Las Puertas del Infierno, de Auguste Rodin y Camille Claudel. Foto de Luis J. L. Chigo.
Las Puertas del Infierno, de Auguste Rodin y Camille Claudel. Foto de Luis J. L. Chigo.

Por Juan Jesús Jiménez

Puebla, México, 31 de mayo de 2020 [15:45 GMT-5] (Neotraba)

¿Qué hace cuando se siente engañado? ¿Cuando depositó toda su confianza en algo o alguien que ahora, de lejos, no valía tanto? ¿Por qué nos atrae la venganza ajena y la propia? ¿Es una forma de lidiar con nuestra ira?

Para empezar, hay que saber a qué se le llama venganza; creo que es una palabra que de menos hemos escuchado una vez y que se asocia con ver pagar a un enemigo por sus acciones. Es común verla en novelas, guiones, cuentos, poemas y cualquier tipo de expresión artística donde se involucra al lenguaje; la venganza es una palabra cómoda para encajar la justicia de propia mano.

Que sea de este modo en que la percibimos, no es nada raro, después de todo ha pertenecido a nosotros como una tradición y a veces como una ley dentro de nuestras formas de convivencia. Revisemos, por ejemplo, una de las religiones monoteístas más antiguas en el mundo, el judaísmo, donde se puede leer la frase célebre ojo por ojo. Avanzando en el tiempo, vemos civilizaciones enteras que, si bien no era algo estricto, comprendían el pago por malas acciones como una reparación o compensación sobre el daño. La venganza sería este pago, descompensado si es llevado por la propia mano del agredido (ahora veremos porqué) y equitativo si se trata de una llevada por un tercero imparcial.

En el primer caso, se puede decir que es desmedida porque la persona no está actuando bajo un sentimiento de ofensa donde sólo tomaría lo que le fue robado (que ocurriría si actúa un tercero imparcial. Justicia en pocas palabras); es desmedida porque la persona se deja llevar por la ira que siente, tomando lo robado y además dejando un daño extra. El daño extra puede atribuirse a una forma básica de demostrar superioridad con uno igual; tú tienes uno, yo dos. Es así que la ira funciona como un preludio para la venganza.

Veamos a la obra de Hamlet, por ejemplo: las acciones de cada personaje no hacen más que ir aumentando la ira entre ellos, tensando la trama a su solución final. La ira no es un fin pero sí un efecto de las circunstancias, y lo que suele impulsar la venganza es la ira personal; no hacía un grupo, porque la misma naturaleza variada del humano no permite identificar aspectos generales (exceptuando a los estereotipos, que son por entero la creación de aspectos generales de un grupo llevados al extremo, en cuyo caso, se crea un odio a la personificación de dicho estereotipo).

Buen día Benito de El Cuarteto de Nos, ejemplifica ésto claramente; la introducción y desarrollo de la canción nos da pauta para odiar a Benito y esperar la venganza del protagonista con ansias. El saber qué fue lo que pasó, aunque sea solo como una anécdota, nos da la posición de poder y Benito funciona como este chivo expiatorio al cual adjudicar la culpa, de modo que, cuando Benito encuentra que muy probablemente morirá, el protagonista de la canción parece disfrutarlo. El protagonista no disfruta ejecutar la venganza, disfruta el efecto que ocasionará en su enemigo.

La venganza es atrayente porque apoyar a tus semejantes se siente bien, pero no tanto como el colocarte sobre ellos. Porque de eso se trata en gran medida la venganza: ver desde una posición de poder a alguien que gobernaba sobre nosotros. Evolutivamente podríamos verlo como parte de un mecanismo para establecer una jerarquía vertical entre gobernante y gobernados, una forma de ejercer poder sobre otros que nos recompensa con lo deseado.

Esta atracción a la traición y la justicia de propia mano podemos rastrearla en cualquier periodo histórico de la humanidad de modo que, tras muchos de los eventos que definieron el rumbo de los pueblos y naciones, encontramos a los hijos de la venganza: seres que adoptan esta conducta como algo completamente normal y hasta aceptable. Por poner un ejemplo, están Rómulo y Remo, que fueron parte del mito fundacional del pueblo romano.

México no es un país exento de este tipo de traiciones y venganzas, hemos sido hijos de ellas durante generaciones y lo seguiremos siendo mientras en el colectivo común no se implante la idea de que la venganza no te hace mejor que tu enemigo ni te recompensa con más de lo que perdiste.

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