Ciudad de México, 25 de abril de 2026 (Neotraba)

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Sí, definitivamente lo que se veía afuera, tras los barrotes y arbustos que delimitaban el estacionamiento, era un casco verde. Junto a ese casco, los arbustos se movían. El movimiento se iba aproximando.

Esperando a que mi papá saliera del trabajo, mi mamá y yo continuábamos en el estacionamiento de su oficina, dentro del auto, como habíamos quedado con él por la mañana. Permanecíamos calladas. Yo fingía no notar la vena palpitante del cuello de mi madre.

Al fin, lo vimos salir por la puerta interna de acceso al edificio. En ese momento, el hombre del casco verde apartó los arbustos a la altura de nuestro coche. Vestía uniforme militar y portaba una bayoneta. Papá se quedó inmóvil frente a él. Agradecí en silencio que estuvieran esos barrotes de por medio. Continué enrollando un mechón de cabello en mi dedo. Casi lo arranco.

Sus miradas se cruzaron. El soldado recorrió con la vista al hombre que tenía enfrente: mediana edad, traje obscuro, gazné asomando del bolsillo. No era quien buscaba. Continuó su tarea de picar con la bayoneta los arbustos. La mirada de mi papá se mantuvo dura; su porte, altivo. No obstante, jadeaba cuando abrió la portezuela y me dijo:

–Estaciona bien el coche. ¡Nos vamos a mi oficina!

En el elevador, tomó de los hombros a mi madre, que se limpiaba el sudor del rostro. Sin que él me preguntara, expliqué:

–Nos preguntaron a dónde íbamos. Dijimos que al banco y nos dejaron pasar: muchos hombres en traje de civil, algunos soldados.

Y añadí:

–Siempre mandan granaderos, ¿por qué esta vez soldados…?

Me hizo con la mano la seña de que guardara silencio, creo que porque mi mamá, con sus mangas blancas de olanes y su falda muy ajustada, pero con el rímel todo corrido, no dejaba de temblar.

Bajamos en el piso de la Dirección Jurídica. La mandíbula de mi papá se había suavizado ya cuando les pidió a las dos secretarias que nos sirvieran té y galletas. Se quedó hasta que nos vio más tranquilas y dijo que, dado que ya no iríamos al cine, aprovecharía para resolver un par de asuntos importantes. Se metió a su oficina, pidiéndole a una de las secretarias que lo acompañara. Alcancé a oír que le pedía cerrar las puertas de las oficinas que daban a la plaza y mantenernos entretenidas.

Las dos secretarias nos hacían conversación. Pusieron Radio 620, mi estación favorita. Como si fuera una chiquilla, intentaban hacerme cantar con ellas canciones de los Teen Tops, de los Beatles y de otros grupos, siguiendo la programación. El sonido de la radio dominaba las voces apagadas del mitin que se llevaba a cabo en la plaza. No me interesaban en ese momento las canciones; les platiqué de mi amigo Humberto “El Loco”, quien no estaba a gusto en la Facultad porque ningún maestro quería apoyarlo para prepararse en artes circenses (él quería ser payaso), y de mis amigos Edith y César, los escultores enamorados. No mencioné que me costó trabajo perdonar a Edith cuando César, que me gustaba, se le declaró a ella. Los tres debían estar abajo en la plaza, muy cerca.

Por primera vez desde que empezó el movimiento no los había acompañado yo, pues me habían dejado de tarea ver la película ganadora de la Palma de Oro de 1964, Los paraguas de Cherburgo, que se presentaría en función retrospectiva ese día en el Cine Tlatelolco, adjunto a la plaza, y presentar un análisis de su papel como antecedente de la revista musical. Como mi papá trabajaba tan cerca, había accedido a salir temprano para acompañarnos a verla a mi mamá y a mí. Mis papás no sabían que planeaba ir buscar a mis amigos al terminar la función.

Mientras cantábamos pasaron unos helicópteros volando tan bajo que no dejaban oír bien la radio. Cuando se alejaron se empezó a oír un sonido de matraca. Todas prestamos atención a ese nuevo ruido y otros que… parecían gritos.

Interrogué a las secretarias con la mirada y ellas voltearon a ver a mi mamá.

–No sé qué será… –empezó a decir mi mamá. Hizo una larga pausa ponderando cómo seguir. Los gritos se escucharon con más fuerza. Me quedé en vilo. Mi mamá suspiró, evitó mi mirada y cuando volteó de nuevo a verme dijo con una voz contenida:

–Sonia, hay balazos abajo.

Tardé unos segundos en comprender. Ese sonido rítmico…

–Esos soldados que vimos… ¿a quién le están disparando? ¡Mis amigos están allá abajo!

–No lo creo, se tiene que haber corrido la voz de que había soldados por aquí. Se deben haber formado brigadas para hacer que quienes iban llegando se regresaran a sus casas. Estos han de ser disparos al aire para que se vayan los pocos que entraron… Ya deben haberse ido todos.

Pero el ratatan seguía.

–¡Son metralletas! ¡Luisa, permítame su teléfono!, –le grité a la secretaria que estaba frente a mí.

–Ahí está en ese escritorio, señorita, pero no hay línea. Sólo funciona la intercomunicación. Mire, ya llamaron de vigilancia: le avisarán a su papá cuando tengan la autorización y saldremos todos juntos. Muy pronto podrá llamar desde casa.

Cubrí mi rostro con mis manos. Quería gritar, pensaba en mis tres amigos y en los oradores que habíamos escuchado a medias. Solté el llanto. ¡Ojalá mi mamá tuviera razón!

Sentía que mi cabeza giraba, que explotaba. Se me ocurrió buscar un noticiero. En Radio Mil iba empezando el de las siete. Todas escuchábamos… Ni una palabra sobre lo que ocurría en Tlatelolco.

Ya oscuro, mi papá salió de la oficina haciéndonos saber las instrucciones del banco. Todos los empleados y visitantes debíamos bajar de forma ordenada al estacionamiento a las ocho en punto y dirigirnos a nuestros autos para retirarnos. Habría un autobús para quienes no trajeran coche; los dejarían en el Zócalo. Nadie estaba autorizado a permanecer en las oficinas, salvo los vigilantes.

Bajamos. La fila de autos nos obligaba a salir con lentitud. Los primeros cien metros, una valla de hombres en cascos verdes observaba con demasiado interés el interior de los carros.

–No volteen, agáchense un poco, indicó mi papá.

Al llegar a la avenida pudimos enderezarnos. Lo primero que vi fue un enorme anuncio de la película: Catherine Deneuve se despedía de su amado en una gasolinera. Yo, en cambio, nunca pude despedirme de Humberto, Edith y César.


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