Frida Kahlo, algunos cuantos naufragios y el abductor
Gabriel Duarte escribe sobre una lesión después de estar en el gimnasio y hace una crítica a Frida Kahlo a partir de su obra: Diego en mi pensamiento

Gabriel Duarte escribe sobre una lesión después de estar en el gimnasio y hace una crítica a Frida Kahlo a partir de su obra: Diego en mi pensamiento

Por Gabriel Duarte
Ciudad de México, 10 de mayo de 2026 (Neotraba)
Tiempo de lectura: minutos
Insensatos lectores: resulta que hoy es lunes. Comienzo a escribir esta madre desde hoy por dos motivos:
A) Debo confesar que algunas veces me hago bien uei toda la semana y cuando me doy cuenta ya es sábado y necesito mandar urgentemente mi columna. Lo anterior siempre me orilla a terminar escribiendo cualquier pendejada y, como resultado, el texto sale al puro chingadazo.
B) Tengo una pequeña lesión en el abductor izquierdo. No es nada grave. Supongo que en la semana ya estaré al tiro. Mientras tanto, no quiero sentirme el Perro Aguayo una noche de viernes en la Arena México y llevar las cosas al extremo. Así que, mejor quedarme guardadito en casa.
Y si se preguntan por qué ando medio madriado he aquí la razón:
Resulta que el día de ayer me largué a ejercitar mi adiposo cuerpo. Sucedió algo extraño, la clase era a las 11:15. A las 11:10 sólo éramos tres pelados y el coach. En menos de 5 minutos se llenó la sesión.
Aquello parecía Tepetongo en Semana Santa. El estudio estaba hasta la madre. En realidad, eso era lo de menos, el gran problema era el puto calor humano.
Comenzaron las hostilidades y a los 10 minutos me sentía como tamal oaxaqueño en medio del bote donde los ponen a cocer, por más que intentaba inhalar un poco más de aire, para compensar el esfuerzo de los ejercicios, me resultaba imposible.
A media clase tuve que abandonar el salón para refrescarme del pequeño infierno al que había acudido.
Debo ser honesto: a estas alturas de la vida no soy el más ágil y tampoco el más habilidoso para hacer los entrenamientos. Digamos que tengo la coordinación de un rinoceronte y la flexibilidad de una escoba.
Aun así, trato de hacer las cosas, es más, podría decirles que el simple hecho de llegar en domingo al gimnasio ya es un logro en sí mismo.
El asunto es que salí a respirar. Bastó con poner un pie en la recepción para sentirme un poco mejor y descansar por unos minutos.
Cuando regresé todos estaban haciendo un ejercicio cuya explicación no alcancé a ver. Y en ese momento pensé, querido Gabriel: ¿por qué no aprovechas esta situación para enredarte con una mancuerna y lesionarte el abductor izquierdo? Es un gran momento para partirte la madre, ¿no crees?
Luego entonces, el muy pendejo de mí terminó hecho camotes con una puta mancuerna que parecía marranito. Había que brincar y hacer una lagartija. Desde luego que ni siquiera brinqué y terminé en el piso como renacuajo.
Después de todo este desmadre sentí un pellizco en el abductor.
El incidente no pasó a mayores. La verdad es que todo mundo anda pujando con sus propios temas y sus mancuernas, como para andarse fijando en las pendejadas que hacen los vecinos. Así que, salvo mi abductor, nadie se percató de nada.
Heroicamente, y de milagro, terminé la clase. Les juro que con tanto calor estuve a tres minutos del colapso.
Acabada la sesión decidí sentarme en una banca y reposar mi entrenamiento (así como los viejitos que después de bañarse se quedan en una sillita reposando su baño) y gustosamente observé que llegaban varios trabajadores a conectar los aires acondicionados.
Por un lado, pensé lo siguiente: ¿por qué chingados no tuvieron la brillante ocurrencia de venir ayer? Y, por otra parte, me hice otra pregunta: ¿qué será mejor, agarrarlos a chingadazos o hincarme y darles las gracias?
La neta es que me ha gustado mucho el lugar que encontré para hacer ejercicio, por lo tanto, celebro que el salón a partir de mañana tenga un clima en donde la gente sólo tenga que preocuparse por no hacer pendejadas con las mancuernas y no por el calor.
En otros temas, me encontré una nota en el periódico que habla sobre Frida Kahlo y creo que es importante meditar un poco sobre este asunto.
Lo que es a mí este fenómeno me rebasa.
Me parece que mucha gente idolatra a Frida, pero creo que en realidad no está reaccionando solamente a sus pinturas. Más bien se trata de una mezcla entre mito, biografía, identidad, marketing cultural y símbolo político.
Pero, como dijo el carnicero: vamos por partes.
