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Por Óscar Alarcón García (@metaoscar)

Puebla, México, 4 de abril de 2021 [00:02 GMT-5] (Neotraba)

Ayotzinapa. La travesía de las tortugas, del Colectivo Marchando con Letras; El despido de Wilbert Torre; La ciudad del soul de Carlos Sánchez; Slim: Biografía política del mexicano más rico del mundo de Diego Enrique Osorno; Los morros del narco de Javier Valdez fueron los nombres que más destacaban en el Festival Vaniloquio 2015, que se llevó a cabo en San Pedro Cholula, Puebla. Sin que muchos habitantes lo supieran, el municipio se convirtió en un centro neurálgico del periodismo por casi tres días.

Carlos Sánchez me presentó a José Luis Valencia, quien para ese entonces había escrito la novela La poeta gorda (Rayuela, 2014), y que, además de presentarla, parecía estar cubriendo el recorrido de los periodistas. José Luis me presentó a los periodistas Wilbert Torre en una de esas tardes en Cholula y años después a Alex Sánchez.

Después le perdí la pista, salvo las escasas publicaciones que hacía en Facebook no tuve noticias de él por varios años. Hasta que en septiembre de 2020 me enteré de que había recibido el Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola, por su libro Los tiempos de Dios. Un libro que aborda la violencia que se vive en nuestro país. Específicamente en la zona del bajío mexicano. Supe que Valencia se había casado y que había tenido un hijo, pero eso era todo.

Portada de Los tiempos de Dios, de José Luis Valencia.

Alejado de los grupos literarios tapatíos, José Luis Valencia es un escritor silencioso, que escribe de manera lenta pero sorpresiva, como los finales del libro con el que ganó el Arreola: llegar sin anunciarse a uno de los concursos más importantes de México.


Óscar Alarcón. ¿Qué estuviste haciendo entre La poeta gorda y Los tiempos de Dios?

José Luis Valencia. Está chistoso porque estaba haciendo otra novela. La tengo casi desde que terminé La poeta gorda. Por ahí de 2014-2015 la comencé a escribir y no la he terminado. Está muy avanzada. Hay una mitad que más o menos se sostiene pero no termina de cuajar.

Justo el año pasado tuve la fortuna de tomarme un año sabático del trabajo. Fue un año sólo para leer y escribir. Se me juntó con que cuando inició mi sabático, nos embarazamos mi mujer y yo y luego cayó la pandemia. Tuvimos la fortuna de estar encerraditos primero los dos y luego los tres. Entonces, lo que hice fue leer y escribir. Ya hice la cuenta y durante el año que estuve de sabático, leí 73 libros y salió este libro de cuentos.

“Los tiempos de Dios”, cuento que le da nombre al libro lo empecé a escribir hace dos o tres años. Me había invitado una editorial a participar en un libro colectivo en donde el tema eran los desaparecidos. Lo escribí y lo mandé. Pasó tiempo y no había salido el libro, y le dije a la persona que me invitó: “Oye, quiero concursarlo”. Escribí los otros siete cuentos en el año sabático.

Uno de los últimos vuelos que tuve, cuando todavía estaba trabajando, tuvo un retraso. Volaba domingo a las 8 de la noche y terminé volando a las 4 de la mañana. Estuve toda la noche en un Wings del aeropuerto y ahí se me ocurrieron los temas de los cuentos que iban a acompañar a “Los tiempos de Dios”. Escribí la sinopsis de cada uno. Eran más. Algunos terminaron por no entrar; otros cambiaron; otros surgieron en el transcurso del año.

Quería hacer un libro que reflejara la realidad en la que vivimos, que es de mucha violencia, de mucho peligro –no necesariamente provocada por el narco, aunque siempre está por ahí– y esto fue lo que salió.

ÓA. Las etiquetas pueden ser muy fuertes, sin embargo ¿te definirías como novelista o como cuentista? Sobre todo porque al ganar el Premio Nacional de Cuento, me imagino que comienzan a llamarte cuentista.

JLV. Es difícil porque yo nunca me he considerado escritor. En realidad, soy publicista y escribo porque es una de mis pasiones desde que me acuerdo. Pero nunca había considerado que podría ser mi forma de vida, por la satisfacción que te produce hacer este tipo de trabajo. Y mucho menos en lo económico.

