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Por Miguel Azael Díaz López

Cerritos, San Luis Potosí, 29 de julio de 2023 [00:10 GMT-6] (Neotraba)

Miguel Díaz (Galeana, Nuevo León, 1990) entrega un cuento de terror botánico para repensar nuestra relación idealizada con las plantas y el cuestionable dominio humano frente a la naturaleza. Díaz es Licenciado en Educación Primaria con una Maestría en Apreciación y Creación Literaria en el Instituto de Estudios Universitarios de Puebla, reside en Cerritos (San Luis Potosí) y se desempeña como Asesor Técnico Pedagógico en Educación Primaria, además de escribir de vez en cuando. “Germinación” obtuvo Mención Honorífica en el Primer Concurso Regional de Cuento de Cafebrería Ítaca, que se organizó para difundir y premiar relatos escritos en la Zona Media de San Luis Potosí. El jurado fue integrado por Elma Correa, Gabriela Nájera y Óscar Alarcón. Siguiendo las bases del concurso, los textos ganadores son publicados en Neotraba.

Te encontré frente a mi puerta una mañana antes de irme al trabajo. Estabas dentro de una caja con sellos postales de Estocolmo, lo cual me pareció extraño, pero al ver cómo tus pequeñas hojas, similares a pétalos con ojos, despertaron ante la luz, toda extrañeza desapareció. Nunca antes pensé en tener una planta. Me agobiaba la responsabilidad y la paciencia que se requiere para cuidar de una. Sólo imaginar en que pudiera morir me generaba estrés, y optaba, mejor, por una artificial, etérea e inmortal.

Así llegaste y, sin embargo, te empecé a cuidar; a regar por las tardes cuando el sol se perdía; a darte abono, aunque con el paso de los días noté que quizás te estaba dando de más. Creciste algunos centímetros muy rápido, casi podía notarlo cuando observaba tu cuerpo por un largo rato. Tus pétalos rojos se convirtieron en ramitas y tus ojitos se empezaron a expandir, como si observaras un nuevo mundo con esas decenas de pupilas de tonos azules al centro de tus hojas.

Mi vida también cambió, algo en tu presencia me daba tranquilidad. Los días en que llegaba a casa fastidiado por mi empleo se esfumaron. Me sentaba en el sofá y te observaba, como esperando a que preguntaras “¿Qué tal el trabajo?”, y te contaba que nada especial había sucedido, sólo el constante deseo de regresar a casa para escuchar música y tumbarme en la sala, inexplicablemente relajado y hasta cierto punto feliz.

Con el paso de los días las cosas siguieron cambiando. Creciste con mayor rapidez y tuve que mudarte a una maceta más grande. Te volviste mi compañera y, aunque pareciera loco, podía entender lo que querías. Algo en el aire me decía cuándo tenías sed o cuándo necesitabas la luz del sol, lo cual hizo una tarea fácil cuidar de ti.

Las tardes se convirtieron en mi mejor terapia, tu aroma me hacía dormir y soñar situaciones maravillosas. Sueños en los que, a veces, me encontraba en un hermoso jardín, donde muchas plantas como tú coloreaban el horizonte; otras veces estábamos solos, tú y yo, en un lugar inmenso, sin paredes, sin cielo, como en una habitación blanca e infinita. En ese lugar tus ramas y hojas se movían a voluntad, como pequeños brazos evocando ademanes mientras tus ojos azules, y el misterioso modo de comunicarte, me decían algo en extremo interesante.

Una noche, durante la madrugada, se escuchó un ruido. Después de encender la luz y armarme de valor, entré a la sala, sólo para descubrir tu maceta hecha trizas en el suelo. Te encontré tirada cerca de la puerta, con tus raíces al descubierto y la tierra esparcida por el lugar. Al principio analicé la posibilidad de que un gato fuera el culpable, pero al revisar las ventanas y cerciorarme de que ninguna estuviera abierta, la sospecha apareció en mí mente.

