Todas las certezas en una pelusa
Todas las certezas en una pelusa es una crónica de Ale León para recordar a Molcajete, su amigo felino que corre en los campos de mirasoles

Todas las certezas en una pelusa es una crónica de Ale León para recordar a Molcajete, su amigo felino que corre en los campos de mirasoles

Por Ale León
Puebla, México, 7 de abril de 2026 (Neotraba)
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Para Gloria
El cariño de Molcajete mi gato es fascinante, diría que es adsorbente, un ritual de manipulación para lograr caer ante su mirada dulce y tierna. Esos ojos verdes con la pupila dilatada en forma de eclipse lunar, el motor interno que mantiene encendido para calmarse y para enternecer a su víctima. El canto que suele ser desesperado en las noches, maullidos de apareamiento y dolor por las heroicas batallas que lo mantienen en desvelo. Algunas veces venció y llegó con el ego desmedido y una mirada retadora, soberbia, de esas veces en las que no quiere comer croquetas. Su entrada, a la Clint Eastwood, da méritos para ser temido. Un sobre de whiskas, tan solo eso busca. Con el pelo como algodón de azúcar y con el Miau a todo le queda pisa enorgullecido la cocina. Su caminar es magnético; me mira picando el jamón que utilizaré para hacerme el desayuno, brincará a la mesa y me mirará de frente exigiendo, si no hay un sobre de whiskas, quizá exista la posibilidad de obtener un trozo de jamón. Solo pide aquello tras haber tenido una noche épica, mostrando los dotes de guerrero legendario, haciendo honor a su propio nombre, tan fuerte y duro como un Molcajete de piedra.
Eso tan solo me brindará un orgullo momentáneo porque las batallas felinas en los techos son tenebrosas y misteriosas. La próxima vez llegará derrotado, no me daré cuenta porque estaré dormido, entre sueños y medio adormilado escucharé sus maullidos de desesperación, entrará por la ventana y me despertará, pensaré que es una más de sus victorias, no le haré caso y continuaré durmiendo. Al despertar, me percataré de las extrañas hierbas incrustadas a sus pelos, lo levantaré escaneándolo, veré su parte del ojo hinchado, casi cerrado por completo, unos cuantos mordiscos que lo habrán de despellejar dejando ver la desnudez de su carne, me asustaré, le hablaré y lo regañaré pensando en que con esas palabras él me entenderá. Trataré de darle humanidad a una bestia nocturna que no me entiende. Estaré preocupado todo el día, durante el trabajo no habrá otra cosa en mi cabeza que no sea mi gato. Cuando esté cerca de él me mirará con esos dos universos que tiene por ojos, me dirá, sin una palabra, lo arrepentido que está de salir y yo le creeré. Dormirá conmigo, se acurrucará entre mis brazos o entre mis piernas cuando esté frente la computadora, estará allí con miedo y ternura.
Esto era el primer intento de escribir algo acerca de mi gato, quizá era el preludio de lo que iba a ocurrir.
Mientras se acurruca en mis piernas un estropajo de pelos, con los ojos del universo, pienso en la tranquilidad que emana ese momento que caduca mientras construyo esta relación de palabras en mi mente. Ha sido una semana complicada, la vida no ha dejado de golpear, cuando pareciese que salimos de una situación extraordinaria una nueva tormenta se acerca y nos devora entre la lluvia y el viento. El gato parece sonreír mirándome sin abrir sus galaxias, me recuerda las partículas que emanan por ronroneo liberando cenizas de serotonina, hoy la necesito más que nunca.
Molcajete murió un lunes de abril, me cuesta no llorar al recordar sus últimos momentos conmigo. Había planeado escribir de él desde tiempo atrás, pero pareciera que los motivos de la escritura casi siempre son productos de las causas más viscerales, la escritura desde el dolor.
Esa migraña, confiere un pedazo de sol que queda atrapado en mi pupila. No huye y ataca con punzada en la cabeza. Con pequeñas cuchillas avanza alrededor de mi cerebro. Se convierte en tsunami y estremece mis entrañas. Los vómitos, la horrible sensación de escupir mis entrañas, mis vísceras. El sabor es pastoso, metálico y asqueroso. Las pulsaciones, el ritmo cardíaco se acelera. Los tímpanos retumban. El fuego, siento el fuego recorrer la garganta al escupir mis tripas. Quema, arde y aturde la boca. El sabor amargo impregna mis labios.