Hace unos días una pintura de la Kahlo volvió a alcanzar cifras absurdas en el mercado del arte. Pinches mil dólares por una obra que para muchos ni siquiera parece extraordinaria desde el punto de vista técnico.
Para ser exactos hay una cotización del cuadro Diego en mi pensamiento del acervo Gelman, que podría alcanzar los 67.5 millones de dólares. Al tipo de cambio del día de hoy serían unos mil ciento sesenta y cinco millones de pesos (favor de no mamar).
La reacción inmediata suele dividirse en dos bandos: los que consideran que Frida es una especie de santa moderna y los escépticos que aseguran que está terriblemente sobrevalorada.
Hay artistas admirados por académicos, por especialistas o por el mercado del coleccionismo.
El asunto es que Frida pertenece a una categoría mucho más rara: la de los artistas, al estilo del Che Guevara o John Lennon, que son convertidos en símbolos universales.
A mí me parece que en realidad muchas personas no consumen los cuadros de Frida Kahlo, más bien consumen un mito. Y los mitos son mucho más poderosos que las pinceladas.
Para chingarla de acabar, vivimos en una época obsesionada por convertir el sufrimiento íntimo en identidad pública. En ese sentido, la Kahlo parece una artista diseñada para el siglo XXI, aunque haya muerto hace más de setenta años.
Creo que sus cuadros funcionan más como confesiones que como escenas. No intentan esconder el dolor. Lo exhiben. Y eso conecta profundamente con una generación que admira más las cicatrices que la perfección.
Tal vez por eso, personas como yo, no terminamos de alcanzar el fenómeno. Quizás la discusión sobre si Frida Kahlo era una gran pintora, resulta insuficiente.
Me parece que la pregunta más atinada sería esta: ¿cuántos artistas han logrado convertir su propia existencia en un lenguaje reconocible en cualquier parte del planeta?
Muy pocos.
La realidad es que Frida ya no sólo es una pintora mexicana. Es una industria cultural, una identidad política, un símbolo feminista, un ícono pop, un imán turístico y una marca global.
Lo anterior no obliga a nadie a considerar extraordinarios sus cuadros. El gusto sigue siendo personal y discutir sobre arte siempre será un tanto subjetivo, pero saludable hasta cierto punto. Aunque debo reconocer que reducir el fenómeno de Frida a una simple moda también es una forma de ceguera.
Con toda honestidad lo confieso: sus pinturas no son de mi agrado, pero no dejo de pensar que hay artistas que producen obras memorables. Y hay otros, mucho más escasos, que terminan produciendo una mitología.
En fin, que, para finalizar, les diré que he naufragado en cuanto a mis lecturas: iniciaré por comentarles que Nefando no es un mal libro, simplemente creo no estar en el momento indicado para leerlo, por lo tanto, lo abandoné.
Proseguí con José Donoso y El lugar sin límites. Sucedió lo mismo. No comulgué con el discurso.
Intenté con algo más periodístico: Los suicidas del fin del mundo de Leila Guerriero, el tema es interesantísimo. En un pueblo argentino llamado Las Heras en la Patagonia, la gente comienza a suicidarse sin un motivo aparente. Es un caso real. Pero el tejido de la historia no terminó por engancharme.
Para terminar con mis fracasos: quise leer El discurso vacío de Mario Levrero. Baste con decirles que llegué a la página 19.
No lo sé, pero me ha dado por suponer que soy una víctima más del tiempo que estamos viviendo. Tanta red social donde todo es instantáneo y suceden mil cosas en videos de 10 segundos, me han orillado a desear que todo inicie con una explosión y que cualquier tipo de discurso me mantenga al filo de la butaca.
Lo mismo me viene sucediendo con el cine, las series de televisión y el teatro: o las historias arrancan a putazos y balazos o simplemente no tengo paciencia para dejarme llevar por cualquier disertación un tanto más reflexiva y en un tono más pausado.
¿Qué se puede hacer? Me parece que sólo hay un remedio: habrá que ir pronto a las luchas en la Arena México. ¿Alguien se apunta?
En fin, que ya me voy. Se me antojó un desayuno nocturno. En El Péndulo venden esa gran contradicción de la cocina mexicana: huevitos al gusto y/o hot cakes a partir de las 7pm. Ya veré qué me rifo y si encuentro una buena novela que empiece a los chigadazos para que me resulte interesante.
Por lo pronto se me portan bien, no quiero quejas.
Cualquier duda o sugerencia con esta columna que promete dejar de hacer pendejadas en el gimnasio y que sigue cuestionándose si las pinturas de Frida Kahlo de verdad no están sobrevaloradas, favor de mandarnos sus comentarios, honorable damita, distinguidísimo caballero.