Cuando se publicó La poeta gorda, para mí fue la cosa más maravillosa del mundo porque era la cristalización de uno de mis anhelos, de mis sueños y que la haya publicado Rayuela de Avelino Sordo, que para mí es un señor editor, aunque es una editorial independiente es una gran cosa.

Y lo mismo me pasó con Los tiempos de Dios. Te voy a confesar algo, aunque ya lo he dicho en otros espacios: decidí participar en el Concurso más que pensando en ganar, era para tener un deadline, para que no se me fuera el año sabático sin terminar nada.

Me dije: voy a poner la fecha y de lo que tenga, lo voy a meter a participar. Estuve a punto de no entrar porque el embarazo se nos adelantó, nuestro hijo fue sietemesino. Por la pandemia, los organizadores de la Universidad ampliaron un mes más la convocatoria. Y por ese mes extra que dieron pude terminar el número de cuartillas que pedían.

Se pudo hacer en línea, fue otra ventaja y cinco minutos antes de que se acabara la convocatoria mandé el libro. Me olvidé de la cosa. Incluso lo seguí trabajando en taller y edición, le seguí dando a unos cuentos.

José Luis Valencia y Matías. Foto tomada de su cuenta de Facebook.

Cuando me llamaron, vi el número de Ciudad Guzmán en mi celular y se me cayeron los pantalones –literal. Cuando pasó todo lo que pasó fue maravilloso.

Entonces, cuentista o novelista no sé. Ahorita lo que sí puedo decir es que soy un escritor y me gusta escribir. Me gustaba más la novela, creo que es más fácil escribirla porque no hay limitaciones: te puedes extender en describir escenas, escenarios, personajes, puedes mostrar cómo van evolucionando los personajes en el tiempo.

El cuento te exige más: contar la historia, mostrar las acciones del personaje más que al personaje, tiene mayor grado de dificultad. La verdad es que me gustó hacer cuento, es la primera vez que lo hago de esta manera.

ÓA. La presencia de Javier Valdez es importante a lo largo de tu vida, con cierta potestad intelectual. Háblanos de la imagen de Javier.

JLV. Empiezo contando una plática que tuve con Juan Pablo Meneses, que es un cronista chileno, me comentaba un poco en tono de burla: “Ahora resulta que todos eran amigos de Javier”, era el boom de que todo mundo estaba triste por lo que le pasó.

Yo le dije: “No sé si todos éramos amigos de Javier, pero lo cierto es que Javier era amigo de todos”. Era un ser humano excepcional –además de todo lo que se le tiene que reconocer en el periodismo: el valor, la entrega, la pluma que tenía en sus últimos libros–, un gran camarada, un buen amigo, una buena persona; quería mucho a sus hijos, a su esposa.

Era un hombre en el que podías confiar, era un buen tipo y en lo personal –más en lo personal que en lo periodístico– me dolió mucho. Es de esas cosas que dices: “A él no tendría que haberle pasado eso. No es justo que a una persona como él le pasen esas cosas”.

En ese libro aparece la violencia y son justo las historias que él contaba, que pasaban en la realidad. Me pareció que se lo tenía que dedicar.

ÓA. Te lo preguntaba sin ánimo de morbo porque conocía la relación cercana que tenías con él. Más allá de la figura emblemática que era Javier, el lado humano: tenías camaradería. ¿Qué significado tiene para tu literatura?

JLV. Él y muchos periodistas. La influencia que tuve antes de escribir en forma fue de tantos periodistas como Diego Enrique Osorno, Javier Valdez, John Gibler, Daniela Rea, Marcela Turati, Alejandra Guillén. Un montón de personajes que pude conocer a partir del Encuentro Internacional de Periodistas que realizó la Universidad de Guadalajara. Durante tres o cuatro años pude convivir con ellos y conocerlos de cerca. Tanto el tipo de historias que croniqueaban y su forma de escribir tan variada entre ellos, incluyendo a Javier, creo que es lo que influye mucho en mi escritura.

Creo que un poco La poeta gorda, y sobre todo estos cuentos, tienen una gran influencia de la crónica. Te escuché decir que parecían crónicas, que parecían ser verdad.

Escribo mucho como croniqueando, y esa es la influencia que me dan los periodistas: Javier, Diego y otro montón más.

