¿Te gustó? ¡Comparte!

Crónica y fotos por Citlal Solano

Sierra Norte de Puebla, 18 de septiembre de 2020 [15:40 GMT-5] (Neotraba)

“La mayoría de la gente confunde pobreza con falta de dinero, y eso no tiene nada que ver”

Uriel.

En el mundo, los conceptos de pobreza, riqueza, desarrollo y acumulación de dinero llegaron tras articulaciones bien establecidas por los gobiernos y élites poderosas. Así, en un abrir y cerrar de ojos, teníamos implantados como únicos y válidos estos elementos en nuestras vidas, como el camino a seguir para lograr la felicidad y comodidad.

Si bien es un tema muy profundizado y extenso, mi intención no es hablar de conceptos o teorías ya aterrizadas, sino de hacer énfasis en la vida, en las historias de personas reales en mundos reales.

Las carencias existen, no pretendo negarlo. Pero deseo hablar de las percepciones y las formas efectivas de vivir que escapan de los parámetros ligados a la abundancia del dinero y las cuales mueven de cierto modo al mundo.

“Pareciera que la gente sólo se preocupa por comprar cosas, tener muchas y que quién sabe para qué sirven pero están de moda o son bonitas, aunque se echen rápido a perder. Así sienten que son de clase alta, a pesar de que sean del pueblo y tengan casita de lámina. También nos discriminan los paisanos…”

Sra. Ale.

En comunidades históricamente marginadas por los gobiernos y las políticas de estado para obtener beneficios directamente relacionados con el asistencialismo y dependencia, el saqueo ha pisado fuerte en la economía, salud, educación, cultura y el medio ambiente.

Se nos vendió una imagen de estilo de vida, de modo de vestir y existir que no nos incluye a nosotros ni a nuestro pasado diverso y multidimensional. Se nos hizo aceptar por mucho tiempo a las ruralidades como el lado oscuro, marginal y no deseado, aquello que debía quedar atrás. Significaba atraso y motivo de vergüenza.

Entonces, ¿cómo resurgen de estas voces aplastadas las luchas por la vida y no así de los modos de vida “válidos”?

Las ruralidades quisieron ser enterradas por mucho tiempo. En algunas regiones del mundo lograron desaparecerlas pero sus ecos permanecieron ocultos entre las montañas. Lo mismo sucede aquí, en estas montañas aferradas a sus raíces.

Cuando una persona habla de la inseguridad causada por la gente de fuera —los visitantes o el turismo— lo hace desde su protección, las experiencias de su pasado ultrajado y la enseñanza de mantenerse lejos, a cuidarse de los otros.

Las comunidades indígenas y rurales desde hace tiempo decidieron cerrar sus puertas a extraños, cerrarse a ser saqueados y explotados desde las lógicas academicistas, industrializantes y homogeneizantes. Se cansaron de ser objetos, de ser vistos como seres desconocidos, rezagados y que, por alguna razón desconocida, aún “existen”. Retomaron los ecos, recuperaron sus voces desde la lucha por la defensa de sus territorios y eso implica resignificarse desde la precariedad a la cual fueron sometidos.

La actual crisis dejó al descubierto la necesidad de escuchar atentos los ecos de ese pasado subyugado, de visibilizar desde todos sus ángulos las luchas que permitieron existir en un mundo donde no se quiere ver más allá de un pequeño horizonte.

Rechazar la idea del desarrollo, de la sobrevaloración del dinero y la compra desmedida de productos innecesarios, ha sido un mecanismo de defensa ante los embates constantes del sistema hegemónico, no sólo en estas comunidades sino todos los sures del mundo.

En estas periferias defienden la idea de riqueza desde la hospitalidad, la generosidad y el aprendizaje con el andar constante. Aquí es rico aquél que siente; quien piensa y ayuda al necesitado. El dinero queda en segundo plano.

“Somos ricos. Que no tengamos las bolsas llenas es otra cosa. Aquí respiramos aire limpio, tenemos el río, el monte nos da de comer, hay café y maíz. Ya con eso tenemos.”

Don Fernando.

La dicha de muchos se manifiesta con el trabajo de la tierra y con su posibilidad de transmitir enseñanza a quienes les rodean. Se saben poseedores de conocimiento, son conscientes de su potencial organizativo y de acción ante amenazas a la integridad de su cultura.

Reconocen haber sido intervenidos y modificado ellos mismos sus costumbres para protegerse: desde cómo visten hasta cómo se piensan en sus comunidades y, sin embargo, se asumen indígenas, se enorgullecen de su identidad, de sus raíces y fortaleza.

Son como el río: rompe con fuerza la roca clavada en la tierra; como esas grietas cada vez más profundas en los muros; la cueva abriéndose en lo profundo hacia la oscuridad y pareciera no terminar; los sonidos de la noche; el anuncio de la lluvia en el eco del canto de las cigarras. Son también la tierra que germina ante toda adversidad.

Aquí siguen y aquí seguirán. Firmes, enérgicos y necios, porque esa necedad les dio voz, alguna vez robada y ahora recuperada colectivamente y de la mano de su pasado.


¿Te gustó? ¡Comparte!