve cada vez menos a un hombre o una mujer leyendo en el transporte público.


[1] Mi prima Yola, de San Antonio, me aclara que Walmart dejó de vender armas y municiones en Estados Unidos tras la matanza de El Paso, en agosto de 2019. Magnífico, a la mayor cadena minorista del mundo sólo le falta dejar de explotar a sus empleados.


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