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Portada de Ya no quiero ser mexicano de Mauricio Bares
Portada de Ya no quiero ser mexicano de Mauricio Bares

 

Por Iván Gómez (@sanchessinz)

 

Escribo esto a unas horas de que comience el tercer –y último- debate presidencial. Propongo un ejercicio de imaginación: un mexicano que hace muchos años emigró a Canadá (y que por cierto fue ilegal hasta que se casó con una canadiense [es más, por puro patriotismo pongámosle Juanito]) está viendo el debate a través de Facebook Live junto con su esposa e hija. Es la primera vez que se interesa temas políticos; de unos meses para acá lo ha invadido sentimiento de nostalgia que le exige regresar a sus tierras y quizá hasta establecerse por unos años con su familia y tener un Juanito Jr., por lo mismo le interesa aún más ese debate: el tema central es migración.

 

Los minutos corren y mientras ve la pantalla pellizca su sillón y aprieta los dientes: ¿es un debate o un reallity show, son actores o políticos? ¡¿Pues qué no me había dicho mi tía que el Peje es la esperanza de México?! La esposa, perpleja le pregunta a Juanito en un español decente: ¿por qué se atacan tanto y casi no dicen nada?, ¿se vale que se miren como si se quisieran golpear? ¡Parece que lo van a hacer! Juanito, con la quijada trabada sólo alcanza a decir: ya no quiero ser mexicano.

¿Regresar a México? –se preguntará en la cama, antes de dormir-. ¡Ni pensarlo! Mil veces tener el cuerpo helado a causa de las bajas temperaturas que por culpa de un balazo en un robo tan solo a unas calles de mi casa.

 

Miles de personas deben gritar a diario: ¡Carajo, ya no quiero ser mexicano! Cuando son asaltados en el transporte, cuando les afecta el recorte de personal, al quedarse esperando a la hija que salió con sus amigas y sentir muy en el fondo que algo le pasó, al tener que reconocer el cuerpo de un familiar en la morgue (y eso con suerte) mientras un calosfrío sube por el espinazo… es difícil vivir en este país. Afortunadamente, Mauricio Bares (México 1963), con su libro de relatos Ya no quiero ser mexicano nos muestra el hastío de cargar con la nacionalidad desde un enfoque humorístico.

 

Compuesto de 10 textos (más un hilarante prólogo de Anónimo Hernández) que rozan entre el cuento y la crónica, cada uno complementa al otro al establecer una continuidad entre lo que se está leyendo y lo leído en el texto anterior (esto sin que cada texto pierda autonomía) debido a que en todos deambula el mismo personaje, que no es más que un espejo literario del mismo Mauricio.

Contrario a lo que con el título se podría intuir, la mayoría de los relatos no transcurre en México, luego del manifiesto antipatriota del primer relato (que es el texto que le da título al libro), el protagonista se traslada a Holanda, en donde ocurren la mitad de las crónicas, eso, lejos de parecer una rareza, es el mayor acierto del libro: mostrar otros países (porque también Inglaterra tiene protagonismo en un relato) desde la perspectiva de un mexicano despatriado, el resultado es más que abrumador: lo que para un tercermundista pinta como el paraíso (Ámsterdam, una de las ciudades más liberales) puede resultar una decepción: mientras que en un texto no logra encontrar trabajo por su condición de ilegal y se descubre poco a poco rechazado a través de una amabilidad agresiva, en otro nos enteramos de las rarezas de la ciudad: como que haya más bicicletas que habitantes, hasta llegar a sus sitios más oscuros, que pintan igual de decadentes y sucios que en cualquier otro país. Incluso nuestro protagonista acabará trabajando en un burdel con la eterna propuesta de volverse prostituto. Aunque eso sí, las comodidades para una sexoservidora sí son notablemente mejores.

 

El libro poco a poco se va llenando de un sentimiento anti-pro-nacionalista capaz de generar odio y a la vez cariño por México, por eso es una cierto hablar de otras sociedades. La advertencia es latente: el libro, con sus relatos extranjeros no constituye un viaje externo, todo lo contrario: mientras más conocemos la cultura primermundista más nos cuestionamos qué nos hace mexicanos, en qué nos diferenciamos del resto de sociedades.

 

La respuesta es clara y quizá alentadora: poseemos, al menos, una cultura propia, no es gratuito no sentirse identificado al leer los relatos, pues muchas de las acciones que rodean a nuestro protagonista nos resultan ajenas e impensables en nuestra cultura: fumar marihuana mientras los hijos duermen, el uso en masa de las bicicletas como principal medio de transporte, el trato digno de una prostituta en la sociedad, policías desarmados.

Y a la vez, cualquier persona podrá identificarse con ciertas actitudes propias de un marginal o de alguien no ligado a nada, es ahí donde las sociedades empatan: por más diferencias culturales y económicas –y hasta raciales- que existan, en todos lados las ciudades están habitadas por humanos, y las actitudes más elementales no cambian: como en “Peep Show” y el esfuerzo que todos hacen en un burdel por no verse las caras, o el aborrecimiento por figuras de autoridad y muestras de delincuencia, como ocurre en una parte de “Ámsterdam acht en tachting” cuando nuestro protagonista y sus nuevos amigos arrojan objetos a policías desde el techo de un edificio que se adueñaron por estar abandonado.

La segunda mitad del libro, desde “Que viva el neo porfirismo. Viva!” en adelante se sitúan en el país, más concretamente en el entonces DF, hoy CDMX. Luego de las experiencias en el extranjero, tanto el protagonista como el lector sentirán un deseo opresor de regresar a México, porque luego de un viaje la visión de las tierras de origen cambia. Tal vez se reafirme mucho de lo planteado en la primera crónica, y a la vez se acentúen rasgos genuinos fuera de los establecidos por la tele. Sin quererlo, la estructura del libro poco a poco nos contrasta entre una forma de vida y otra.

 

“Entre otras cosas apunto que: los luceros güeros vienen vestidos como mexicanos –gracias a lo cual se ven más güeros-, pero se preguntan en confidencia quién fue Hidalgo. Aquí la decadencia se compra. Mongo, camisa abierta y paliacate en la cabeza, parece más mexicano que todos nosotros, pero no es su culpa porque en las estampitas todos los mexicanos parecen cubanos. Y los meseros –prietos y pelos parados- portan paliacates al pescuezo como si necesitaran disfraz para parecer nacionales.”

Fragmento de “Que viva el neo porfirismo. Viva!”.

 

La pregunta sigue latente: ¿qué es la mexicanidad? El último relato cerrará esta incógnita, “Economía política del pesero” funciona como una estampa de la sociedad y a la vez ofrece un análisis a fondo:

 

“De acuerdo. Todos sabemos que la vida se reduce a un trozo de mierda para un noventa por ciento de mis compatriotas, pero eso no me hace quererlos, tampoco compadecerlos, ni a ellos ni al diez por ciento restante.”

 

Al final, cada lector obtendrá una respuesta, yo me quedo con la mía. ¿Qué es la mexicanidad?: un chiste mal contado.

 

Ya no quiero ser mexicano, de Mauricio Bares. Nitro Press, 2011. Ciudad de México, México.

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