El monzón de agosto
¿Qué le pedirías a una sirena que puede cumplirte un deseo? El cuento "El monzón de agosto" de Andrés Lechuga nos da una escalofriante respuesta

¿Qué le pedirías a una sirena que puede cumplirte un deseo? El cuento "El monzón de agosto" de Andrés Lechuga nos da una escalofriante respuesta

Por Andrés Lechuga
Nogales, Sonora, 1 de julio de 2026 (Neotraba)
Le tengo miedo al agua desde que el arroyo deslavó el cerro de mi casa sepultándonos debajo. Fue durante una tarde de finales de agosto y lo último del monzón de la temporada. Ayer el presentador del clima había dicho que sería la colita de la época de lluvias que se marchaba. Chispearía y después el sol. Pero a mi parecer fue como si hubieran vertido uno de los siete mares sobre nosotras.
El reloj de la cocina marcaba la una de la tarde cuando mi mamá dejó caer la comida sobre la mesa, pescado asado con verduras cocidas. No tenía ganas de pescado. Mordí una parte de la cabeza y metí el plato al refrigerador. Estaba en el baño cambiándome la toalla sanitaria cuando empezó a chispear. Detrás de la ventana de mi recámara se apreciaba la gentil lluvia que empapaba la ciudad. La lámina del techo traqueteaba levemente ante los consecutivos aterrizajes de las gotas.
Una hora después empezó el aguacero. Descansé sobre mi escritorio la taza con té de manzanilla para ver bien por la ventana. No distinguía ni el duraznero del frente de la casa. Era como si cada espacio libre entre gotas hubiera sido ocupado por otras gotas de manera sucesiva hasta no dejar hueco a nada más. Apenas escuchaba mis propios pensamientos, menos la voz de mi mamá que me jaló bruscamente del brazo hacia ella. Me estaba gritando desesperada pero no podía escuchar nada aparte de las gotas golpeando el techo laminado como si fueran balas que caen tras haber sido disparadas al cielo en año nuevo. Entre mis pies el agua se abría paso. Si había llegado a mi recámara significaba que había penetrado en todos los rincones de la casa y ahora solo le quedaba subir. Cuando mi madre me arrojó una escoba señalándome la puerta de la entrada escuché una explosión tan potente que opacó el bramido del aguacero.
Después oscuridad.
Cuando abrí los ojos el agua me llegaba hasta el cuello y la lluvia se había callado. El foco de mi recámara colgaba desnudo de algún sitio. Los dos cables que alimentaban su opaca e intermitente luminiscencia estaban expuestos como las venas de un ojo que ha sido arrancado de su cuenca. Sentía frío desde la planta de los pies hasta la barbilla. A mi alrededor flotaban trastes, juguetes y comida que debería estar dentro del refrigerador. Usando mis pies como si fueran ojos, avancé en medio de la guerra que enfrentaba el foco contra la oscuridad absoluta mientras gritaba «mamá» a todo pulmón. Unas gotas humedecieron mis ojos al no recibir como respuesta más que el sonido del agua empujada por mi cuerpo al moverme.
Sabía que estaba en la cocina porque sentía la llave del fregadero entre mis dedos. Un cuadro flotante tocó mi mejilla izquierda. Era un retrato familiar hecho en la farmacia de abajo. Aparecíamos mi mamá, mis hermanas, mi papá antes de desaparecer y yo en sus brazos. Mi mejilla derecha fue tocada por el pescado asado con media mordida que había metido al refri. Lo sostuve y cuando noté que si aguzaba la vista lo suficiente podía verme reflejada en su ojo, empezó a brillar en dorado. Del susto lo solté y cayó zarandeándose como placa tectónica hasta el fondo.
Envuelta en aura dorada, emergió una sirena con la mitad del rostro expuesto. Un hueco por el que se asomaban huesos y espinas como las que hay en las latas de sardina. Sus cabellos eran larguiruchas algas verdes roídas con algunos trozos de red de pesca, la piel era de color gris funesto, su único ojo era cian como los hongos de los alimentos echados a perder y sus dientes eran amarillentos como madera estropeada por la humedad.
La sirena me dijo que se habían activado las condiciones para transformarla de regreso a su estado original, y que por ello me concedería mi deseo más anhelado. Me quedé petrificada. Ante mi mutismo explicó que su cara estaba así por la mordida que le había dado y que no había problema con eso. Además de que ella conocía a la perfección lo que más anhelaba. Que si bien, lo más obvio sería salir de ahí, en realidad era ver de nuevo a mi papá. Enfatizó que era posible con solo pedir el deseo y ella agitaría su aleta tres veces en menos de un segundo para hacerlo realidad. Sin embargo, que por las condiciones circunstanciales debía elegir entre salvar a mi madre que estaba a punto de morir bajo toneladas de tierra o volver a ver a mi papá.
Me cacheteé a mí misma varias veces pero la sirena siguió ahí, nadando en la cocina de mi casa, observándome el alma con su ojo cian de espora putrefacta. Sostuve el retrato familiar corrugado por el agua y aprecié bien el rostro de mis padres. Hace un año mi papá había bajado a la ciudad para buscar trabajo y desde entonces su rostro está en todas las fichas de búsqueda de la fiscalía y en las páginas de madres buscadoras. Volví la mirada hacia una esquina tan negra como el fondo del mar hasta acostumbrarme a la oscuridad y distinguí a mi mamá bajo la montaña de tierra húmeda. Sus dedos se retorcían. Pensé que si la ayuda venía pronto se salvaría.
En menos de lo que duró en el aire la última silaba de la oración «deseo ver de nuevo a mi papá», y el silencio consecuente, la sirena me arrancó de tajo el ojo derecho, lo introdujo en la cuenca del lado expuesto de su rostro y lo abrió. En la mitad derecha de mi campo visual podía verme a mí misma desde su punto de vista, a la vez que en la mitad izquierda la veía a ella desde mi perspectiva. Antes de hundirse en el fondo hasta desaparecer, agitó tres veces su aleta en menos de un segundo.
Cuando mis costillas se marcaban con presencia en mi vientre, una retroexcavadora partió en dos aquella cáscara de nuez hecha con tierra que por poco se vuelve mi mausoleo. El agua se purgó como si reventaran un globo y las plantas de mis pies sintieron el suelo otra vez. Mi piel estaba tan arrugada como depresiones de un cerebro humano. Hombres uniformados como soldados entraron y uno de ellos me cargó entre sus brazos como si fuera una niña de cinco años. Entre otros sujetos con chalecos fluorescentes y periodistas encandilándome con los flashes de sus cámaras se iluminó el rostro del hombre que me llevaba pegada a su pecho. Era mi papá. No, no lo era. Había olvidado que en mi campo visual derecho veía lo mismo que la sirena. Ella nadaba en los territorios de la profundidad marina que el sol no tiene permitido tocar. Un cardumen de peces linterna que casualmente pasaba por ahí iluminó lo que estaba frente a la sirena. Varios cuerpos humanos envueltos en bolsas negras enteipadas con cinta canela encadenados a bloques de cemento. La sirena había retirado la bolsa negra de uno de los cuerpos develando el rostro silente de mi papá rodeado de toda esa agua oscura que desde entonces no he parado de ver.

Andrés Lechuga (Nogales, Sonora 1995). Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Sonora. Además del periodismo cinematográfico y la redacción web, se ha dedicado a la narrativa de ficción. Ha obtenido premios y galardones de la Fundación Japón en México, el Instituto Sonorense de la Juventud, el Instituto Sonorense de Cultura y Radio Universidad de la Universidad de Sonora. Libros: Cómo nacieron las pitayas.