José Luis Valencia y Jorge Galindo en la ceremonia de entrega del Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola. Foto tomada de la cuenta de Twitter de Jorge Galindo.

ÓA. Lo que me llamó la atención de Los tiempos de Dios, fue la violencia cotidiana. Cuando uno comienza a leer la literatura del narco aparecen grandes invasiones a los pueblos, gente desplazada por la violencia. Después de diez o quince años estamos en otro tipo de violencia, una que es cotidiana. Jalisco presenta una cantidad de hechos violentos y en el centro de la República pareciera ser que no los vemos.

JLV. Tengo un buen amigo que se llama Rafael, y frecuentemente repite una frase: “Todos los días nos levantamos muy campantes como si no fuera a pasar nada en la vida. Vamos caminando sin pensar en que puede ser el último día por cualquier cosa: un accidente de tránsito, que te atropellen, un asalto, que por el celular te metan un tiro. Nunca pensamos en eso y nunca tomamos precauciones, nunca nos cuidamos”.

Es como el asunto del cuento de “Pa’tras”, donde un tipo que por tocarle el claxon al vato de adelante, que no se mueve en el semáforo, le pegan unos balazos y no era necesario. ¿Qué le habría costado esperar tres minutos más de la luz roja? Y esas son cosas que pasan todo el tiempo.

Esa frase me impulsó a escribir de este tipo de violencia. Y en medio del proceso de escritura de los cuentos, nace mi hijo y te trastoca la forma de ver. Pienso: “Caray, ¿a qué tipo de mundo viene Matías?”. Me dieron todavía más ganas de escribir, de describirlo: un poco pensando en que tenemos que hacer algo para que ya no sea así, para bajarle a los decibeles de la violencia, que es la nuestra.

A lo mejor al narco y todo lo demás no –si ni el ejército ni la Guardia Nacional puede hacer nada contra ellos, nosotros menos–, pero hay otro tipo de violencia que nosotros sí podemos contener, que sí podemos evitar y escribí un poco motivado pensando en eso.

ÓA. No sabemos qué ocurre con los desaparecidos. Háblanos sobre los cuerpos que no están, que eso es lo que pasa en el cuento que abre, “Los tiempos de Dios”, y que además es el homónimo del libro: la madre que se queda esperando los cuerpos de sus hijos.

JLV. Es la forma de violencia más terrible que puede padecer alguien. Lo pongo en alguna parte del cuento: cuando tienes un cuerpo, se acabó. Sabes que vas a sufrir, que te va a doler meses, años pero sabes qué pasó: tienes una tumba que visitar.

Pero cuando está desaparecido, las posibilidades son infinitas: si lo mataron, si lo tienen en la sierra cosechando, si lo hicieron sicario, si la tienen de mula, si se la llevaron por trata de blancas a no sé qué parte del mundo. Ese es un sufrimiento que no para: no saber qué le pasó, si sigue o no sigue, si está sufriendo.

La gente que tiene un desaparecido tiene dos variantes: hay un momento en el que se cansa física y emocionalmente de buscar. Pero por otro lado tienen ese sentimiento en el que no pueden dejar de buscar, porque ¿qué tal que mañana es el día en el que sí la van a encontrar y paraste hoy?, ¿qué tal si dices “Ya me cansé”, pero ella o él están sufriendo? No puedes parar y eso destruye el alma y el cuerpo de la gente que está buscando.

Me parece que esa es la forma de violencia y el crimen más terrible de nuestra época, porque es un crimen que te mata todos los días. Que mata a los familiares, porque el desaparecido también la sufre, pero todos los que lo quieren, todos los que están a su alrededor están muriendo todos los días por no saber. Y ese es el tipo de violencia más terrible que tenemos.

ÓA. ¿Cuáles son las formas de violencia que a ti te preocupan y que están ocurriendo en el país en este momento?

JLV. Sin duda la de los desaparecidos, como ya te dije, por el grado de crueldad que tiene ese tipo de crimen.

Como estamos en una época tan violenta… la violencia que sufren las mujeres, desde la simbólica hasta la física que pasa por todos los niveles de piropo, acoso, violación. Esa es otra.

