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Por Evelyn Moreno

Ciudad de México, 23 de agosto de 2020 [12:30 GMT-5] (Neotraba)

En este libro, ocho mujeres se atrevieron a disolver el cuerpo en ocho cuentos que son abordajes distintos del cuerpo; en unos hallamos cuerpos que se caen a pedazos, como piezas, cuerpos que buscan el reconocimiento, cuerpos inconformes, cuerpos que se hunden y se entregan a la tierra y otros condenados al extravío. Claramente observamos la creación de un cuerpo verbalizado, capaz de ser interpretado. Lo que comparten todas las autoras, a través de sus personajes en La disolución del cuerpo, es mostrar un cuerpo sensible, emocional y simbólico.

Curiosamente, casi todos los personajes padecen o sufren el cuerpo que lleva consigo.

En todo relato hay un personaje y una situación dramática. A veces olvidamos que estos personajes habitan un cuerpo, un cuerpo que siente desde cada uno de sus órganos. No existe ficción sin cuerpo. Leer relatos donde el cuerpo es el tema, donde los textos se encarnan, obliga a decir algo con él y de él. Las autoras de sirven del mismo como mecanismo para el leguaje. A través del sentir del cuerpo proyectan su entorno y la conciencia del yo.

Un acto narrativo o poético es una alteración en el cuerpo de quien percibe. El cuerpo en estos relatos es alteración en sí mismo, la alteración de una mujer que ha perdido un ojo, de no tener la figura que deseamos, la que nos provoca envejecer, la de un cuerpo desaparecido, secuestrado, la alteración de sentir que este cuerpo por alguna razón no es mío y no ser capaz de aceptarlo, de abrazarlo.

Dice Luisa Valenzuela: “la literatura femenina está hecha de preguntas, incertidumbres, búsquedas, contradicciones. Está hecha de desgarramientos; jirones de la propia piel que quedan adheridos a alguna hoja no siempre leída o legible. Jirones que pueden ser de risa y del puro deleite”. Estas escritoras se presentan desnudas ante sus dudas o debilidades.

Desmembrando el cuerpo

En Ya no me quedan ojos azules, Catalina Kühne entrega una historia dislocada; una mujer que pierde un ojo, un ojo azul, nos muestra esta “descorporizacion” donde el cuerpo, dentro de esa realidad que construye Catalina, se va desgastando, hasta hacerse inútil. En este mundo, estos personajes pueden comprarse diversas partes del cuerpo, vestirse con piernas más torneadas u ojos de color según la ocasión. El personaje de esta historia de a poco ha ido perdiendo la capacidad de que su cuerpo acepte nuevas partes, y está envejeciendo. Es muy divertido pero también aterrador. Imaginen que de repente ya no escuchan bien, no oyen, o les falla algún órgano. Si el cuerpo ya no funciona o se cae a pedazos, entonces ¿qué hay? Pensé de inmediato: este relato es la mirada de Occidente, lo perturbador que es envejecer o enfermarse en Occidente.

Dice Kühne: “La vejez y la enfermedad no perdonan. El cuerpo evoluciona y las dolencias también. Siempre habrá un padecimiento capaz de destrozarlo todo”. Para Occidente la vejez sólo representa la sordidez del cuerpo. Reflexionar en, desde, por y sobre el cuerpo ha sido siempre un ejercicio perturbador que desafía y confronta a Occidente consigo mismo.

El cuento de Kühne también nos lleva al tema de la complicidad en el dolor que compartimos. Sentir dolor nos hace más humanos y empáticos.

Recuerdo la primera vez que estuve en el quirófano, tenía 20 años. Fui a consulta por un dolor abdominal, al parecer tenía un cuadro de apendicitis y era apremiante entrar a cirugía; cuando estaba en la plancha de operaciones, el doctor descubrió que el apéndice estaba sano, era la vesícula la que tenía piedras. El doctor, me dijo después, que había decidido extraer ambos órganos, al cabo no servía para nada. Desperté sin un apéndice y sin vesícula. Extraño a mi vesícula porque ahora es imposible cenarme unos taquitos sin terminar con dolor de estómago.

Abby García nos entrega cuatro micro historias de mujeres que encontraron en un defecto humano o en su miseria humana, un sentido real y útil a sus vidas. Como si se tratase de un milagro, de pronto estas mujeres resignifican al cuerpo a partir de lo que en un origen era una desgracia. Abigail plasma que es justo a través de la mediación del cuerpo que el mundo encuentra sentido: “Uno tiene que dejar de soñar cuando te llega la adultez de chingadazo”. A partir de cómo vivimos nuestro cuerpo, es como nos convertimos en espectadoras de nosotras mismas.

Citando a Fontanille: “El cuerpo es un umbral entre el sujeto y el mundo […] es el lugar donde el mundo aparece y se manifiesta ante mí y también el objeto que me instala en el mundo. El cuerpo es lo que me provee de la certeza inmediata de que ambos: el mundo y yo, existimos, de que estamos en relación y de que esa reacción hace sentido”.