Te levanté del suelo y, al no tener otra maceta, decidí hacer un hoyo en mi pequeño patio, motivado a la vez, por el increíble crecimiento que estabas teniendo, y a la sospecha de que algo raro estaba sucediendo. Así fue como te di la libertad de crecer a tus anchas, aun cuando te veías débil a causa del incidente. Esa madrugada pensé que no sobrevivirías.

A la mañana siguiente mi alarma sonó, y siguió sonando hasta pasado el mediodía, cuando por fin desperté. Era la cuarta vez que me quedaba dormido en las últimas dos semanas. Hablé a mi trabajo y avisé del inconveniente, de nada sirvió excusarme, sabía las consecuencias y lo que ocurriría. Minutos más tarde, recibí un correo electrónico donde se me informaba de mi despido, y la indicación de pasar a recoger mis objetos personales, además de una copia de mi carta de renuncia, aquella que firmé obligatoriamente cuando me contrataron.

Tú sabías como me sentía y trataste de consolarme. De tus poros salió algo que inundó rápidamente el ambiente, después sentí calma. Todos mis músculos se olvidaron de la tensión y mi mente de la preocupación; mi respiración se hizo lenta y profunda, al mismo tiempo en que mi mente dejaba de pensar; mis ojos podían observar todo, en especial a ti a través del cristal que da al jardín, tan grande como un pequeño árbol, con una densa niebla emanando de tus ojos. Pasado eso, no supe más. Desperté dos días después con un terrible dolor de cabeza y un hambre inmensa.

Cuando estuve consciente, el terror se apoderó de mí. Tus ramas, al otro lado de la puerta corrediza, abarcaban todo el suelo y parte de las paredes, incluso tus hojas habían crecido de manera abrupta hasta el grado de obstruir completamente la luz del sol. En el reflejo del cristal, apenas iluminado por la bombilla de mi habitación, pude verme débil y tan flaco como una momia, con la piel pegada a los huesos y los ojos saltando de mis cuencas. Comprendí que debía huir, pero no pude. Caminé con dificultad hasta dar con la puerta, la cual había desaparecido detrás de cientos de ramas con púas de un color oscuro que no pude descifrar. También habías bloqueado las ventanas y la parte abierta del jardín, evitando el ingreso de la luz y la posibilidad de escaparme por la barda.

De repente alguien tocó la puerta y escuché mi nombre. Reconocí la voz de uno de mis compañeros del trabajo, al parecer traía consigo las cosas que dejé en mi oficina. Grité pidiendo auxilio, esperando que pudiera escucharme, lo cual sucedió, pues los golpes a la puerta se convirtieron en embestidas, mismas que fueron en vano, pues tus ramas eran del grosor suficiente para resistir cualquier embate. Después de unos minutos los golpes cesaron y la voz se fue diluyendo. Solo quedó el sonido del roce de tus ramas mientras aumentaba el grosor del muro junto a la puerta. En eso empecé a llorar, presa del miedo y el desconcierto. Tú, nuevamente, trataste de consolarme, y comprendí lo que pensabas al verme débil, pálido y flaco. Decidiste que yo aun no era una planta, sino una semilla que debía germinar para estar bien. Después todo fue oscuridad.

Me desperté con los ruidos y los gritos provenientes del exterior: golpes de machete al rebotar sin éxito en contra de tus extremidades; una sierra arañando apenas la corteza de tus brazos; después un líquido cayendo, filtrándose por entre tus ramas; enseguida el murmullo de tu miedo, de tu dolor, a causa de la agonía frente a las llamas al intentar protegerme. Ellos no sabían lo que estaban haciendo. Ellos no entendían lo que estabas protegiendo.

Cuando me rescataron, tuvieron que destruir a golpes de hacha y machete los últimos vestigios de tu vida, convertidos en la cúpula de ramas que evitó mi muerte. De un momento a otro, la luz del día llegó, y pude observar desde múltiples ángulos, al mismo tiempo, todo el lugar y a todas las personas, las cuales, a su vez, me veían con desconcierto. No pude hablar, tampoco moverme, entonces me di cuenta que estaba anclado al suelo en un cuerpo diferente. Había germinado y ya no era más una semilla.


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