Ser papá, en la etapa previa al embarazo, me hizo pensar la violencia más a fondo y de otra manera en el mundo en el que vivimos. Te asusta porque hay poco que se pueda hacer al respecto, salvo denunciar, escribir, no repetir las conductas que sabemos que no tenemos que repetir. A lo mejor suena reduccionista pero empezar por no ser gandalla es el mejor ejemplo que le podemos enseñar a nuestros hijos: no pasarte un alto, no rebasar por la derecha, respetar las filas. A partir de ahí se desencadena un montón de cosas.

José Luis Valencia. Foto tomada de su cuenta de Facebook.

ÓA. Noto que hay un par de cuentos que rompen la unidad del volumen: el primero, en donde un par de amigos están cantando canciones de Andrés Calamaro y uno de ellos se enamora de la chica del otro y se hace un triángulo amoroso. ¿Por qué decidiste incluir este cuento?

JLV. Por la idea del suicidio. Siento que es otro tipo de violencia: te la puedes infligir tú mismo, pero es violencia. Los suicidios estaban a la alza, incluso antes de la pandemia, y ahora, con todo lo que generó el encierro, la soledad, la falta de trabajo para generar ingresos, la falta de hospital, de oxígeno –las mascarillas se volvieron artículos de primera necesidad–, eso afecta mental y emocionalmente a la raza y el suicidio se vuelve una alternativa que pudiera parecer apetecible. Aunque yo no creo que lo sea.

Por eso quise incluir ese cuento, que también tiene que ver con la facilidad con la que hoy tenemos armas en la casa, cualquiera puede conseguir una pistola. No es nada del otro mundo. Es como tener un celular o una pantalla de 60 pulgadas.

ÓA. El otro cuento que siento que rompe un poco, aunque tiene un trasfondo violento, es el de los aparecidos: una familia se le aparece a un tipo que está hospedado en un hotel, son fantasmas. Tiene un elemento sobrenatural. Háblanos sobre ese cuento.

JLV. A lo mejor les parece chistoso pero la escena de los fantasmas es real. A mí me pasó en ese hotel. Y no había bebido ni nada. Para mí era parte de mi experiencia en Zacatecas.

Esa parte se desarrolló ahí: el hotel en donde se aparecen los fantasmas, los taquitos dorados, la cantina que se llama Las quince letras, para mí eso era Zacatecas y quería mostrar esa Zacatecas que me parece encantadora. Pensaba que era un buen lugar para irse a retirar y dedicarse a escribir nada más.

Era un homenaje, me sirvió como escenario para describir lo que le pasa a este chavo. Son las decisiones que vas tomando: liarte en la cantina con un desconocido, responder a la bravuconada de un borracho en una cantina, coquetear con una mujer a la que no conoces y además eres casado, no por la cosa moral sino por el asunto de la honestidad. Ese personaje tomó todas las malas decisiones que podía tomar y aunque parecieran inocentes en nuestra cultura mexicana, no lo son.

Hoy ser macho, ser mentiroso y ser desleal tiene costos. A él le tocó enfrentarlos.

ÓA. ¿Y el elemento sobrenatural como parte de la cultura popular?

JLV. Está presente en Zacatecas. Hay muchas historias de aparecidos. Era más mi experiencia personal, es parte de la esencia de Zacatecas, había que meterla de alguna manera.

ÓA. Me parecía que esta historia podría ocurrir en Jalisco, Zacatecas o Puebla.

JLV. En realidad es una historia de ciudades chiquitas, de pueblitos, pero yo la vi en Zacatecas, en ese hotel: El mesón de Jobito. Cuando quieran ir a asustarse, quédense en ese hotel, que además es hermoso.

ÓA. Después de leer el libro hay un tema que me ronda la cabeza y ya no tiene que ver con la violencia sino con los abandonos: pareciera ser que todos los personajes están abandonados.

JLV. Sí, un poco. Pero creo que es una constante en la vida: hay gente que llega, que está un tiempo en tu vida.

Si tienes suerte dos o tres de esas personas que llegan a tu vida se quedan siempre, pero también, si te pones a pensar, hay cientos de personas que desde que estuviste en la secundaria a la fecha y tuviste una relación ya no están; porque te saliste de la escuela, porque se pelearon, porque al crecer lo hacen por caminos distintos –que es un poco el cuento del Chato–, dos amigos crecen juntos pero al hacerse adultos toman caminos muy distintos y se separan. A la mayoría no los vuelves a ver. Y otros, como en el cuento, que los vuelves a ver y no es tan para bien.