Entre las líneas de La otra manzana de la discordia de Karla Marrufo, hay entreverada una persecución de obsesiones, tenemos a un personaje y su interpretación torturada de la mirada de los otros. Me atrevo a decir, a partir del personaje de Karla, que los discursos corporales se convierten en sueños somáticos: “La última vez soñé que cortaba a mamá en cachitos con uno de esos filos redondos con los que se cortan las rebanadas de las pizzas. No sé qué es lo que me da más miedo, la idea de atreverme a matar a mamá o que hasta mis sueños más sangrientos tengan que ver con la comida”.

En el relato de Karla el cuerpo está escrito, tiene letra. Su cuento puedo leerse como un cuerpo abierto, donde leemos o vemos la inconformidad, el enojo, la frustración por la madre castrosa.

Marrufo me hizo pensar que las flacas no la tienen del todo librada. También cabe mucha furia y frustración en un cuerpo delgado:

Hace unos años por una mala prescripción médica, empecé a perder peso. Para cuando cambié de médico, ya tenía diez kilos abajo. Visitaba con regularidad al nutriólogo, el cual me recomendó consumir una dieta alta en proteína. Estaba flaca pero me veía y sentía mal; me recriminaba por mi aspecto y me sentí frustrada durante los largos meses que duró el subir de peso.

El personaje de Karla parece tener la convicción de que se aventó o lanzó a un abismo, sabedora de que en el trayecto gravitacional convertirá la caída en descenso. Es un ser herido que no teme al abismo.

Reitero, sobre La disolución del cuerpo, que no se puede escribir sin la fuerza del cuerpo.

Un poco diferente es la propuesta de Mónica Flores Lobato en El verano del sol negro, en donde la narradora tiene plena conciencia del cuerpo. Flores se adentra en la experiencia del cuerpo y transgrede con el mismo; desafía con y trasciende la carne para encontrar algo más sublime: el espíritu. El cuerpo que narra se eleva y se disuelve en la tierra. Un cuerpo que escucha, que se sabe escuchar. “No me quedaba más que escuchar mi corazón. Hablarle despacio. Pedirle calma. Él dictaba apresuradamente un mensaje y yo lo juzgaba, pensaba en lo duro que es ser corazón con la responsabilidad de no poder parar un día y hacer una pausa”. La mujer narrada por Mónica sobrepasa la corporeidad visible

Por su parte, Lolbé González Arceo dibuja en su historia de Matilde, la obsesión por ser bella. Dice el personaje de Lolbé: “No era bella porque nada hay más lejano a la belleza que el fracasado intento de atraparla”.

Nuestra libertad tiene que ver mucho más con formularnos preguntas como ¿de dónde provienen nuestros deseos? Muchas veces, sin darnos cuenta, provienen de una expectativa masculina o incluso femenina, de un canon de belleza que se relaciona con lo perpetuado en la literatura y las artes hace mucho tiempo. Vivimos en un mundo en el que las mujeres, hagamos lo que hagamos, sentimos que nos equivocamos. Si nos hacemos un cambio de look porque luciremos más atractivas, si nos tatuamos, si creemos que estamos perdiendo peso, viene la mirada del otro y nos juzga.

Nidia Cuan, en Todos los meses febrero, nos presenta a Irene, una mujer que se niega a envejecer. ¿Quién no ha renegado de los genes de sus padres? ¿Quién no se ha descubierto haciendo un gesto o hablando igual que su madre o padre? El cuento de Nidia representa esa la lucha con el cuerpo.

El cuento de Graciela Ramos, parece concretar los terrores del feminicidio; a pesar de su inspiración realista, nos introduce en una historia de corte introspectivo, llena de dolor y belleza. Graciela sabe resolver con sabiduría eso que habita en el alma, que debe haberla, de una mujer muerta y olvidada como tantas.

Y finalmente, el relato de Alisma de León, la editora de esta antología corporal. Reporte de búsqueda es un texto híbrido entre la narrativa y una poesía sugerente. A menudo vemos reportes de niñas desaparecidas donde se describen sus características físicas. Siempre pensamos en la búsqueda de un cuerpo, pero Alisma con estas estampas nos deja claro que también se busca la vida que habitaban esos cuerpos. Estos pequeños relatos resaltan lo que no se ve en el reporte de búsqueda, más bien se lee la partida, las risas, una voz, lo que dejaron estas niñas y que permanece, pero el cuerpo ya nunca más.

La disolución del cuerpo nos obliga a plantearnos las preguntas: ¿Toda narrativa es corporal? ¿Todo cuerpo es lenguaje? Y también las siguientes: ¿Qué te ha contado tu cuerpo? ¿Qué historias encierran nuestros cuerpos?

Nadie sale de la lectura de estos relatos sin pensar: ¿cómo me miro? ¿Qué tanto me juzgo? ¿Qué pienso cuando pienso en mi cuerpo? ¿Estaré lista para la vejez?

Dice Marguerite Duras: “uno se encarniza. No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo”. De algún modo toda literatura es autobiográfica porque al final nuestras máscaras literarias están revelando lo que somos, nuestra posición en el mundo, nuestra ideología, lo que pensamos de las cosas y revelamos las piedras que nos molestan en el zapato.

Este libro es un cuerpo tatuado por la imprenta y cortado por una guillotina. Advierto que este cuerpo-papel no puede quedarse a la deriva. Si no lo tienen en papel, permitan a este cuerpo, en su presencia virtual, llegar a ustedes y descárguenlo desde aquí


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