Una ventana inmensa: Antonio Gamaliel
Poemas del autor que es fundador y promotor del Colectivo Hora Libre y que ahora se publican en la sección que coordina Manuel Parra Aguilar

Poemas del autor que es fundador y promotor del Colectivo Hora Libre y que ahora se publican en la sección que coordina Manuel Parra Aguilar

Por Antonio Gamaliel
Campeche, Campeche, 7 de mayo de 2026 (Neotraba)
Tiempo de lectura: 7 minutos
Las plantas de los pies acariciando el cemento frío de esta noche y su coro de grillos en el escape de las motos.
Avenida arriba me encuentro con la casa abandonada, la única que no han podido remodelar. En ella se posan avionetas, en ella viven los murciélagos que no han conocido a sus padres encima del cadáver de nuestro palacio en ruina.
Vuelan sobre ella zopilotes que han sabido acompañar a los fundadores de San José del Alto. Ocho letras enfrente del vacío: Campeche. La ciudadita de los Canul.
Se modernizarán otras colonias, pero aquí todavía se tosen los recuerdos de los huracanes.
Conchita recibió a cien gentes y aun así no fue salvada del chubasco. Hay todavía una cuadrilla de santos atestiguando cómo se desvanece. Y las brujas han empezado a acecharla a través de cristales enmohecidos donde solo se distingue la silueta de los ahorcados. Esos que se colgaron en la ceiba más vieja de la colonia.
¿Qué ha sido de los techos de guano, los caminos de terracería, la mata de limón y las espinas de la ceiba amarradas al torso? ¿Qué ha sido del hombre que jalaba la carreta cuesta abajo y guardaba en huacales toda historia de estas tierras?
Nuestra infancia se perdió en las leyendas de un hotel a medio construir. Allí donde los vagabundos aullaron hogueras hechas con los uniformes de niños que desaparecieron con la llegada de Gilberto.
Allí murieron, los hemos visto en las ensoñaciones mientras la marea sube. Allí murieron con los cocodrilos que salieron del manglar.
Hicieron un refugio en el desagüe bajo la secundaria, hicieron un refugio en el pocillo de las manos de mi abuela.
Todavía escuchamos su mecedor chirriar, todavía le rezamos en el altar de su templo. Donde durmieron cien gentes y aprendimos a orar sin cerrar los ojos.
Y yo. Recostado entre el zacate que brota entre las piedras. He mirado a través del tiempo, he aprendido a olvidarme de los lugares donde los buitres solo se sentaron a esperar.
EN EL PARQUE PRINCIPAL de la ciudad San Francisco de Campeche, capital de los atardeceres suicidas y las viudas de la noche con hombres extraviados en el monte; la cantina de los huay donde la xtabay se volteó de tanto hartazgo / no deja nada vivir de seducir el despojo en carne deshumanizada. Me encuentro sentado frente al monumento a la costumbre del fetiche sin identidad.
Ahí donde caen las buganvilias que adornan las calles simulando el cerezo japonés; pienso en Tatsuro Yamashita y el sol que nace vestido de neón y vicios callejeros, debajo del mantel con estampado, ese que cubre mis piernas mutiladas.
Oh, Loveland, Oh, Island ciudad del Carmen empapada del sudor de pescadores que se dieron por vencidos; las huellas de petroleros como redes que tasajearon sus cuerpos, manosearon sus aguas y dejaron intacta la sensación de asco entre los muslos del pueblo rodeado por el mar.
Un amor de plástico, petróleo que se apodera de tus vísceras, la sensación lasciva de chapopote babeando en charcos que contaminan toda la costa, Don’t hurry.
Las buganvilias que caen sobre tu frente, el hombre que decide dar un paso más dentro de lo oscuro; no regresar de mar abierto, no regresar de los seis meses recolectando chicle con el corte en zigzag que recorre mi espalda y tus piernas hasta llegar a tu sexo.
Sí, esta ciudad ha sido manoseada por el progreso pintado de un bronceado estúpido. Let’s kiss the sun, let’s kiss the sun.
Aquí el cerezo florece cada que se cuelga un ambulante, un deudor, o una madre soltera; aquí no partimos en silencio o desapercibidos. Si el cuerpo cae en seco, los perros empezarán a ladrar; si alguien toca la puerta y el muerto no abre, los perros seguirán ladrando. La muerte no es aquel bosque donde te retiras cuando ya nada funciona. Aquí siempre se está muriendo en medio de un ladrido. We did storm, die away.