Tengo miedo del olvido. Tengo miedo de olvidarte. La crueldad de la memoria es un hecho irrevocable. Una fuerza desmedida contra la cual no hay arma capaz de confrontarla. Quiero mirarte a los ojos, saber que el tiempo no pasa de forma efímera, el tiempo es el agua de río que recorre mi cuerpo cuando estoy sumergido. Cuando se abre la tierra y evoca ese ronroneo al compás de la noche. Siento ese vacío. Acomodo libros y, aunque parezca que estoy bien, siento que no estoy. Siento mi alma en otra parte, soy funcional, pero hay un hueco. Melancólico, rozo el límite con la sensación de tristeza. Es un dolor suprimido, ya no quisiera sentirlo. Me pierdo, hago las cosas por hacer. Soy un caparazón, un objeto que se mueve sin humanidad. Trato de soportar el dolor… Los instantes, al cerrar los ojos, me hacen verte. Una pizca de tus pelitos en las ventanas de mis párpados. Mientras bajo del metrobús recuerdo aquella vez que la guardia sufrió un paro cardíaco. No la volví a ver. ¿Cómo lidiar con la muerte?
Cómo desvanecer este dolor, si cuando veo tu foto me ahoga la nostalgia el recuerdo de la bondad de tu compañía, la lágrima que derramo es prueba de que estoy vivo, de que viviste y por un efímero tiempo estuviste entre mis brazos ronroneando.
Despierto, me duele la garganta, está seca, arde, pero no quema.
Aquellos días en los que Molcajete había muerto, Blanquita y Canelita –otras dos gatitas que habíamos adoptado– se acercaron y no se despegaron de mí. No estoy seguro de cómo los gatos interpretan la pérdida o siquiera son conscientes de la ausencia. La dolorosa comparación de decir no me mira como lo hacía él. No corre a recibirte como lo haría él. Y aunque el tipo de amor sea distinto, duele percibirlo de distinta manera. Idealizamos el amor, el empirismo nos da herramientas de vínculos pasados para percibir un cariño similar o mejor.

He pospuesto tantas veces escribir sobre esto, tener una distancia para poder asimilar el dolor. La pérdida de mi gatito. Creo que el dolor nunca se irá, pero ahora lo contengo de mejor manera. Puedo entrar en la biblioteca de mi memoria para recordar la vez en la que Molcajete metió la boca en el caldo de res que había preparado. Su hocico de pelaje blanco quedó bañado en un tono naranja, como si hubiese comido chetos. Tomo otro libro y ahora lo veo comiéndose un bolillo, agujereando como un ratón, dejando un hueco, sacando todo el migajón. Uno más ronroneando mientras escribía los primeros intentos de esta crónica felina. Dos días antes de su muerte, cuando dije que por estos momentos valía la pena vivir, por verlo mirarme de frente, por imaginarme una sonrisa, por estar tres años conmigo y amarlo por lo que era, un regalo fugaz de felicidad.
Me sigo culpando a veces, cuando lo llevé al veterinario, estábamos desesperados. Él maullaba, como diciéndome que no lo abandonara. Murió rodeado de personas desconocidas y el dilema comenzó. ¿Sería mejor que hubiese muerto en un entorno conocido? En su lugar favorito y con nosotros. No lo sé, me culpo, pero por otra parte reflexiono sobre todo lo que hicimos para poder salvarle la vida.
No borro el sonido del maullido, lento y chirriante. Llevarlo en brazos y decirle que todo iba a salir bien, que estaría bien. Camino preocupado, busco un veterinario, está cerrado. Minutos antes nos despertó un grito, como si fuera el de un niño herido. Lo vi arrastrándose hasta la escalera, estaba golpeado, había vomitado y me asusté. La primera impresión fue creer que lo habían envenenado, la segunda era que alguien lo había golpeado. Lo abracé, le serví agua que tomó solamente cuando le acerqué su plato. Lo cargué, buscamos desesperadamente una clínica. Dos cerradas y él esforzándose por maullar. Encontramos una tercera y estaba abierta. Le explico la situación a la veterinaria, estoy temblando. Me dice que se lo van a internar, le van a aplicar suero y que se quedará en observación. Tartamudeo, su compañero saca una responsiva en caso de que el paciente muera. La posibilidad de que muera es una realidad, no quiero. Firmo y me despido de él, me maúlla y lo siento desgarrarse, como si una parte de mi se despedazara.
Intento ir al trabajo, trato de no estar impaciente, trato, trato y no puedo. Estoy en la librería, estoy ansioso, tengo comezón en todo el cuerpo. Mi teléfono suena a la media hora de haber llegado. Corro al baño, es la veterinaria.
