Ciudad de México, 5 de mayo de 2026 (Neotraba)

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Una mañana de marzo, después de una lluvia torrencial nocturna; el día amanece con un gato callejero menos que no llegó a tiempo a refugiarse. El agua y frío que parecían le perseguían, al fin apagaron su vida. Se creyó el sueño de la libertad al escaparse de casa, pensó que recordaría el camino de vuelta. Su brújula interna se apagó con el hambre. Al huir de todos los peligros terrenales, los etéreos le dieron la fatal sorpresa. –El agua no es amiga de los gatos– pensó en su último suspiro.

Una lona vieja y remendada, colocada para proteger un puesto de ropa usada, fue destruida por la cascada de agua celestial y con ello se arruinó su esperanza de salir adelante. Dependía de ese puesto de ropa de “paca”. Su inversión provenía del dinero que decidió robar, por última vez, del cajón de su mamá. Esta vez se prometió devolverlo con creces. –El sol al fin saldrá en mi horizonte–, se dijo a sí misma antes de que las nubes negras cambiaran su destino.

El retumbar de los truenos la hizo correr en tacones para refugiarse en un pequeño techo de una tienda de abarrotes ya cerrada. Tiene las nalgas afuera de una ajustada minifalda y el abdomen y escote expuestos, tirita de frío mientras en su mente vuelve a hacer cuentas de lo que perderá esta noche sin trabajo a la vista. Otra noche más sin rumbo, sin suerte, sin dinero, sin dónde dormir, sin alguien que amar. La lluvia llevándose toda esperanza a su paso.

Después de dos días de quemarse bajo un tirano sol, al fin su ennegrecida piel siente frío, su quemada superficie deja de arder y se alivia con la helada agua. Rápidamente se hace un charco su alrededor. Lleva dormido en ese mismo camellón dos días y nadie se dignó a levantarlo, despertarlo, ni siquiera a darle una patada de misericordia para que se moviera o verificar si vivía aún. Igual que su padre lo hizo en su momento, ahora él vaga por las calles bebiendo, pidiendo comida y monedas hasta que el alcohol cumple su función de tirarlo al piso, como lo haría el puñetazo de un enemigo cuando te pega en el abdomen. El agua de su propio charco se mete en sus rotas ropas que exhiben sus genitales, los que posiblemente fueron violados. No lo recuerda, no lo sabe. Se levanta con mucho esfuerzo, despertado por la lluvia y se pregunta: –¿Lluvia en marzo? al menos ya no hace sol.

Estamos acostados en la cama de un hotel, nos cubren unas sábanas limpias y blancas. Él a mi lado duerme, escucho su tranquila respiración que hace que su pecho suba y baje, se mueve como una barca que flota sobre una ola suave que viene y va en la orilla del mar. En la ventana se ve que comienzan a escurrir unos hilos suaves y delgados de agua, pareciera que los dirige una araña pues hacen formas caprichosas que me entretienen unos segundos. Siento que despierta, volteo y lo miro abrir con lentitud sus ojos, me sonríe, sus labios con arco de cupido se abren también. Le quiero tanto en ese momento, tanto que me duele. Me acerco, lo beso en la boca, me pego a su cuerpo, lo abrazo, me toca las nalgas, las tetas, los muslos, parece como si hiciera un inventario de mi cuerpo. Siento su saliva entrar en mi boca y la trago con mucha sed de él.

Le quiero contar del gato, de la prostituta, del vagabundo, de la mujer pobre… de que no debería llover en marzo y que odio a los que romantizan el frío porque seguro nunca han vivido ese helado en los huesos que no se quita con ninguna prenda, cobija o techo porque ese frío está por dentro, está en la médula, en el recuerdo de carecer. Pero su sexo se yergue y está caliente, esponjoso, se llena de sangre y no puedo pensar en nada más que comerlo. Me acomodo encima de la cama como si rezara a la Meca y lo empiezo a comer, pienso en que está conmigo, que su cuerpo es tan mío, tan caliente, y que me lo da a manos llenas. Él acaricia la mano con la que me sostengo y me dice que me ama, que lo disfruta, que quiere más. Entonces no puedo seguir pensando en la venganza de Robin Hood y las brechas sociales. Me desespero de tantas ganas de cogerlo que tengo y entonces lo monto para que me penetre y me coja, y con él adentro grito y siento que me vengo con él, sigue penetrándome. Quiero llenar de mis gemidos a todos los oídos para contagiarles nuestras ganas, quiero hacerlos tan felices como él me hace. Entonces me doy cuenta de que estoy en una habitación techada, un lugar caliente, una cama con sábanas limpias, una pantalla costosa encendida, con la ventana llena de telarañas hechas de agua y soy consciente de que aquí adentro nada malo pasa. Pienso que tenernos es un lujo; alucino de tanta felicidad.

Entonces desfallezco de tan fuerte que fue mi orgasmo y caigo en un profundo sueño. Deben ser las cuatro o cinco de la mañana, ronco, su cuerpo es una dulce cobija que me protege y guarda en el calor de su piel. Dormimos abrazados.

Afuera el barrendero, que había logrado convencer a su esposa de adoptar al gatito que andaba por el rumbo, hace el fatal hallazgo.

Con la lona caída en el puesto un grupo de niños del barrio hace rapiña y vacía el puesto de ropa de paca, su dueña desconsolada llega a mirar una mesa vacía y sus esperanzas de pagar sus robos y cambiar su vida se desvanecen por completo. Está perdida.

Ella, sin haber podido trabajar esa noche lluviosa, fue aprisionada al fin por el que se cree su dueño y pagó con su vida su deuda de piso. Al fin dejará de hacer cuentas cada noche.

El vagabundo con el piso ya seco de la torrencial y sorprendente lluvia de marzo vuelve a acomodarse en el mismo sitio del camellón después de beber un panalito de mezcal y una planchadita de Bacardí. Desearía que esta vez el sol lograra su cometido y al fin lo consumiera por completo.

Me despierto de mi profundo descanso y él está dispuesto a repetir la faena, comienza a acariciarme las tetas y su pene se pone erecto… ¿cómo puedo dejar de pensar en lo que pasa afuera si comienzo a escuchar de nuevo gotas que caen del cielo?


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