El abandono es una constante en la vida de todos. O las separaciones, incluso, mucho más que el abandono.

ÓA. A propósito del nacimiento de tu hijo: entre La poeta gorda, Los tiempos de Dios y la novela que estás escribiendo, ¿cambió tu forma de escribir?, ¿hay una modificación en los temas, en el abordaje?

JLV. Creo que no es necesariamente a partir del nacimiento de Matías. Creo que es el tiempo y los libros que leí en el inter. Noto lo que dices: si releo La poeta gorda, digo que es un libro de adolescente. Y Los tiempos de Dios, es maduro en todos los sentidos: el tema, el abordaje, el uso del lenguaje. Eso me ha metido en un problema con la novela inconclusa porque siento que es más parecida a La poeta, que a esto otro que estoy escribiendo ahora. Entonces ya no sé qué va a pasar con ella.

ÓA. Veo que traes una chamarra de los Leones Negros de la U. de G., ¿es un lugar común pensar que le vas a las Chivas si estás en Guadalajara?

José Luis Valencia presenta La poeta gorda. Foto de Paola Avalos.

JLV. Le voy a las Chivas, por supuesto. Pero estudié en la Universidad de Guadalajara, es un poco la identidad universitaria.

ÓA. ¿Qué representan las universidades en esta época de pandemia para la sociedad?

JLV. Creo que las universidades tendrían que ser el soporte de las sociedades en momentos de crisis, como ésta. No sólo por la generación de conocimiento –que ahora se ha complicado porque todo es a distancia y en Zoom–, sino porque ese conocimiento tiene que convertirse en cosas prácticas. Te lo digo porque la Universidad de Guadalajara, creo que es la universidad que mejor ha afrontado el tema de la pandemia a nivel nacional.

La Universidad fue un complemento para las decisiones que tomó el gobierno: formaron una mesa de especialistas y la Universidad fue la que empujó: “Hay que cerrar todo, nos tenemos que recluir”.

La Universidad fue la que comenzó con las campañas de información, fue quien empujó las pruebas rápidas, generó todo un sistema para clases en línea. Está desarrollando investigación en torno a COVID-19, pero también desarrolló un esquema para la aplicación de la vacuna en Jalisco.

La Universidad de Guadalajara ha jugado un rol excepcional en Jalisco para enfrentar la pandemia. Creo que ese es el rol que deberían jugar todas las universidades en el mundo.

ÓA. Ganas el Premio Juan José Arreola que se otorga en Jalisco, específicamente en Ciudad Guzmán; naciste en Jalisco, ¿qué pasa con el panorama de la literatura jalisciense que de pronto no te vemos en esos grupos?

JLV. Tiene que ver con lo primero que te decía: no soy escritor de forma ni dedicado al 100% en esto. O no era. Porque justo el premio me obliga a repensar el rol. Ganar el Arreola no es poca cosa, sobre todo cuando ves quiénes lo han ganado y qué ha sido de sus carreras después de ganar.

Julián Herbert fue presidente del jurado y lo que dijo de la obra me hizo pensar que tengo que dedicarle más tiempo a escribir. No necesariamente meterte a los grupos de los escritores.

Ya viví un poco eso cuando estuve en el encuentro de periodistas –no siendo periodista– y no necesariamente es la mejor decisión, pero lo que sí debo de hacer es escribir cien veces más y leer mil veces más.

Y dedicarme a mejorar la escritura, abordar mejor los temas y a producir más. No pensando en publicar pero sí pensando en hacer obras de calidad, obras que me gusten.

ÓA. Más allá de lo literario también nos encontramos con lo editorial. ¿Cuál es tu opinión de las editoriales de Jalisco?

JLV. Híjole, es que hay poquitas. La Universidad de Guadalajara publica mucho pero publica de todo.

Rayuela, que para mí es la mejor de Jalisco, en cuanto las obras que elige, el diseño editorial y las portadas que les da: todas son de pintores. Rayuela edita sólo cinco o seis libros al año cuando mucho. Tiene oficio porque tiene la oportunidad de elegir qué edita y eso está muy chido.

Arlequín hace su esfuerzo. Tiene muchos años ya. Haber sobrevivido tanto tiempo es el mayor reconocimiento que se le puede dar a Arlequín. No está fácil sobrevivir frente a los mega consorcios que son Planeta y Penguin.


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