–Molcajete no aguantó, falleció.
–Es difícil, voy para allá.
No lloro, no hay lágrimas aún, explico la situación al gerente y me voy. Camino rumbo al camión que me llevará a casa, veo el cielo y me pongo a llorar. Duele. Me lo entregan y me dan una bolsa negra, no quiero simplemente taparlo, yo quiero ver su rostro. Le llevo su mantita y lo cargó como un bebé.
Al llegar a casa busco las herramientas para sepultarlo, rentamos y no tenemos un jardín para enterrarlo. Busco un lugar a los alrededores, uno donde pudiera jugar. caminamos hasta encontrar un fresno, un lugar apartado del bullicio. Lo enterramos al pie del árbol. Le dejo la mantita, le pongo hojas, corto muchas. Lloramos al pie de su tumba y le agradezco por lo inmensamente feliz que nos hizo.

Nos acercamos a noviembre, estamos a finales de octubre y, como cada año, visito el campo de mirasoles que hay en el cerro de Amalucan. Estoy con Gloria, hablamos de los estragos de la vida, de la levedad del ser. Estoy maravillado por el verde que, por una metamorfosis de color, los tonos rosas de las flores me recuerdan la paz, el sentido de vivir. Corro hacia las flores, me asombra lo extraordinario que es la simpleza tan compleja de lo hermoso, flores que me rodean y le digo a Gloria, si existe el paraíso felino lo más parecido debería ser este lugar, imagino a Molcajete corriendo y pensando que dice: “los espere por mucho tiempo”. Lo veo corriendo y dirigiéndose a mí, brincando como lo hacía cuando regresaba del trabajo, gruñendo y maullando para llegar con un espléndido ronroneo. Camino y veo las flores. Estamos por casi una hora ahí y es hora de irnos. Ella se adelantó y yo sigo asombrado por la floriografía. Camino y veo un acahual amarillo cuando llega un colibrí, el más hermoso que he visto. Le gritó a Gloria para que gire. Ella también lo ve y estoy derramando unas lágrimas de contemplar lo extraordinario.
En el trabajo hablé con una amiga y le cuento lo sucedido, ella se emociona y me dice que es Molcajete. ¡Molcajete vino a visitarte! Me siento extraño, no soy una persona espiritual, estoy incrédulo. Entre el rechazo y la idea de aceptar que esto es una coincidencia maravillosa.
Ahora es noviembre y estamos en víspera del día de muertos, un compañero me habla de su abuela y del amor que ella recuerda con sus escasos siete años. Me dice que a pesar de que estuvo en su temprana conciencia él no olvida nada de lo que vivió con ella. Es la persona que más amaba, yo escucho atentamente. El dolor de las personas a partir del ritual simboliza, en algunos casos, un pago de conciencia de que ellos estarán en un lugar mejor. Hoy quiero ser parte de ese ritual. Me mira y continúa hablándome de su relación y concluye que irá a imprimir una foto, me acerco más y le digo que si puede imprimir una foto de mi gato. Él lo acepta con gusto, me voy a buscar la foto en los centenares de imágenes que uno va capturando como testimonio de la brevedad del tiempo, somos huellas de lo efímero. Es difícil el anecdotario de aventuras que tuve con Molcajete. Veo el penúltimo libro que leí con él. Un poemario de Alberto Ruy Sánchez. Ese en dónde hablaba con Gloria acerca de que cuando leía un poema él me veía con esos ojos tan hermosos, ese inefable sentimiento de emoción.
Cuando él vuelve y me enseña la foto, el enjambre de nostalgia se apodera de mí, quedo en silencio. Le agradezco y a cada persona que veo le enseñó la foto de Molcajete y es él. Así como lo recuerdo, con sus ojos mirándome, sosteniéndolo en mis piernas mientras escribo, mientras leo, mientras gozo de su compañía. Julio Cortázar decía: “Querer a las personas como se quiere a un gato, con su carácter y su independencia, sin intentar domarlo, sin intentar cambiarlo, dejarlo que se acerque cuando quiera, siendo feliz con su felicidad”. No hay nada más exacto que ese instante.
Estamos en abril, ha pasado un año, el tiempo me obsesiona, todo pareciera transcurrir tan deprisa. Me detengo a ver tú cepillo, con el que tantas veces te cepille entre mis piernas y tu mirada verde. No lo he usado con las demás gatitas, contemplo tus pelos atrapados entre las cerdas de metal. Recuerdo cuánto te gustaba, aún hay pelo gris, lo separo y siento todas las certezas en una pelusa.
