Puebla, México, 4 de mayo de 2026 (Neotraba)

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Es un hecho que todo está repleto de signos y como quiere Cortázar: «hasta el parpadeo es lenguaje». Todo esto se complementa con la retórica, que es el discurso, la forma con la que influenciamos el mundo a través de la palabra.

En su novela La séptima función del lenguaje (2016), Laurent Binet (París, 1972) encuentra un símil de estos dos fenómenos con un juego de tenis que se debate entre lo ofensivo y lo defensivo entre dos tenistas conocidos: McEnroe y Borg: Björn Borg es defensivo, es decir, es semiólogo, analiza, interpreta, decodifica, el mínimo gesto del oponente es una señal. John McEnroe es retórico, ataca, es contundente, lo suyo es el puro instinto animal, busca aplastar al oponente, primero dispara y después pregunta. Semiología y retórica, dos posturas que refuerzan mutuamente. Ambas son necesarias y complementarias. Las dos estrategias tenísticas tienen un símil en el estudio de los signos y han sido usadas como mecanismos de control político y social: formas que adopta el periodismo, la publicidad, el discurso político, la mercadotecnia.

Lenguaje es poder, así lo descubre Orwell cuando concibe el newspeak.

Michel Foucault afirma que entendemos el mundo a través de una serie de conceptualizaciones, de códigos impuestos por un poder invisible que nos domina. Quien define una lengua le da forma a la realidad, crea una serie de mitos e impone un conjunto de valores que forman la vida social y las estructuras políticas y económicas. El sistema de signos que forma el lenguaje hablado y escrito ejerce tal influencia que basta la frase que amenaza con otra frase: «Te maldeciré», lo cual induce al destinatario al temor al mismo lenguaje y sus consecuencias.

Roman Jakobson le descubre al lenguaje seis funciones y una adicional, la función de carácter performativo, aquella que permite que una oración se traduzca en actos: «hágase la luz» y la frase parece crear el mundo; «los declaro marido y mujer» y justo en ese momento, dos personas se unen en un compromiso que se presume eterno; «lo condenó a cadena perpetua» y la sentencia se convierte de inmediato en función. Las palabras son actos. Quien tenga el poder del lenguaje performativo, tendrá el poder de convencer y de dominar. Lenguaje es intercambio, tenis verbal.

Las palabras –como imagina Foucault, personaje en esta novela, “son la plasticidad de la pelota que cambia de forma cuando cruza la red”.

Pero hablar de sistemas de signos, para Laurent Binet, también es hablar de la ciencia de Sherlock Holmes, es nombrar el sustento policiaco que hay en toda disciplina y en toda filosofía. El científico, como el investigador que busca la verdad, interpreta, busca las causas últimas, sigue indicios, se apoya en datos y en intuiciones, descubre relaciones ocultas entre dos fenómenos aislados en apariencia y además crea un sistema de pensamiento.

Ser un semiólogo, para Laurent Binet, es también ser un detective. Binet retoma alguna de las ideas de la Escuela Francesa: «toda ciencia es un conjunto de hechos significantes», le hace decir a uno de los personajes de la novela. Pensar como detective supone que evitaremos creer en coincidencias, lo cual es un tópico de cualquier serie policiaca donde el investigador se coloca en el límite de la paranoia –«yo no creo en casualidades» dice, mientras se quita los guantes de látex y reflexiona en la escena del crimen.

Cree el científico, el investigador, el policía, el semiólogo, que hay un conjunto de indicios presentes que ocupan el lugar de una trama invisible para quien no está lo suficientemente despierto. El entramado que propone Laurent Binet en su novela tiene como punto de partida un accidente: Es 1980, Roland Barthes, el máximo representante del estructuralismo y autor de best sellers como Mitologías (1957), El grado cero de la escritura (1953) y Fragmentos de un discurso amoroso (1977), muere atropellado por un camión al salir de un almuerzo con el que será el presidente de Francia, François Mitterrand.

Para Binet, este hecho resulta muy extraño: le sorprende por lo rápido de los hechos, le intriga la reunión con Mitterrand, piensa en sus últimos trabajos y en las teorías que estaba desarrollando.

La importancia de Roland Barthes es fundamental no solo dentro de la cultura académica, sino también, dentro del imaginario popular. Barthes combinaba la retórica académica y especializada con textos que podían incidir sobre el común de la gente. No desdeñaba expresarse con sencillez y sensibilidad para llegar a un número mayor de lectores. Para él, la cultura burguesa había logrado despolitizar la significación de muchos objetos y ritos cotidianos para naturalizarlos y, de alguna manera crear la percepción de que estos eran “eternos” o habían estado siempre ahí, como parte de naturaleza.

Barthes considera que, al despolitizar un objeto, esto le da un aura de aparente inocuidad, lo «limpia», de sus intenciones originales y le otorga una identidad menos amenazante. Un ejemplo, la frase «Los diamantes son eternos» obedece a un mito creado exprofeso para inflar los precios el mercado de las joyas y crear una percepción artificial de escasez. El texto de Barthes, Mitologías,busca quitar el velo o esa realidad aparente para demostrarnos que nuestros mitos cotidianos son constructos sociales, obedecen a una tendencia y representan formas de manipulación ideológica y comercial.