De regreso al parque principal, donde toda mi familia tiene una patria de camarones cansados; ¿qué se puede hacer por el calor del que se quejan los zanates? Se quejan como si Dios escuchara cada graznido proveniente de ramas de árboles, donde anidan ratas y mean los borrachos.
Se quejan como si de esta tarde, siendo un ambulante frente al kiosco del parque principal, surgiera una razón para salir de casa el día que viene, recibir el sol y darle un beso sediento de las quemaduras que ha ocasionado a este pobre Estado malparido.
ESTA MAÑANA he recordado a mi madre besando los pies del Cristo Negro de San Román, limpiar el absceso en las maderas del Cristo, la pus que escurre a través de la baba depositada en la fe al cuerpo de ébano.
Cada beso en cada microherida del tejido sacro. El drenaje de nuestra fe en la procesión de los cuerpos comunitarios que proveen este pueblo junto al mar.
Inflamación, enrojecimiento y sangrado activo. El mal olor que la poesía en las tardes de la Avenida López Mateos. Bajar del camión y abrazar al frente frío, cuadras más adelante observar el mar. Un niño duerme del otro lado donde no alcanza mi vista, aquí encontramos peregrinos de la tormenta.
Tempestad en procesión mientras mi padre rema en una barca despedazada. Encontraron dos cuerpos a la orilla de la playa, pero él llegó en unos brazos de ébano, todavía miraba al sol y podía leer.
Protégenos, líbranos de todo mal.
Gingivitis, esta enfermedad del despojo, aquel resto de ti que dejaste que bebiera y se ulceró entre mi carne y mi humedad. El cuerpo exudado que guiaste a estas, las orillas de nuestra fe en redes de pesca.
El lavado de toda injuria, el sondaje a la anatomía del pecado de la costa. Una red de pesca empuja la suciedad entre mis dientes. La limpieza a la que me encomendó mi padre una vez a la semana después de comer hasta saciarnos de faena.
Sangre, sangre en estas playas, estamos en veda de nuestra carne.
La carne que es cuerpo e intuición de esta vida a través del sarro y el salitre en las paredes de casa mientras la palabra no es dicha: el poema supura y vuelve a ti, porque nunca te has ido de mis adentros.
Después de que llegaste drenamos los restos de mi padre de vuelta al mar.
Supura todavía aquella grieta en el centro de su cruz. Compartimos la saliva en el sudor de nuestra fe a los cuerpos que se desgastan. Abrazamos los rasguños y su supuración de pecado en cada beso que carga esta penitencia: limpieza, no dejar rastro del cansancio en la sonrisa de la noche que acuchilla a los pescadores.
Radiografía panorámica del paisaje detrás de las lanchas atracadas en tu espalda.
Abre tu pecho y dótanos de tus milagros en todo este silencio que deja la marea baja y el vuelo de las gaviotas abandonando los muelles.
El pelícano contempla el mar desde una roca mientras la procesión comienza y los pescadores traen tu cuerpo a la orilla como los sueños que van en línea recta y no puedes contarle a nadie.
Dejé de bucear porque ahogarme en ti es la manera en que supuro mis miedos.
Escojo este vacío de no dar el salto: nada, ni las membranas humedecidas con las que abrazo las rocas, podrán drenar el despojo a orillas del mar.
En esta costa todos mueren, todos sangran.

Antonio Gamaliel (2001). Poeta y gestor cultural. Ha publicado en antologías del Estado de Campeche y en revistas digitales como Abisinia Review, Poetómanos y Vértice de Grupo Pirámide Quintana Roo. Fue beneficiario del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico en las emisiones 2020, 2022 y 2025. Es fundador y promotor del Colectivo Hora Libre, proyecto cultural independiente enfocado en la formación de nuevos escritores y la difusión de la literatura escrita en Campeche. Actualmente imparte talleres, organiza espacios literarios y gestiona proyectos culturales.