Para Barthes, el mito es un mecanismo de interpretación impuesta, en este caso, por la clase burguesa. Al desmontar el mito, Barthes nos demuestra que siempre podemos cuestionar los usos y significaciones de nuestros rituales cotidianos. Barthes es un investigador a su manera de esta novela policiaca llamada realidad.

Aquí es donde los hechos se convierten en novela, es decir, en un nuevo mito de los que Barthes hablaba: nos alejamos de los datos duros y pensamos que debe haber un investigador asignado al caso de la extraña y desafortunada muerte de Barthes, o dos, como en las novelas de Conan Doyle. El nombre del investigador será Bayard. Ahora ya estamos dentro en el terreno de la ficción, no hay que confundirse.

Bayard no parece estar muy enterado de la vida del personaje, sabe que es alguien famoso, un académico, un escritor, un estructuralista. El detective sabe poco de lingüística o teoría de signos, vaya, no le interesa, no es su trabajo. La muerte de Barthes parece accidental, pero hay indicios que permiten suponer que se podría tratarse de un asesinato. Luego vienen las preguntas: ¿Quién desearía su muerte? ¿Qué hace aquel Citroën negro vigilándonos? ¿Por qué es tan importante encontrar aquel supuesto manuscrito en que estaba trabajando? Signos que palpitan por todas partes.

Bayard tiene que entrar en el ámbito académico, conocer las teorías en las que trabajaba Barthes, entrevistarse con sus colegas que forman el círculo de la Escuela Francesa: Jacques Lacan, Michel Foucault, Louis Althusser, Jacques Derrida, Gilles Deleuze. El detective empezará de cero en este ambiente. Laurent Binet logra develarlo para los lectores del siglo XXI: tan politizado en las distintas vertientes ideológicas, tan antagónico a nivel académico en donde cada intelectual habla con recelo y resentimiento sobre sus pares, tan boyante en nuevas formas de comprender la realidad. Bayard tiene que apoyarse en un joven académico para entender el caso, su nombre es Simón Herzog, una especie de Sherlock Holmes del mundo de la semiología.

La investigación será un tránsito doble: la exploración de las diversas teorías del lenguaje como si se tratara de un rito de iniciación –para los lectores, para los personajes–:

Orígenes de la ciencia semiológica con Saussure, clasificación de las funciones del lenguaje por Jakobson; las sociedades de control y las máquinas de las que hablaba Deleuze; las ideas de Foucault con respecto a los cambios en el discurso y sus teorías sobre el lenguaje…

Simon Herzog es una máquina de descubrir relaciones ocultas, cree vivir en una especie de sueño, está cercado por su propia inteligencia y talento deductivo, pero el autor le ha adherido cierta multidimensionalidad que le permite mirar hacia afuera del mismo texto que leemos y pensar en sí mismo como un personaje.

Binet logra un firme trenzado en el que todo está relacionado: si Althusser enloquece y estrangula a su mujer hay que establecer un vínculo con el manuscrito perdido de Barthes, fue ella quien lo destruyó; si uno de los detectives tiene que asistir a Cornell a una conferencia de Derrida, leerá Lector in fabula (1979) de Umberto Eco durante el trayecto en el avión, y Umberto Eco a su vez, será visitado en Bolonia para un interrogatorio en relación con su amistad con Barthes.

En La séptima función del lenguaje todo es pretexto para la intertextualidad y la búsqueda de relaciones ocultas que hace que por momentos la escritura resulte un tanto barroca. Definida como metanovela, al igual que su anterior trabajo (HHhH, 2010), la obra parece ser un homenaje al sabio de Bolonia. En esta –a veces– disparatada búsqueda de relaciones, de indicios y de afinidades, me doy cuenta como lector, que no puedo evitar pensar que, el mismo año en que murió Roland Barthes, apareció El nombre de la rosa (1980), obra que rinde culto a la inteligencia, la deducción y la búsqueda de la verdad más allá de los dogmas y las supersticiones.

Para Umberto Eco, el filósofo es un detective y viceversa, y en ese universo medieval en donde se atesora el conocimiento como una fuente de privilegios para una clase. El personaje guardián de la biblioteca será un homenaje a Jorge Luis Borges, lo cual me da pretexto para recalcar lo metaliterario que hay en la obra borgeana. Mientras, dejamos que los lectores y el autor sigan con su deportivo intercambio de pelotas en ese esforzado match con sus lectores –que parece no terminar nunca– mientras se resuelve el misterio de la muerte de Barthes y logramos averiguar quiénes son los culpables.

La séptima función del lenguaje de Laurent Binet, Editorial: Seix Barral. Biblioteca Formentor, 2016. Idioma: Castellano, 448 páginas.


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